02 abr 2020

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Pasaporte a la eternidad

Joan Manuel Perdigó

El mundo vivió ayer uno de esos días que podemos calificar de únicos, ahora que el término histórico, de tan sobado, ha perdido valor. En el Vaticano, cuatro papas fueron protagonistas de una singular ceremonia, en la que dos de ellos fueron santificados a iniciativa de otros dos. Entre los cuatro, de Juan  XXIII Francisco, ha transcurrido  medio siglo. Sin ánimo de pontificar, no es difícil apreciar cuán distinto ha sido el papel que cada cual ha jugado en la Iglesia católica. ¿Se puede ser seguidor de quien protagonizó el aggiornamento del Vaticano II y jalear al mismo tiempo a Juan Pablo II? ¿Se puede confiar en quienes aún relegan a la mujer a un papel secundario en la institución o han tolerado la pederastia?  En una época en que gozamos -aunque de manera desigual-  de las mayores cotas de libertad, cuando con tanta facilidad relevamos  a los gestores de los asuntos terrenales, sorprende esa reivindicación conjunta del legado de dos papas tan distintos. Pero así es la Iglesia, capaz de pasar en 300 años de secta clandestina en el imperio romano a religión oficial del mismo, o de sobrevivir a grandes cismas sin que el edificio se hunda. Hoy mismo, en pleno conflicto territorial, la Conferencia Episcopal española condena por inmoral el secesionismo, mientras la iglesia catalana proclama que seguirá a su rebaño allá donde este decida ir. ¡Ay si Pere Navarro pudiera imitar la fórmula!

Trascendencia

Suele decirse desde la óptica de la fe que la clave de la pervivencia de la institución hay que buscarla en que Dios vela por la obra que encomendó al hombre, pero desde el punto de vista terrenal podríamos encontrar una explicación más sencilla. El ser humano es el único animal consciente de lo inexorable de la muerte, frente a la que ha opuesto una ancestral esperanza de trascendencia. En el tiempo que transitamos por este valle de lágrimas generamos una descomunal capacidad de enfrentarnos a aquellos con los que compartimos afectos, intereses o nos cruzamos por el camino, pero nos resulta mucho más complicado cuestionar a quienes ejercen el monopolio de los pasaportes hacia la tan anhelada --aunque incierta-- eternidad.