Una figura clave en la transformación de Europa

Última charla con Shevardnadze

El expresidente georgiano recordó en una conversación los hitos históricos que protagonizó

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La Fundación Internacional Olof Palme puso en marcha en el año 2009 dos proyectos en Tiblisi (Georgia). Un programa de intercambio de estudiantes de la minoría armenia en Georgia, en la región de Adjara y Kakheti, acogidos por familias georgianas para fomentar la integración en la sociedad y las instituciones georgianas ya que la falta de conocimiento de la lengua les impide seguir estudios universitarios. Y también un programa de con las universidades locales.

Estos dos programas me han permitido en los últimos años tres viajes a la zona y vivir de cerca los cambios políticos que se han producido. Fue precisamente en febrero del 2012, en plena ola de frío, cuando pude hablar largamente con el retirado presidente Eduard Shevardnadze. El objetivo era repasar los aspectos centrales del final de la guerra fría, de la Unión Soviética y la caída del Muro de Berlín. Shevardnadze vivía en Krtsanisi, zona residencial situada alrededor de una cumbre, en un gran caserón rodeado por una valla y vigilado por un imponente despliegue policial. Era una concesión del controvertido presidente Saakashvili, que derrocó como presidente de Georgia al hombre que tejió juntamente a Gorbachov la más importante transformación política y social de finales del siglo XX.

Delicado de salud pero con buena memoria y fina ironía fue desgranando sus recuerdos en una conversación que con su muerte se convierte en un fiel retrato del personaje. El arranque fue la Europa de posguerra: «Después de la Segunda Guerra Mundial, Stalin destacó medio millón de hombres en el corazón de Europa. Sabíamos que EEUU tenía la bomba atómica, y nosotros no. Nuestra medida de disuasión era que Occidente supiera que si atacaba Rusia con el poder nuclear, nosotros convertiríamos Alemania en un campo de batalla».

Hablaba pausadamente y apuntaba con el dedo, con ese gesto tan característico que conocíamos del Shevardnadze los años poderosos. Sentado con zapatillas de lana, cubría las piernas con una manta gastada de cuadros. En aquella estancia de Tbilisi, a la que se accedía por unas largas escaleras, parecía que el tiempo estaba suspendido. Pero en su memoria quedaban los momentos decisivos: «Gorbachov, cuando me nombró para sustituir a Gromyco, tenía en la cabeza la necesidad de un cambio radical en la política exterior: sustituir el choque militar con Occidente por una nueva cooperación y obtener recursos para competir y crear riqueza».

Y en esa responsabilidad vivió un auténtico momento histórico: la caída del Muro de Berlín de la que Shevardnadze guardaba episodios inéditos: «La historia iba muy deprisa. Con Gorbachov habíamos decidido abrir progresivamente las fronteras de la RDA. Era la consecuencia de la perestroika. Aquel 9 de noviembre de 1989 queríamos anunciar que se permitiría viajar al otro lado del muro con visado, que los alemanes orientales también podrían viajar a otros países, que habría elecciones libres y nuevo gobierno. Habíamos quedado en que yo viajaría a Berlín como representante del gobierno de Moscú. No es sabido, pero intuí que Gorbachov debía acompañarme. No sabía qué podía pasar, pero si se registraban disturbios yo solo era ministro de Asuntos Exteriores. No tenía mando sobre el ejército, no podía ordenar que no disparasen cosa que sí podía hacer Gorbachov, tal como hizo».

Las relaciones entre Gorbachov y Shevardnadze bascularon entre la amistad y el enfrentamiento: «Éramos muy amigos pero al final la relación fue muy mala. En una reunión del partido informé que se preparaba la contrarrevolución. Había previsto que Rusia no aguantaría la perestroika mucho tiempo. Cuando dimitió, Gorbachov se enfadó mucho. Al terminar de hablar en la reunión del politburó me acusó de tener más información que él. En la Academia Diplomática había mucha gente del KGB y yo sabía que si no presentaba mi dimisión la contrarrevolución avanzaría y volveríamos a la antigua URSS». Y así terminaron las cosas.

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De su Georgia y de las relaciones con Saakashvili, su sucesor, no quería hablar demasiado: «El más grande error ha sido invadir Osetia del Sur para tratar de recuperarla provocando la respuesta de Rusia que nos invadió prácticamente hasta las puertas de Tiblisi; Abjasia y Osetia no se hubieran perdido si no hubiera sido por Rusia, pero Georgia ha de restablecer relaciones con Rusia. No hay otra salida».

Su fiel secretaria le dice unas palabras en georgiano y me pide que demos por terminada la conversación. Shevardnadze está fatigado. Seguramente fue una de las últimas entrevistas que concedió. Poco más de dos años después se ha apagado definitivamente.