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Cien años del comienzo de un conflicto

Las guerras de la Gran Guerra

Francisco Veiga

Los efectos de la contienda de 1914 llegan hasta hoy, como lo demuestra el infierno de Oriente Próximo

El centenario del comienzo de la Gran Guerra está resultando ser un evento editorial, esto es, una  efeméride centrada en las reediciones y traducciones de libros sobre esa contienda, que de paso revelan la apabullante colonización anglosajona de la historiografía actual. Pero poco se replantea ahí de los ya muy manidos tópicos que ha ido generando la historia canónica a lo largo de un siglo, con sus  gruesos posos de anécdotas, el eterno debate sobre la inevitabilidad de la guerra, el avispero balcánico, la culpa alemana y las enrevesadas zancadillas diplomáticas. Algunos de los libros sobre la primera guerra mundial aparecidos en este 2014 cumplen tales requisitos: están firmados por autores anglosajones y repiten una vez más -con la aportación de escasos documentos novedosos- las viejas historias ya bien sabidas.

Pero las grandes preguntas siguen ahí después de 100 años: por qué estalló realmente la Gran Guerra; por qué millones de soldados aguantaron casi cuatro años en las trincheras muriendo por centenares de miles en batallas frontales absurdas; por qué una crisis de las llamadas de Oriente logró incendiar, por primera y única vez en la historia, todo el continente europeo.

La ausencia de grandes debates hace suponer que, dentro de unos meses, los libros sobre la Gran Guerra volverán a acumular polvo en las estanterías, habiendo contribuido la efeméride a reforzar la idea de que es un conflicto muy lejano, demasiado absurdo como para decirnos nada aquí y ahora. Al fin y al cabo, para forzar el diálogo entre Putin y Poroshenko se recurrió al aniversario del desembarco de Normandía: 1944, no 1914. La segunda guerra  mundial, y no la primera, sigue como referente de nuestra era, muchas veces erróneamente.

La realidad es otra: 2014 es nieto de 1914 más que hijo de 1945. De la Gran Guerra surgieron el conflictivo siglo XX y la sociedad de masas; por lo tanto, la primera guerra mundial se proyecta en la segunda y más allá. Es bien sabido que las lecciones de la rápida escalada de las tensiones en 1914 sirvieron para evitar que sucediera lo mismo en 1962, durante la crisis de los misiles en Cuba, al margen de la anécdota de que John Fitzgerald Kennedy era admirador del libro de Barbara Tuchman Los cañones de agosto, publicado justo ese año, donde describía detalladamente cómo estalló la primera guerra.

Pero en 1914 ese conflicto fue desencadenado por el nacionalismo: no había otra ideología que enfrentara a las grandes potencias, y casi todas ellas eran democracias que se aniquilaron entre sí con el apoyo de sus parlamentos: todo un recuerdo incómodo. La Segunda Internacional tampoco supo cómo evitar la hecatombe: la izquierda, paralizada ante el auge del nacionalismo. Solo a partir de 1917, EEUU por un lado y la Rusia revolucionaria por otro aportaron nuevas salidas idealistas al conflicto estancado en el barro, las fronteras y las alambradas.

Pero, sobre todo, se olvida el hecho de que en la Gran Guerra se libraron varias guerras; y las consecuencias de ellas llegan directamente hasta nuestros días. Tal es el caso de Oriente Próximo, ese ámbito hoy trastornado hasta la locura con pesadillas como las que se viven en Siria o Irak, estados que nacieron como consecuencia de la primera guerra mundial y la destrucción del Imperio otomano, diseñados por los vencedores. Cien años más tarde, desde el mapa del nuevo Oriente Próximo de Ralph Peters, publicado en el 2006, se sigue jugando al rediseño de fronteras. También como consecuencia de la Gran Guerra desapareció el califato por primera vez en el mundo musulmán desde su aparición en  el siglo VII; su reinstauración es hoy bandera de los yihadistas.

La actitud de americanos y europeos ante la Rusia nacionalista -no soviética- de hoy es también una proyección de aquella que trajo el final de la Gran Guerra. La paz de Versalles fue un brindis al sol que solo se intentó aplicar, con éxito más que irregular, en una parte de Europa. En la otra, la guerra continuaba ardiendo, desde Polonia hasta la frontera china, más allá de 1918. Tras la revolución, nadie invitó a los delegados rusos a Versalles. Wilson llegó a decir que era preferible dejar que se pelearan entre sí en su guerra civil hasta que apareciera un ganador con el que negociar. Era la Rusia incomprensible y amenazante que entonces parecía justificar la intervención aliada en sus fronteras o su territorio, desde Ucrania a Siberia.

De todo ello surgió un mundo que se prolongó hasta 1991. Desaparecida la Unión Soviética, reaparecida la Rusia nacionalista, en marcha de nuevo las crisis de Oriente, abriéndose paso la hegemonía alemana en Europa, bien parece que el siglo de la efeméride se nos haya quedado algo encogido.

Profesor de Historia Contemporánea

de la UAB y coordinador de Eurasian Hub.

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