10 abr 2020

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El conductor de un coche que utiliza Uber.

JULIO CARBÓ

El potencial económico del consumo colaborativo

José Luis Zimmermann

El fenómeno del consumo colaborativo está en auge. Difícil es detener una tendencia que aporta claras ventajas para el consumidor y que está basada en las nuevas tecnologías, que siempre avanzan a velocidad del rayo, permitiendo nuevas innovaciones en beneficio de los consumidores.

No hay que olvidar tampoco la aportación económica del consumo colaborativo, en términos de inversión y generación de empleo. Un estudio reciente de Airbnb destaca que en Barcelona el turista que se aloja en viviendas turísticas de esta plataforma gasta 2,3 veces más que el turista medio y se hospeda en la ciudad 2,4 veces más tiempo que el turista medio. Este tipo de negocios tienen un impacto económico positivo en la zona, apoyando de forma significativa el comercio de proximidad y fortaleciendo la ciudad, a la vez que contribuyen a la generación de empleo directo e indirecto.

Estas plataformas han aflorado en un contexto de crisis económica, en el que muchos consumidores se cuestionan si vale la pena seguir apostando por la propiedad en vez de por el acceso a la misma en colaboración o régimen compartido. Este tipo de consumo inteligente, basado en el ahorro, ofrece a los consumidores desde contaminar menos (para el caso del transporte compartido), a un mayor ahorro, pasando por personalizar la experiencia y crear valor en la plataforma como prescriptor, microemprendedor, o siendo parte de una comunidad en la que las opiniones, valoraciones y reputación son el elemento clave.

El fenómeno del consumo colaborativo crecerá en los próximos años, tal y como destaca un estudio de Euromonitor International, que dice que continuará en notable alza en los próximos cinco años, destacando asimismo que la regulación no impedirá este crecimiento. Si estos modelos de negocio han venido para quedarse, no tiene sentido dar la espalda a la innovación y proteger a industrias tradicionales que deberían adaptarse a los nuevos tiempos, explorando ellas asimismo el potencial de las nuevas tecnologías y poniendo un mayor foco en el usuario. Este portazo a la innovación iría en claro perjuicio al consumidor. La revista Time eligió el consumo colaborativo como una de las diez ideas que cambiarán el mundo en este siglo XXI. Por ello, en vez de frenar el ritmo natural de la innovación, dejemos claras las reglas del juego para aprovechar todo el potencial de las nuevas tecnologías. Como dice Neelie Kroes, vicepresidenta de la Comisión Europea y comisaria de la Agenda Digital, al hilo del conflicto entre el colectivo de taxistas y la aplicación Uber, “no podemos abordar estos retos ignorándolos, haciendo huelga o intentando prohibir estas innovaciones”.

La aparición de éstos y otros modelos de negocio disruptivos demanda una definición clara de las reglas de juego, una regulación que aporte seguridad jurídica y que permita crear un escenario sólido sobre el que la tecnología y la innovación, centrada fundamentalmente en el usuario, pueda desarrollarse. No es casualidad que muchas de estas empresas vengan del otro lado del Atlántico, donde la regulación es muchas veces una herramienta para el impulso de la innovación como base para el crecimiento y se plantea desde una visión estratégica y largoplacista.