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Los jueves, economía

El rebote del gato muerto

Antón Costas

Después de tres años de desplome es posible que la recuperación no sea más que una simple inercia

¿Luz al final del túnel? Parece que sí. Las previsiones apuntan a una cierta mejora en el 2014 y el 2015. La visión oficial es que lo peor de la crisis ha pasado y que ahora la recuperación dejará paso a la expansión económica y al empleo. Pero esta no es la historia completa. Hay algo que no encaja. Tomemos las previsiones que acaba de publicar el FMI. Calcula una tasa de crecimiento de 1,2 para el 2014 y de 1,6 para el 2015, seis décimas por encima de la previsión de abril y el doble de la de enero. Pero a partir del 2016 la recuperación se ralentiza y crece una décima cada año, hasta el 2019. Esto es intrigante.

Mi maestro, el profesor Fabián Estapé, me advirtió contra lo que él llamaba «el rebote del gato muerto». Cuando un gato cae desde las alturas, al chocar contra el suelo da un pequeño rebote. Pero no se debe a que este vivo, sino al efecto de la inercia del choque contra el suelo. Después de tres años de desplome, es posible que el rebote de la economía que se prevé para 2014- 2015 responda a ese efecto de inercia, y no a que haya recobrado su vitalidad. ¿Cómo explicar este desacople entre mejora a corto y estancamiento a largo plazo?

La verdad, no nos debería sorprender. La gestión política de la crisis en la zona euro ha sido un caso de sadismo económico contra el consumo de las familias. Si a esto le sumamos el efecto de la austeridad pública, el resultado es que la demanda agregada ha quedado tocada para años. Pero si la demanda es anoréxica, la capacidad de crecimiento potencial se debilita.

¿Por qué se ha practicado este sadismo económico? Porque se confundieron las prioridades a la hora de abordar las tres crisis que se manifestaron a partir del 2008.

La primera, la crisis financiera, y la sequía de crédito que originó. La segunda, la crisis económica, con su impacto en el paro. La tercera, la crisis fiscal, consecuencia de la caída de ingresos fiscales causada por la recesión, el aumento de los gastos públicos por desempleo y las ayudas a la banca.

Lo lógico hubiese sido atender primero la crisis financiera, saneando los bancos y restaurando el crédito a familias y empresas. A la vez, había que ayudar al crecimiento y la reducción del paro. Para ello era necesario un manejo adecuado de las políticas fiscal, monetaria y de tipo de cambio. Por último, había que comprometerse a lograr el equilibrio de las cuentas públicas, pero de forma gradual y en un horizonte de medio plazo.

Eso es lo que hizo EEUU. Y les ha ido bastante bien. No han vuelto a recaer en la recesión. Y el paro ha bajado ya del 7%.

En el caso de la UE la prioridad fue el equilibrio a corto plazo de las cuentas públicas. No se advirtió que mientras no se solucionara la crisis financiera y económica ese objetivo no solo era imposible, sino perjudicial. Este enfoque ha metido a la economía de la zona euro en una segunda recesión, en el paro masivo, el endeudamiento público y la deflación.  ¿Cuál ha sido la causa de este error? Posiblemente una rara combinación de varios factores: mística de austeridad, influencia de los intereses de los banqueros y los prestamistas, impericia de juventud de las autoridades europeas y carencia de instituciones adecuadas del euro para gestionar una crisis como esta. ¡Vaya usted a saber!

Pero el hecho es que la austeridad compulsiva, el recorte de gastos sociales, la subida de impuestos, el endeudamiento de las familias, las caídas de salarios y el paro han supuesto un mazazo para el consumo. El buen comportamiento de las exportaciones no ha sido suficiente para compensar ese golpe. No puede extrañar entonces que las previsiones de crecimiento a medio plazo sean lúgubres.

¿Y ahora qué? En la estrategia europea de estabilidad y crecimiento, hay que poner el foco en el crecimiento. Eso implica atender a los factores que están detrás de la debilidad del consumo de las familias: el paro, la falta de ingresos y la creciente pobreza. De lo contrario, la liquidez existente en las empresas, y la nueva liquidez que va a inyectar el BCE, no irá a actividades productivas sino a inversiones especulativas que producirán nuevas burbujas. Ya lo estamos viendo. Las empresas que tienen liquidez, generada por la reducción de costes salariales, no la están utilizando para inversiones productivas.

Hacen cosas como comprar sus propias acciones, nuevos ERE, aumentar la retribución de los directivos o inversiones financieras de tipo especulativo. No se les puede acusar. ¿Porqué tendrían que invertir en nuevas fábricas si no hay consumo para comprar lo que producirían? Volviendo a la metáfora del profesor Estapé, quizá el gato no esté muerto, pero hay que darle muchas vitaminas para que pueda volver a correr. 

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