08 abr 2020

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Industria

Joan Coscubiela

Invitado por la Asociación Catalana de Universidades Públicas ( ACUP ), he tenido la oportunidad de participar en las Jornadas Catalunya Futur. Rectores de universidades, empresarios catalanes y ponentes estábamos invitados a reflexionar sobre formación y mercado de trabajo. Muchos temas sobre la mesa, como generar un modelo económico de mayor calidad y qué papel debe jugar la industria. Y, sobre todo, la necesidad de revisar lo que hasta ahora ha sido el diagnóstico hegemónico sobre la relación entre mercado de trabajo y educación y formación .

¿Es el sistema formativo lo que no promueve las calificaciones necesarias para un tejido económico que queremos intensivo en innovación? ¿O quizás es que el tejido económico que apuesta por la innovación y la calidad es la minoría y no tiene capacidad de ocupar todos los jóvenes formados de nuestro país ? ¿Es el sistema educativo el que no está a la altura o quizás es el tejido económico el que envía incentivos perversos a los jóvenes? ¿Existe alguna correlación entre el nivel de cualificación de los trabajadores y su retribución por las empresas? ¿O muchas de las empresas no retribuyen a sus trabajadores atendiendo a su nivel formativo? ¿Es posible que las empresas retribuyan mejor la dedicación intensiva de los trabajadores, aunque no disponen de formación, que los trabajadores mejor formados? ¿Es posible que durante la burbuja muchos jóvenes abandonaran los estudios técnicos profesionales para trabajar en empleos no cualificados, pero mejor retribuidos? ¿Es posible que una parte de nuestros universitarios hayan visto abocados al subempleo porque el tejido económico no les facilita trabajos cualificados, ni en los momentos de crecimiento? ¿Es posible que una buena parte de los trabajadores inmigrantes que tienen niveles formativos superiores a la media hayan sido vertidos al subempleo? ¿Tienen que ver estos incentivos perversos que envía el tejido productivo con el aumento de las tasas de abandono prematuro de la educación post obligatoria, que se produjo durante la burbuja? ¿Puede estar aquí la explicación que, una vez ha estallado la burbuja, las tasas de abandono prematuro hayan mejorado significativamente, sin que hayan cambiado las políticas educativas ni aumentado los recursos -más bien al contrario-?

En resumen, ¿habremos cometido durante muchos años un error tan antiguo como la humanidad, confundir causas y efectos? ¿No deberíamos revisar nuestro diagnóstico sobre la relación entre el sistema educativo, modelo económico y mercado de trabajo?

Los empresarios presentes en las Jornadas no identificaban este diagnóstico alternativo con la realidad que ellos conocen. Lógico, todos ellos son empresarios industriales que han apostado por la internacionalización y que no entienden el futuro sin trabajadores formados, estables y bien retribuidos. Sólo hay un pequeño detalle, representan una muy pequeña parte del empresariado y, sobre todo, son empresarios industriales, de sectores donde la productividad no vinculada a salarios bajos sino a calificación, innovación y mejoras organizativas. Y es aquí donde radica nuestro principal reto, la estructura productiva de nuestro país.

Malas gestiones económicas

Nuestro tejido económico sufre importantes desequilibrios estructurales, que la burbuja especulativa agravó y que la crisis ha dejado al descubierto. Un excesivo peso de sectores económicos, como la construcción residencial y el turismo de temporada, con mucha estacionalidad, de tendencias ciclotímicas, de elevada rentabilidad sin necesidad de mucha innovación, que incentiva un modelo de mercado de empleo de fuerte precariedad .

El segundo factor es una estructura productiva formada mayoritariamente por pymes y, sobre todo, microempresas. En España el 78% de las empresas tienen un máximo de cinco trabajadores, mientras que en la UE se considera PYME hasta 250 trabajadores . Esto hace que nuestro tejido productivo sea especialmente sensible a los ciclos económicos, débil ante las crisis y con dificultades para la internacionalización .

Junto con estos factores de estructura económica , ha sido determinante unas políticas que en el terreno laboral, económico y fiscal, lejos de contribuir al cambio del modelo, han incentivado sus desequilibrios.

Durante la burbuja especulativa, el retroceso de la industria ha sido notable. Y de todas las causas, la más importante ha sido los incentivos perversos que llegaban desde el mercado y desde la política. El mercado retribuía las inversiones en la construcción y el turismo con unos beneficios que multiplicaban por mucho los de la industria. Con mucha menos inversión y menos riesgos, la rentabilidad de la inversión en estos sectores ha sido mucho más elevada que en la industria. Y lo que es peor, sin necesidad de innovación ni mejora de la productividad. Es un caso que evidencia los riesgos provocados por los incentivos perversos del libre mercado, sin regulación. La combinación abundante de sol y suelo, adobada con dinero abundante y barato y una economía globalizada, ha sido mortífera .

Además, las políticas públicas lo han agravado. Con una visión a corto plazo, de gran lucimiento por parte de los gobiernos, lo que ha hecho es agravar aún más estos desequilibrios con más incentivos perversos. Los de unas reformas laborales que han alimentado la precarización de las condiciones de trabajo o unas políticas fiscales que han incentivado la especulación a corto plazo .

Estas son algunas de las causas de la caída del peso de la industria en nuestra economía . Primero, durante la burbuja, se produjo una fuerte desinversión para reconducir el capital hacia sectores más rentables. Luego, con la crisis, se ha producido una fuerte destrucción de tejido empresarial que, a pesar de disponer de productos adecuados y mercados, no tenía suficiente musculatura para encarar la crisis y la falta de capital y financiación.

Unas pequeñas luces de esperanza son las que aportan aquellas empresas que han aprovechado la crisis para abrirse hacia la exportación o la internacionalización, aunque todavía son una minoría, especialmente entre las pymes. Porque el tamaño, en economía, sí importa. Y aquí nos encontramos con otro de los mitos maléficos de la economía y la política, especialmente en Catalunya. La imagen entre bucólica y romántica de las pymes nos ha hecho perder de vista que las pymes hay que ayudarlas, pero no para que sigan siendo pymes, sino para que dejen de serlo. Y aquí nos encontramos con un gran obstáculo, la escasa cultura de cooperación de nuestras pymes, un mal entendido concepto de competitividad que excluye la cooperación interempresarial.
Tenemos ante nosotros la posibilidad de enderezar algunos de estos problemas estructurales de nuestra economía, pero lo primero que tenemos que hacer es saber que no hay atajos ni soluciones rápidas. Y que, desgraciadamente, las fuerzas del mercado nos arrastran hacia la reincidencia .

Cambio de perspectiva

Y que, para evitar volver a tropezar con la misma piedra, necesitamos hacer tres apuestas nítidas. Reforzar el papel de la industria, aumentar el tamaño de las empresas y ampliar la apuesta por la internacionalización. Y, sobre todo, desincentivar un modelo económico que sin innovación, sin formación ni calidad del empleo, consigue importantes beneficios.

No se trata de condenar sectores como la construcción o el turismo. Al contrario, pueden y deben jugar un papel importante. Por ejemplo apostando por la rehabilitación o la industrialización de la construcción. O en el turismo apostando por la desestacionalización y la oferta de mayor calidad. Pero la clave en los próximos años pasa por reforzar, y mucho, el papel de la industria.

La política puede y debe jugar un papel importante en esta transformación del tejido productivo. Y lo primero que debería hacer es cambiar la política de 'business friendly' que puede representar BCN World por la política de 'industry friendly' que puede representar Alstom de Santa Perpetua, por poner solo algunos ejemplos de actualidad.

Post publicado en el blog de Joan Coscubiela