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Los jueves, economía

El equilibrista sonámbulo

Antón Costas

El peligro de una tercera recesión en la zona euro radica en la actitud del BCE y de la Comisión Europea

¿Podría la economía de la zona euro, y en particular la española, volver a recaer en la recesión; es decir, caer en una tercera recesión? Me formularon esta cuestión en el coloquio de una reciente conferencia en A Coruña, en la que había afirmado que existen señales razonables de recuperación económica, aun cuando esas señales no han llegado aún al bolsillo de las familias.

A bote pronto, contesté que no encontraba en la historia económica ningún caso de una economía importante que hubiese tenido tres recesiones sucesivas. Probablemente, esto es debido al aprendizaje que todo sistema político bien ensamblado adquiere en el manejo de la primera y segunda recesión. Por lo tanto, concluí, la evidencia existente lleva a descartar que pueda producirse una tercera recesión.

Pero confieso que mi respuesta no me dejó satisfecho. En la situación de gobernanza  de la zona euro, una tercera recesión no es del todo improbable. En un Estado nación moderno bien ensamblado hay instituciones políticas y económicas que tienen la responsabilidad de hacer frente a las recesiones. Pero la UE no es ni un Estado nación bien ensamblado, ni una unión de estados con funciones bien definidas de sus partes. Es un sistema político inacabado, con lagunas y fallos institucionales importantes que pueden ser dramáticos en situaciones de crisis como las que vivimos.

Vale la pena, pues, plantearse qué factores podrían hacer que ese escenario no deseado de una tercera recesión pudiera ocurrir, para evitarlo.

El discurso oficial afirma que ya hemos salido de la segunda recesión y que, si somos capaces de apoyar reformas que fortalezcan la flexibilidad y la capacidad competitiva de la economía, la recuperación será duradera.

Pero, miren, cómo nos vaya en los próximos años depende no solo de lo que hagamos nosotros, sino también de lo que hagan, o no, el Banco Central Europeo (BCE) y la Comisión Europea.

Un banco central cumple varias funciones que son básicas en una economía moderna. Una de ellas es la de ser algo así como un banco de sangre con capacidad y en disposición para hacer transfusiones cuando las circunstancias lo exigen.

En una situación normal, el flujo crediticio a las empresas y familias lo suministran los bancos. Pero, la situación que estamos viviendo no es normal. Después de la crisis financiera del 2008, el crédito ha dejado de llegar a las empresas y a las familias; y después de la crisis de deuda del 2010, les ha ocurrido lo mismo a los gobiernos. En ambos casos, el grifo de crédito se ha secado. Es en estas situaciones cuando el papel de un banco central se convierte en determinante para la recuperación.

Continuando con la metáfora,  podemos estar dispuestos a hacer ejercicio para que nuestro cuerpo sea más flexible y se adapte mejor a las circunstancias del trabajo. Pero el corazón tiene que hacer llegar la sangre a todo el cuerpo. De lo contrario nuestro esfuerzo de mejora es baldío. ¿Cómo se comportaría un buen médico en esa situación? Llegará a la conclusión de que es necesario hacer un by pass para complementar temporalmente la función del corazón y hacer que la sangre llegue a las partes vitales del cuerpo.

De la misma forma, cuando los bancos no hacen su función, el banco central tiene que estar dispuesto a hacer transfusiones de crédito que vayan directamente a mantener la actividad de las partes vitales del sistema económico.

¿Cómo ha actuado hasta ahora el BCE? Su conducta parece la de un equilibrista sobre una cuerda con un solo objetivo: salvar al euro. Aparentemente ajeno al resto de peligros: deflación, estabilidad social (el paro) y estabilidad política (la democracia). La famosa frase de Mario Draghi, el presidente del BCE, en julio del 2012 ejemplifica esta conducta: «Haremos todo lo necesario para salvar el euro». Pero no dijo nada sobre salvar la economía.

No es que no vea esos peligros, pero actúa como un sonámbulo que camina despierto, pero sin ver lo que hay alrededor. Esta actitud de equilibrista sonámbulo es la puede llevar a la economía de la zona euro a una nueva recesión. O a una situación de estancamiento prolongado, a la japonesa.

Pero, sin duda, esta metáfora es exagerada y no hace del todo justicia al BCE. Por dos motivos. Primero, porque Draghi ha declarado que el consejo, en su reunión de hace dos semanas, ha acordado, por primera ver por unanimidad de todos sus miembros, estar preparado para actuar con toda su artillería para evitar el riesgo de deflación y nueva recesión. De momento solo son palabras, pero son importantes.

Y, segundo, porque en esta historia hay otro equilibrista sonámbulo: la Comisión Europea. Pero de esta hablaré otro día. 

Catedrático de Política Económica (UB).

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