La rueda

El milagro que no llega

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El día que el Rey abdicó, Pere Navarro (que aún no ha dimitido) debió respirar tranquilo: sus previsiones se cumplieron (por primera vez en dos años) y apartó por un tiempo de las portadas y las tertulias la crisis interna del partido. Hablar del PSC es ya tan habitual como hablar de fútbol: quizá porque fue tan vital para nuestro país, probablemente porque es perversamente humano ensañarse con los débiles.

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Horizonte racional (propuesta federal), estrategia incomprensible (no al derecho a decidir, en función del día, y salvando BCN World), liderazgo tocado de muerte (nadie olvidará ya a la mítica señora de Terrassa), potente capital político (Parlon, Collboni o Sampere), pero partido prescindible. Los partidos son instrumentos al servicio de un proyecto político, y no al revés. Deberían tenerlo en cuesnta quienes se resisten a asumir sus errores. ¿El futuro del socialismo catalán pasa por la creación de un partido de notables? Así lo plantean Montserrat Tura o Joaquim Nadal. ¿Emular al Frente Judaico Popular y al Frente de Judea tiene sentido? Eso piensan quienes quieren fragmentarse aún más. Pero no nos engañemos: si el espacio que representa el PSC sigue teniendo sentido deberá articularse a partir de la confluencia. Llámenlo refundación, fusión o coalición. La alternativa es la irrelevancia.

Sin embargo, toda esta discusión  es absurda cuando tus aliados políticos en España están más preocupados por cómo elegir al sucesor de Rubalcaba, que en proponer un proyecto político alternativo. En los próximos cuatro meses (estrategia del nuevo Rey, congreso del PSOE, convocatoria de la consulta, crisis de CiU) se acabará por determinar el rumbo de nuestra historia compartida. Y si el futuro del PSOE pasa por Susana Díaz, ni siquiera un milagro podrá articular una tercera vía.