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Las relaciones Catalunya-España

Impasible el ademán

Manuel Cruz

Será extraño que los catalanes denuncien el veto a su derecho a votar el 9-N con la papeleta en la mano

Como es sabido, nada hay más práctico que una buena teoría. Deberían recordarlo quienes desdeñan los discursos políticos mínimamente elaborados y consideran que en esta sociedad posmoderna de nuestros pecados la función que aquellos desempeñaban antaño en orden a la movilización concienciada de la ciudadanía ha quedado perfectamente sustituida por los eslóganes, cuanto más obvios, mejor. En efecto, en la medida en que estos no requieren el menor desarrollo teórico debido a su apariencia concluyente parecen garantizar a quienes los formulan que nunca se verán obligados a someterlos a la contrastación con la realidad para dilucidar el grado de verdad que contienen.

La política catalana lleva una temporada desatadamente abandonada a los eslóganes, destilado último de la mercadotecnia. «Derecho a decidir», «vivir libres» o, en los últimos tiempos, «queremos votar» pertenecen claramente a esa categoría de presuntas verdades cuyo mero enunciado no parece dejar el menor resquicio para la duda. El único problema, no menor, que plantean tan eficaces mensajes es que no solo no soportan la prueba del algodón de los hechos, sino que, todavía más allá, ni siquiera aprobarían el más indulgente análisis de texto.

Alguien podrá objetar que no es cuestión de mercadotecnia y que detrás de todos esos eslóganes se encuentra una decidida voluntad política. Acepto el matiz. Que el president Mas está empeñado en que los catalanes voten, y cuanto más mejor, está fuera de toda duda. Buena prueba de ello lo constituye el hecho de que adelanta las elecciones a la menor oportunidad, de tal manera que, tras su fugaz primera legislatura al frente del Govern, no deja de anunciarnos que el 9 de noviembre volverá a convocar de nuevo a las urnas a los catalanes apenas dos años después de haberlo hecho por última vez, aunque todavía no esté definido con exactitud para qué.

Respecto a la consistencia de los mensajes valdrá la pena llamar la atención sobre una circunstancia que podría producirse. En efecto, cabe la posibilidad de que los catalanes sean llamados a las urnas para reivindicar... su derecho a votar, esto es, para que voten a favor de que quieren votar (¿o habría que decir «seguir votando»?). No resulta difícil anticipar el estupor de los corresponsales extranjeros, venidos a Catalunya para cubrir la información de unas elecciones anticipadas, al registrar las tautológicas declaraciones de airados ciudadanos en la cola de su colegio electoral, manifestando a voz en grito, con su papeleta en la mano, que acudían a votar porque no les dejaban votar, o cosas parecidas.

Si, de acuerdo con Manuel Sacristán, en el gusto por el matiz se reconoce al filósofo, en el desprecio hacia el mismo, podríamos añadir a continuación, se reconoce al demagogo. No faltan ejemplos para ilustrar esta idea. Así, que pueda haberse generalizado el convencimiento de que el conflicto en el que estamos inmersos debe ser interpretado como el choque entre dos realidades monolíticas, unánimes y uniformes (tipo «España contra Catalunya») contradice demasiado la realidad como para no pensar que es en gran medida inducido y que por tanto responde al diseño de una estrategia de agitación fundamentalmente demagógica.

Es bajo esta misma clave -la de una demagogia que no cesa- como se entienden también las primeras reacciones soberanistas tras la reciente sentencia del Tribunal Constitucional, reacciones se diría que inspiradas en aquella vieja máxima del periodismo «no dejes que la realidad te arruine un buen titular», ahora reconvertida en «no dejes que una sentencia del TC te arruine la hoja de ruta que habías anunciado». Es cierto que, tras las primeras declaraciones del portavoz de CiU en el Parlament, Jordi Turull, calificando a los miembros del tribunal como «agitadores políticos que han avivado la catalanofobia», hubo una rectificación, pero en el sentido de interpretar que la sentencia avalaba la consulta. Popper se hubiera desesperado ante la actitud de estos soberanistas, incapaces de contemplar ni siquiera la posibilidad de que exista alguna situación que falsee sus propuestas. Ocurra lo que ocurra, todo siempre acaba cargándoles de razón.

Esto mismo se podría formular probablemente con mayor claridad a través de una sencilla pregunta. ¿Cómo valorarían ustedes la actitud de alguien que, al llegar a una bifurcación y recibir la siguiente indicación: «El camino que usted pretende seguir es un camino sin salida, pero, en cambio, ahí hay otro que sí podría permitirle acercarse a donde quiere ir», respondiera: «Muchas gracias, pero mis amigos y yo ya acordamos ir por el primero y nada hay más importante para nosotros que mantener el acuerdo»? ¿Verdad que pensarían lo mismo que yo?