10 abr 2020

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Adolfo Suárez o la gallardia del perdedor

Pepa Roma

A diferencia de otros periodistas que conocieron a Adolfo Suárez en tiempo de victoria, yo le conocí en tiempo de derrota, como el presidente defenestrado por el 23-F que trataba de levantar cabeza al frente de su nueva criatura, el Centro Democrático y Social. Era su "travesía del desierto", entre las elecciones del 82 y el 86, en la que tuvo ocasión de demostrar que la estatura de un hombre se mide tanto o más en la derrota que en el ejercicio del poder.

Tuve la suerte de conocerle y tratarle durante algún tiempo cuando, a mi llegada a Madrid en 1983 para trabajar en Telediarios de TVE, se me asignó cubrir la información del CDS.

Como buena parte de los jóvenes de esa época, me consideraba demasiado de izquierdas para votar a un político y partido como la UCD o el CDS, pero la imagen del 23-F había quedado grabada de forma indeleble en nuestra conciencia. Un acontecimiento que para mí fue un verdadero despertar a la realidad cuando, en mi condición de joven un tanto diletante más amante de los viajes que del trabajo en una redacción, llegaba un día a la pensión donde me alojaba de un pueblecito de la costa turca y veía en televisión esas célebres imágenes que daban ya la vuelta al mundo del general Gutiérrez Mellado y del todavía presidente del Gobierno español enfrentándose a Tejero y a sus guardia civiles en el Congreso. Los dueños de la pensión me traducían a trompicones las palabras en off y parecía como si les hubiera bastado una foto o unos minutos de vídeo para comprender de golpe esa España tan admirada en el extranjero por su flamante "transición política". Pero la recién inaugurada democracia se sostenía sobre cimientos mucho más frágiles de lo que todos creíamos.

Ese dia supe que el mundo no se cambiaba sólo con utopías y ensueños, sino dando la cara. La noticia del asesinato de Carrero Blanco la había conocido en 1974 por la prensa indonesia, el referéndum por la democracia de 1977 me había pillado atravesando Mali, y ahora perdida en pleno invierno en un pueblo turco sin más conexión con el mundo que la radio de onda corta con la que iba a todas partes, seguía despierta toda la noche, minuto a minuto el desarrollo del intento de golpe. Creo que fue cuando por primera vez me dí cuenta de cuanto me importaba mi país y de que por lejos que estés no puedes alejarte de tus orígenes, y mucho menos desentenderte de los afanes colectivos.

De ahí nació mi decisión de abandonar mi vagabundeo planetario escribiendo sobre lo que encontraba a mi paso, y volver para integrarme en la redacción de un periódico, en ese momento El Periódico de Catalunya en Barcelona, ciudad en la que he vivido desde la infancia.

El Periódico, donde se me adjudicaron durante algún tiempo las entrevistas de última página, o extensos reportajes para el Dominical, me enviaba con frecuencia a Madrid para entrevistar a políticos del momento, desde ministros del último gabinete de Suárez, como Francisco Fernández Ordóñez, y otros cercanos colaboradores como Manuel Jiménez de Parga o Agustín Rodríguez Sahagún, a líderes de la oposición como Felipe González y Manuel Fraga, pasando por toda una UCD de la que muchos estaban ya abandonando el barco o sumándose a la operación de acoso y derribo contra su líder.

Con este bagaje mezcla de escepticismo y fascinación llegaba a Madrid para trabajar en la sección política de los telediarios de Televisión Española en 1983.

Así es como me convertí en cronista de las intervenciones de Adolfo Suárez en el Congreso de los Diputados, en parte de su caravana por pueblos y ciudades en las campañas electorales, en visitante de su despacho de la calle Maura para alguna de las pocas entrevistas que concedió a televisión, en depositaria de esperanzas y decepciones por parte del pequeño pero fiel equipo que le acompañaba.

Conocí, por tanto, a Suárez ya no como presidente del Gobierno, sino después de que las elecciones de 1982 hubieran dado tal revolcón al Centro Democrático y Social, que poco le faltó para convertirse en extraparlamentario. Solo obtuvo dos diputados.

Eran los momentos más duros por los que puede pasar un político: tocado y aparentemente hundido. El tesón, la humildad, la compostura que demostró esos días dan buena medida del gran caballero que era. Incapaz de desaliento, pero, mucho más difícil, de resentimiento, sufría la amarga decepción de ver como un país al que le había dado todo, le volvía la espalda.

