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LOS SÁBADOS, CIENCIA

Ni cantera ni cartera

Manel Esteller

Los recortes de programas y becas expresan la falta de voluntad política de apostar por la ciencia

Ahora, en estos días en que tanto se habla de fútbol y de los modelos de club que queremos, hay que recordar que muchos de los logros de un equipo dependen de una correcta mezcla entre la cantera y la cartera. Es decir, de cultivar cuidadosamente los jugadores jóvenes de la casa y darles oportunidades junto al fichaje de grandes cracks internacionales que aportan su manera diferente de ver este juego de la pelotita, además de dar un rendimiento de imagen que resulta provechoso a nivel comercial. Pues casi lo mismo podemos aplicar a la ciencia, donde también funciona la suma de cantera y cartera. El problema es que están cargándose este binomio. Y no parece haber perspectiva de mejora a corto plazo. Déjenme que les dé varios ejemplos bastante significativos.

Ha habido una reducción importante de las becas y contratos predoctorales. Son salarios que reciben las personas que han terminado una carrera y les sirven para hacer la tesis doctoral, un periodo muy importante en la formación de los científicos. En esta época, los jóvenes investigadores son como arcilla, y si no les echamos un poco de agua se quedarán más secos que los Monegros. ¿Quién ha recortado? El Estado, algo sumado a la desaparición de decenas de fundaciones público-privadas que daban pequeñas ayudas. Incluso centros de investigación biosanitaria reconocidos oficialmente, como el mío, las han simplemente eliminado. Mala idea, porque, además, a los jóvenes se les paga una miseria en esta etapa.

Otro hecho alarmante y preocupante es la desaparición de los contratos posdoctorales otorgados por el antiguo Ministerio de Educación y Cultura, hoy reducido a una Secretaría de Estado de Investigación, Desarrollo e Innovación. Es decir, la ciencia ha bajado a la segunda división y solo aspira a mantenerse en la llamada categoría de plata.

Estos contratos mencionados permitían a los prometedores investigadores que habían terminado el doctorado marcharse al extranjero con su propio salario, precisando solo la aceptación del laboratorio receptor. Esto proyectaba una buena visión de la ciencia del Estado y permitía cierta independencia intelectual al investigador que llegaba al laboratorio extranjero. Hoy no. El investigador posdoctoral que quiere formarse en otro país depende de que el laboratorio que lo acoja tenga alguna oferta libre y entre cientos de opciones lo elijan para hacer muchas veces un trabajo que no quería. Solo la Unión Europea nos ayuda y da becas de formación posdoctoral competitivas, como por ejemplo las otorgadas por la European Molecular Biology Organization (EMBO) o el programa Marie Curie. Pero si el Estado va reduciendo su aportación a las arcas comunes de Bruselas, ni su caridad nos quedará.

Una vez finalizada la etapa de investigador posdoctoral, para aquellos valientes que quisieron regresar a estos lares se creó una planta carnívora llamada contratos Ramón y Cajal. Servían para recuperar talento en recursos humanos con unas condiciones bastante honorables y con la afirmación de que, al finalizar los contratos, estos investigadores tendrían posiciones más estables. El resultado fue que funcionó el sistema durante dos o tres años, pero hoy en día los investigadores -ya con responsabilidades familiares y con trayectorias científicas correctas- ven que las instituciones que los acogieron no les quieren renovar los contratos o simplemente se deshacen de ellos. ¡Toda una inversión previa malograda!

Y después también han desaparecido misteriosamente, como si fueran el sindicalista Jimmy Hoffa o la aviadora Amelia Earhart, todos aquellos programas que desde el Gobierno central daban aire fresco al sistema. Me refiero a las ayudas financieras para que investigadores contrastados se reciclaran y cogieran impulso pasando periodos de tiempo cortos en universidades y centros extranjeros (por ejemplo, el programa Salvador Madariaga), o para que investigadores de otros países pudieran realizar estancias de intercambio como visitantes en nuestros laboratorios e institutos. Experiencias muy enriquecedoras y necesarias devoradas por una malentendida y falsa austeridad.

No nos engañemos, quizá pondrán de excusa el dinero, pero es una pura cuestión de falta de voluntad política de apostar por la ciencia. Catalunya ha resistido como ha podido con el programa de captación de talento Institució Catalana de Recerca i Estudis Avançats (ICREA) o con sus becas predoctorales, pero también se acabará resintiendo si no hay un cambio importante de rumbo. Así pues, ¡timonel al timón!

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