Análisis

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No parece que hayan pasado 25 años sino muchos más. Hoy, la sociedad china está a otra cosa. El más efectivo olvido no se fragua desde la censura, que desde entonces no se ha aplacado como era de esperar, sino a través de la imposición de una agencia de supervivencia a una población que encara el día a día agobiada con la necesidad de salir adelante en condiciones a cada paso más duras y competitivas. En ese escenario cabe incluir a los propios estudiantes, protagonistas principales en su día de la revuelta y ahora muy alejados de las preocupaciones de hace un cuarto de siglo, angustiados por su futuro personal tras el fin de los estudios. Entonces, el Estado aún garantizaba un empleo para iniciar un futuro laboral. Ahora, cada uno debe buscarse la vida por su cuenta. Y lo es todo menos fácil.

Aquella crisis concitó el malestar de una sociedad en gran medida hastiada de la corrupción y el nepotismo, dolida ante el vertiginoso aumento de las desigualdades y, al mismo tiempo, esperanzada ante el abandono de experiencias dolorosas como las vividas en los años de la Revolución Cultural, en un contexto internacional que reflejaba un momento histórico de gran inflexión. Los concentrados en Tiananmén ansiaban marcar otro rumbo con otra agenda. Hoy, muchos de los males denunciados en aquella ocasión se han cronificado. Y, sin embargo, el PCCh ha logrado el triple milagro de hacer comprender a la sociedad que ciertos fenómenos adversos son inevitables en las sociedades complejas como las actuales, que libra una lucha a muerte contra dichos flagelos, incluida la corrupción, y que, pese a todo, la situación de China, en perspectiva, es incomparablemente mejor a la de muchos otros países, incluyendo los más desarrollados. El bálsamo del sueño del renacimiento de la milenaria nación surte su efecto ante el creciente apogeo del nacionalismo en la que pronto podría confirmarse como la primera economía del mundo. Ese balance positivo de los grandes números juega a favor de un poder que interpreta aquellos acontecimientos como la mayor situación de peligro vivida desde 1949 y capaz de eclipsar el proceso de resurgir del país poniéndolo de nuevo a los pies de las servidumbres exteriores.

Reivindicaciones locales

Hoy las crisis en China son múltiples, se relacionan con muchos ámbitos y se expresan de forma aislada en mil episodios de descontento con una agenda reivindicativa localizada y, al mismo tiempo, aislada. Centradas en conflictos ambientales, laborales o por expropiaciones de tierras, su nivel de impacto político es, por lo general, reducido, mientras el PCCh encapsula cada protesta y la gestiona con mano izquierda a fin de evitar males mayores. Por otra parte, la desesperación y frustración de algunos sectores se expresa en desconcertantes acuchillamientos o incendios de autobuses que se han convertido en un fenómeno relativamente corriente en un país donde tales comportamientos eran harto infrecuentes.

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Las autoridades también han aprendido a tratar con los incidentes. En 1989 las cosas se podrían haber resuelto de otra forma, sin recurrir al Ejército, solo con unidades antidisturbios. Pero se crearon después, al tiempo que se sofisticaron mil y un mecanismos de prevención y control para estar al tanto de cuanto se mueve en el país. Todo ello absorbe hoy buena parte del presupuesto de Defensa. Los reflejos autoritarios permanecen pero las formas se han adaptado en una lucha constante por la domesticación de los descontentos que tiene su reflejo en la red.

Pese a la asfixia del día a día, el recuerdo de la tragedia late silenciosamente en las generaciones que la vivieron. El último atentado terrorista en Xinjiang, ocurrido hace pocos días, ha brindado una justificación adicional para blindar la seguridad y asegurar que este aniversario cuente probablemente menos que nunca en China, pero más tarde o más temprano el PCCh tendrá que enfrentarse a sus propios fantasmas.