Al contrataque

Homenaje a Catalunya

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Es de suponer que ya no queda ninguna alma cándida que se crea que la opereta acelerada que hemos vivido desde el lunes tiene que ver con ningún rey, que era ya un asunto amortizado desde la foto del elefante, las aventuras del yerno y el vodevil de la amante despechada. En la punta del gigantesco iceberg del relevo feudal hay una aparatosa abdicación, pero hundido en aguas profundas está un sistema que lucha únicamente por salvarse a sí mismo: amenazado por el cambio climático del proceso catalán y el insoportable calor del lanzallamas de Pablo Iglesias, el Estado gasta su gran comodín y busca a la desesperada volver a las bajas temperaturas de la transición.

Por eso, y a pesar de ser un asunto tan carpetovetónico, poco de lo que sucede tiene que ver con la parte derecha del tablero, donde ya se sabe que la Monarquía fue la pista de aterrizaje que los ganadores de la guerra civil encontraron para entrar olvidados en la democracia. No, lo sustancial está esta vez a la izquierda de la mesa, en la que un agonizante Rubalcaba presta en el tiempo de descuento el último servicio al viejo orden con su bendición de la Monarquía. Que en la era de Podemos el viejo PSOE que se declara republicano abrace una causa antagónica es suicida pero comprensible, dados los precedentes. Lo que produce escalofríos es el entusiasmo con que su aparato intelectual sigue recitando el cuento de hadas de la transición, hasta tal extremo que los panegíricos zurdos han superado una vez más a sus equivalentes diestros. Estas plumas afiladas nos han contado la inteligencia de esta operación y han vuelto a proclamar, literalmente, que sin el Rey no habría democracia. Esta izquierda oficialista que esconde el origen franquista de la institución y la eleva por encima de los muertos que sí se jugaron su vida por la democracia tampoco habla en realidad de ninguna Monarquía sino del blindaje del sistema o, lo que es lo mismo, de la irreversible crisis territorial.

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Neutralizar los referendos

La consigna es neutralizar todos los referendos, todos, como si votar fuera de repente el nuevo anatema. O dicho de otro modo: todos los caminos de la abdicación conducen a Catalunya. El epicentro del movimiento sísmico es sencillamente la consulta que viene, y el Estado, a derecha e izquierda, aprovecha para rearmarse. Por eso es también ridículo este intento de un cierto soberanismo catalán de intentar hacernos creer que el asunto real, por el mero hecho de ser español, no va con ellos. Porque la renuncia no es solo una consecuencia del tsunami catalán, sino que va a pasar a la historia como el mejor tributo que le han hecho: es el homenaje a Catalunya, la primera respuesta oficial del Estado después de dos manifestaciones gigantescas y una victoria electoral de ERC. El objetivo es ganar tiempo, concretamente los cinco meses, cinco, que quedan para la madre de todas las fechas: el 9-N.