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Los SÁBADOS, CIENCIA

No aprendieron de los dinosaurios

Manel Esteller

Hemos de regenerar la gestión de la investigación con mayor flexibilidad y sin hipotecas de favores

Recientemente la Universitat de Barcelona nombró doctor honoris causa a Mariano Barbacid, uno de los descubridores de las primeras mutaciones en oncogenes asociados al desarrollo del cáncer y fundador del Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas en Madrid. Fue una iniciativa acertada de mi universidad y un reconocimiento merecido a un científico excepcional. Mariano, incluso, dijo unas palabras en catalán, todo un mérito para este magnífico madrileño de Chamberí. Y es que los homenajes a las personas que han llevado a cabo trabajos importantes como los derivados de la investigación científica se les han de hacer en vida. Y debemos extender este ejemplo a muchos otros profesionales de nuestro país, a quienes les hemos de dar las gracias y mostrarles el respeto debido cuando se acerca el otoño de su carrera profesional. Cuando tienen la amabilidad de concederme algún reconocimiento, siempre intento introducir en el discurso de agradecimiento la expresión si he llegado un poco lejos, es porque me he sentado en los hombros de gigantes. Porque todos somos parte de la herencia biológica o intelectual de nuestros predecesores y de nuestros maestros.

La cuestión es que el nombramiento del doctor Barbacid me ha llevado a buscar en la hemeroteca periodística cuál fue el eco mediático de su primer hallazgo en 1982, cuando todos por aquí estábamos distraídos con Naranjito. Leyendo su entrevista de aquella época, me encuentro con una situación idéntica a la actual: el investigador refleja la falta de voluntad de los actores políticos y económicos para convertir la ciencia en una prioridad de Estado. Los buenos investigadores marchaban a Estados Unidos, y ahora lo siguen haciendo. Si volvías, nadie te aseguraba una financiación adecuada para hacer una investigación de calidad. Y el sistema de incorporación de nuevo personal era tan rígido que resultaba más fácil hacer pasar un camello por el ojo de una aguja, como dice el proverbio árabe.

AHORA nos encontramos en una situación similar después de unos prometedores inicios del milenio. No es casualidad que prestigiosos investigadores jóvenes como el neurocientífico Óscar Marín y otros emigren hacia otros países, ni es tampoco casualidad que recibimos menos peticiones de investigadores del norte de Europa para venir a trabajar aquí. No es casualidad, es causalidad. Causa-efecto. Con menos recursos, la investigación se ve afectada y no es capaz de retener ni atraer talento.

Pero los investigadores no podemos limitarnos a retirarnos a nuestros cuarteles de invierno, a que pase la tormenta, sino que tenemos que implicar a toda la sociedad para que participe de este clamor: en investigación, ni un paso atrás. Y también debemos reflexionar sobre las estructuras y organizaciones que no acaban de funcionar. Aunque son problemas que yo mismo y muchos otros hemos detectado, sobre la forma en que se gestiona aquí la ciencia, uno piensa que quizá se deba a que está demasiado cerca del problema. Se trataría de la metáfora de que cuando estás al lado de un elefante y le tocas el muslo con los ojos cerrados, no te acabas de hacer la idea de qué animal estás examinando.

Así que aprovechando la amable invitación de la Universidad de California San Diego para ser profesor visitante durante el verano, he decidido repetir el experimento desde la distancia y el resultado es el mismo. Se necesita una profunda regeneración de los órganos de decisión de la investigación, dotándolos de mayor flexibilidad y atendiendo a criterios exclusivamente curriculares. Necesitamos gente bien formada, con empuje, sin hipotecas previas de favores, personas que busquen gestionar bien hacia la excelencia. Excelencia y la generación de nuevas formas de financiación complementarias de la investigación. Crear riqueza, no gestionar la miseria.

Les pongo dos ejemplos. Del Consejo Superior de Investigaciones Científicas han salido algunos de los mejores investigadores, pero hoy en día es una organización poco flexible, con baja capacidad para atraer brillantes científicos jóvenes, y que no tiene un sistema interno adecuado para evaluar la calidad de su personal. Necesita una remodelación a fondo, que ahora mismo parece imposible. y se mueve en una endogamia funcionarial de difícil solución.

Y otro ejemplo sería el Institut Català d'Oncología, donde habiendo excelentes profesionales, sufren una organización pensada de forma similar a los planes quinquenales diseñados en la extinta Unión Soviética, que en vez de buscar la competencia sana usa un modelo recentralizador de la asistencia y la investigación. Si hay algo que Catalunya no quiere es el afán centralizador que solo beneficia a cargos de confianza o altos burócratas. Hay gente que no aprendió de los dinosaurios y cualquier día un meteorito se los llevará por delante. Todavía estamos a tiempo. Les hemos de ayudar a cambiar.

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