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Los SÁBADOS, CIENCIA

La necesidad de la divulgación

Manel Esteller

Hay que expandir y multiplicar las plataformas que detallan los nuevos descubrimientos científicos

Vivimos saturados de información. La mayoría de ella, inútil. Yo mismo tengo el defecto de acumular muchos datos, una buena parte de los cuales son completamente inservibles. Y varias veces busco descanso para mi pobre cerebro deteriorado escuchando, viendo o leyendo espectáculos, programas, libros o artículos que me permiten desconectar. Y lo considero una actividad sana para empezar después con más fuerza una tarea más racional o que requiere una estrategia previa. De forma gráfica: los 90 minutos de un partido de fútbol son para mi cabeza como hacer un reset en el ordenador. De la misma manera que dormir suficientes horas nos hace empezar mejor el siguiente día.

Pero muchas veces busco información en mayúsculas, particularmente en divulgación científica. Igual que lo hago yo, también comienza a hacerlo mucha gente, y es  un mercado creciente que debemos cultivar para que se expandan y se multipliquen las plataformas que nos dan detalles de los nuevos descubrimientos científicos. Queremos que se hagan llegar de forma atractiva las últimas investigaciones al turista acomodado del bar de un hotel del paseo de Gràcia, al ejecutivo que mira la televisión mientras se pone en forma en el gimnasio, al ciudadano del efervescente Born o al payés de El Prat de Llobregat. Es decir, a todo el mundo, pero con especial interés a los más jóvenes de nuestro país. Queremos tener una generación aún mejor preparada que la nuestra para los importantes retos que ya se nos están planteando.

Yo crecí en un mundo en el que la actualidad en medicina nos venía dada desde la televisión con Curar-se en salut, del doctor Josep del Hoyo, en TV-3, o Más vale prevenir, de Ramón Sánchez-Ocaña, en TVE, programas pioneros que igual nos hablaban de la úlcera de estómago que de cómo se podía hacer una autoexploración mamaria. Las referencias a otras áreas de la ciencia, como la química o la física, eran más raras en los medios mayoritarios, y no cuentan las teorías del magnetismo que nos explicó Fernando Jiménez del Oso en Más allá. La honrosa excepción fue Cosmos, pero aquí ya estamos hablando de otra liga con el omnipresente Carl Sagan.

 

Hoy en día tenemos más para elegir, aunque preciosas revistas como Conoco o Mundo Científico cayeron por el camino. Además de publicaciones de divulgación científica o histórica (las magníficas Investigación y Ciencia Sapiens, por ejemplo), los canales de televisión nos han acercado a los rituales de apareamiento de los pingüinos o al sistema de sexo con recompensa de los primates bonobo del Discovery Channel. Programas más cercanos como Redes, de Eduard Punset, o Quèquicom, de TV-3, han hecho un gran trabajo para popularizar la ciencia, para demostrar que puede ser divertida. ¡La ciencia es guay!, que diría un niño. También han hecho un buen trabajo en ese sentido personajes de dibujos animados como los de Phineas y Ferb, que se pasan todo el día con sus inventos divertidos, o la serie Porca misèria, en la que uno de sus personajes era una investigadora, interpretada por Anna Sahun, que reflejaba muy bien la vida diaria de los laboratorios. Pero debemos hacer más. Si nos comparamos con Francia, Alemania, Japón, y no hablemos de Estados Unidos, en estos lugares la divulgación científica está mucho más desarrollada, llega a muchísimas capas de la sociedad y representa un importante volumen de negocio y es, por tanto, también otro motorcito económico para el país.

Así pues, seguimos apostando por las explicaciones sencillas y sexis que de la ciencia y de sus ficciones nos hacen escritores/científicos como David Bueno (Universitat de Barcelona), Gemma Marfany (Universitat de Barcelona), Amalia Lafuente (Hospital Clínic y Universitat de Barcelona), Eudald Carbonell (Universitat Rovira i Virgili de Tarragona y Institut Català de Paleoecologia Humana i Evolució Social), Pere Estupinyà (bioquímico-periodista en Nueva York) o mis compañeros de sección Salvador Macip (Universidad de Leicester), Jorge Wagensberg (Universitat de Barcelona y exdirector científico de la Fundació La Caixa) y Pere Puigdomènech (Consejo Superior de Investigaciones Científicas y Centre de Recerca Agrigenòmica).

Hagamos que sus libros sean de lectura en las escuelas e institutos. Hay una generación ávida de conocimientos que además necesita modelos de éxito para ser buenos investigadores. Me he encontrado a muchos de estos jóvenes durante las últimas semanas firmando mi libro Aposta per la salut. Chicos y chicas en cuyos ojos veo reflejado lo que fui. O como dijo mejor el genial y malogrado cantante de la movida Bernardo Bonezzi: «Como en un espejo, veo el reflejo de todo lo que quise hacer».

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