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Los jueves, economía

La desigualdad no es una plaga divina

Antón Costas

Los recortes del gasto social y las subidas de impuestos han incrementado las diferencias sociales

La economía como disciplina académica busca mejorar las condiciones de vida de las personas y sentar las bases de una good society, una sociedad buena. Una sociedad donde la conducta económica esté fundada en unos sólidos principios morales. Desde Adam Smith y su Teoría de los sentimientos morales, este objetivo ético ha inspirado la obra de muchos grandes economistas. Y ha orientado la acción política de muchos legisladores y gobernantes.

No siempre ha sido este el objetivo. En ocasiones ha sido sencillamente aumentar el poder del Estado. Sucedió en la época mercantilista, de las monarquías absolutistas de los siglos XVII y XVIII; o, más recientemente, en países como Rusia. En otras se ha buscado maximizar el crecimiento del PIB sin preocuparse por si su distribución era justa. Dicho en forma coloquial, aumentar el tamaño del pastel más que mejorar su reparto.

¿Sigue siendo la sociedad buena el objetivo prioritario de la reflexión económica y de las políticas públicas? Es difícil afirmar tal cosa. Que no es así, se puede ver fácilmente a través de dos indicadores.

Primero, en la pérdida de los fundamentos éticos de la economía. La ética tiene que ver con lo que consideramos bueno o malo, justo o injusto, moral o inmoral. Desde esta perspectiva, muchos ciudadanos creen que las conductas que provocaron la crisis financiera carecían de los más elementales principios éticos, cuando no eran sencillamente amorales. Y hacen el mismo juicio de las políticas de austeridad, que ven profundamente injustas.

El segundo es lo que está ocurriendo con la desigualdad. Probablemente, este es el aspecto que mejor expresa la pérdida de sentido ético de la economía y de las políticas gubernamentales.

La desigualdad estuvo oculta bajo la ola de crecimiento de las dos últimas décadas. Durante ese tiempo fue una enfermedad asintomática, que aparentemente no producía malestar. Pero, como ocurre cuando baja la marea, la crisis del 2008 la ha dejado al descubierto en toda su magnitud y crudeza.

Los estudios de los economistas Thomas Piketty y Emmanuel Saez nos permiten ver cómo la desigualdad actual, medida por la parte del pastel de la renta nacional que se queda en manos del 10% más rico, ha sobrepasado las elevadísimas cotas que había alcanzado a principios del siglo XX. Una desigualdad, no lo olvidemos, que fue la antesala de dos grandes guerras y de la Gran Depresión de los años 30. Lo curioso es que el aumento espectacular de la desigualdad en las últimas décadas coincidió con un fuerte aumento de la riqueza. El pastel ha crecido, pero se ha repartido peor.

Además, las políticas contra la crisis financiera y económica han empeorado las cosas. Como habrán leído en este diario, dos informes recientes del FMI y de la OCDE han puesto de manifiesto que las políticas de recorte de gastos sociales y aumento de los impuestos han agravado la desigualdad. Y, lo que es más intrigante, el país donde más ha aumentado es España.

El que dos instituciones de orientación conservadora como el FMI y la OCDE, igual que dos medios de orientación liberal tan influyentes como la revista The Economist y el diario financiero Financial Times, muestren esta preocupación por la desigualdad es algo singular. ¿Acaso se han vuelto caritativos? No, son capitalistas consecuentes.

La desigualdad tiene efectos demoledores para el capitalismo y la democracia. Por un lado, hace que la economía de mercado sea más volátil, más maniacodepresiva. Por otro, seca el pegamento que una sociedad plural necesita para funcionar razonablemente. En tercer lugar, es un indicador adelantado de conflictos y desórdenes políticos futuros que afectan a la democracia.

¿Cuáles son las causas que la provocan? Muchas veces se dice que es la consecuencia inevitable de la globalización económica y de los cambios técnicos. No se lo crean.

Miren, la globalización y la tecnología afectan por igual a todas las economías, pero la desigualdad ha crecido más en unos países que en otros. Por lo tanto, las causas son la regulación económica y las políticas de gasto social y los impuestos. Cuando las políticas fueron virtuosas, como en los 30 años que siguieron a la Gran Depresión y la segunda guerra mundial, la desigualdad se redujo, la economía funcionó bien y se construyó una sociedad buena.

La desigualdad no es una plaga divina, ni un resultado inevitable del funcionamiento de la economía. Es obra de los hombres y de las políticas.

Necesitamos con urgencia un nuevo progresismo que reconcilie capitalismo y democracia. Un nuevo pegamento social cuyo componente principal han de ser las políticas que reduzcan la desigualdad a niveles tolerables.

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