0,00003 años de soledad

3
Se lee en minutos

Estoy solo. Nah, no me llores todavía no me llores por favor. No es algo de lo que me sienta especialmente orgulloso, pero tampoco es algo de lo que nos tengamos que avergonzar. Nos, sí, he dicho nos. Porque por si no lo has notado aún, tú también lo estás. Cuenta cuántos punteros de ratón aparecen en tu ordenador. La pantalla es tu vida en estos momentos. Los links activos sobre los que puedes hacer clic, las opciones que se te presentan. Y esa flechita siempre mirando hacia arriba como quien busca un futuro que mejorará, eres tú. Es cierto que puedes aprovechar para conectar con otros, pero ten en cuenta que siempre estarás haciéndolo solo. Y ya está.

Solo. Estás solo. Ya seas hombre, mujer, animal, tertuliano o cosa. Eres un ser solitario. Fíjate que no he dicho que estés muy solo, eso sería distinto. La diferencia entre estar solo y estar muy solo es la misma que la que existe entre que algo sea mío y que algo sea muy mío. En el primer caso, simplemente estás poseyendo, es una descripción. En el segundo, ya estás categorizando, y eso etimológicamente es muy próximo a profecía. Fueron los griegos los que inventaron la palabreja categoría, y en su origen era justamente eso, sinónimo de predicción. No deja de ser curioso, cuando categorizas, predices. Cuando clasificas, destinas. Cuando etiquetas, condenas.

Solos. Estamos todos tan solos. Y peor acompañados. Aunque nos encariñemos de vez en cuando. Aunque dejemos que nuestra soledad necesite sentirse acompañada por otra soledad. Hay siempre un momento, sea después de la fiesta o después del polvo o después de esa discusión, en el que irremediablemente volverás a sentirte contigo mismo y sin nadie más a quien agarrarte. De nuevo solo. De nuevo ahí. No hay ataúdes de dos plazas. Ni dos puntos de vista para un mismo espejo. Estás tú y lo que decides que te devuelva. Ya está. Si tú te mueves, se moverá contigo. Si tu te mueres, se morirá contigo. Si tú te mientes, te mentirá por ti.

Solos. A veces por elección, otras por selección natural. Luis Racionero siempre hace referencia a los ingleses, por lo visto ellos sí supieron diferenciar en su lenguaje entre loneliness y solitude, entre la soledad involuntaria y la buscada, entre un accidente repentino y un genocidio emocional. Nosotros, en nuestro riquísimo castellano, aún andamos creyendo que toda soledad es mala, que todo aislamiento es un castigo y que toda compañía siempre te tiene algo que aportar.

Hay que saber estar solo. Y sobre todo, hay que saber quedarse solo. Sin que la presencia propia le obligue a uno a buscar escapatoria en lo ajeno. Sin que la cháchara externa oculte y anegue la conversación que de tanto en tanto tiene que darse en tu interior. Porque no hay nada más triste que no saber ni cómo aguantarse. Porque puede que el que oiga voces esté loco. Pero el que no las oiga, seguro que acaba volviéndonos locos a los demás.

Solo. Estoy solo. Igual te parece triste. Pero es muchísimo más triste no saber lo que se está.

Esto fue lo que sentí esta semana cuando se nos fue gente tan nuestra y tan grande como Tito Vilanova o como el promotor de Macondo, también constructor de Cien Años de Soledad. Pero no querría acabar con tanta tristeza, ni creo que pudiese, porque ni con mil millones de artículos como éste compensaría semejante pérdida. Mejor lo acabo con una anécdota curiosa.

Hace diez años, pude compartir con Gabo 15 minutos de charla paseando por Los Ángeles, en pleno Rodeo Drive. Fueron mis 15 minutos de Gabo. Supongo que era a eso a lo que se refería Andy Warhol. 0,25 horas charlando con todo un Premio Nobel. 0,0104 días cogido de su brazo. 0,00003 años aprendiéndolo casi todo sobre publicidad. Porque él fue redactor de una gran agencia cuando vivió en México DF. De hecho, algunos de sus eslóganes aún sobreviven en la mente de muchos de los que nos dedicamos a esto. Y cuando le pregunté por qué lo había dejado, me dijo que perdió el interés el día en que se dio cuenta de que para ser publicitario bastaba con reunir dos condiciones: una, «no cometer faltas de ortografía» y dos, «ser un poquito menos pendejo que los demás».

Noticias relacionadas

También me dijo algo que no olvidaré mientras tenga una empresa. Que adoraba hacer negocios con catalanes.

Porque sabía que al final, fuese como fuese, siempre iba a cobrar.