Suárez fue entonces más que nunca el tipo quijotesco que llevaba dentro. Abandonado por la mayoría de UCD, se quedó con un equipo Zen, depurado de arribistas, reducido a incondicionales como el llorado "Pepín" Vidal Beneyto, Agustín Rodríguez Sahagún o José Ramón Caso. Fue por entonces cuando comprendí el alcance de aquellas palabras por las que todavía se recuerda su discurso de investidura como primer jefe de gobierno de la democracia en 1977: "Puedo prometer y prometo".

Un lema al que, aún en la derrota, seguía siendo fiel.

No a la OTAN, freno a la banca, encuadramiento democrático de los militares, una serie de poderes fácticos a los que se atribuye su defenestración podían obligarle a dimitir, pero no le harían callar, ni torcerían su empeño. Desde su modesta formación política siguió luchando incansable contra los mismos poderes a los que se había enfrentado como presidente.

En un momento en el que Felipe González había, a los ojos de muchos, 'traicionado' los sentimientos de toda una generación contraria a las bases norteamericanas y a todo lo que tuviera que ver con la presencia y utilización foránea de suelo español, arrancando el sí a la OTAN en una campaña marcada por el miedo -sobre todo, el miedo a quedar fuera de Europa-, el CDS de Adolfo Suárez fue capaz de votar en contra.

Se ha dicho que la defenestración de Suárez se fraguó desde el mismo momento en que Alexander Haig, secretario de Estado de Ronald Reagan, afirmó que “España tiene que fijar fecha y hora para su entrada en la OTAN” y el presidente del Gobierno dijo no a Washington. Y también su tensa relación con Botín tuvo mucho que ver. Lo que no le impediría presentarse a las elecciones de 1986 con una pegatina que decía “Yo también tengo problemas con la banca”. Y no era sólo una metáfora. La gran banca había creado un “cordón sanitario” en torno a su persona, negando al CDS los créditos para sus campañas, por lo que tuvo que depender de entregados militantes para proseguir el combate.

En esa misma campaña, Suárez denunciaba que “los socialistas han seguido una política orientada por el Fondo Monetario Internacional, con lo que han aumentado sustancialmente los beneficios de la banca”. “La banca nos ha dado la espalda, lo que quizás obedece al hecho de que el CDS no se pone de rodillas ante ella. Me enfrenté a los que querían hacer una España para ellos solos, y no una España para todos”. Todo eso haría que contrarios y detractores le tildaran de un demagogo o alguien sin ideología, y que haría de él un personaje controvertido hasta el final. Lo que no le podía negar nadie es que era alguien que había hecho un inmenso servicio a su país.

Se había convertido en algo así como un artista, torero de culto que, si no grandes masas como Felipe González, sí despertaba un fervor inigualable entre sus seguidores. Sentimientos similares evocaban sus intervenciones en el Congreso donde, con sólo un compañero de escaño por escudero, Rodriguez Sahagún, eran de las más esperadas. Era facil trabajar con él, siempre daba un buen titular, a pesar de su reconocido e invencible miedo escénico a hablar en público. Eran intervenciones que se preparaba meticulosamente, de mensajes claros, limpios, valientes, sin ambages. Por esta y por muchas otras razones, tanto en la derrota como en la victoria, Adolfo Suárez seguía siendo el personaje más fascinante de la política española, el que había mirado de frente el agujero negro de los problemas del país.

Recordando aquellos intensos momentos es difícil olvidar no sólo la valentía con la que Suárez defendió sus posicionamientos hasta el final, sino cuan premonitorias o reveladoras resultaban ya muchas de sus palabras. Uno de los lemas de la campaña de 1986 fue la reducción del servicio militar a 3 meses, como paso previo a su disolución, así como desviar recursos destinados a las Fuerzas Armadas a educación, sanidad y programas de inserción laboral para la juventud.

Así, ciudad a ciudad, pueblo a pueblo, plaza a plaza, Adolfo Suárez fue reconquistando reconocimiento, respeto y posiciones.

Todavía recuerdo con emoción cuando desde la sede del CDS TVE retransmitía en directo la recuperación de escaños en la noche electoral del 22 de junio de 1986. Fue su momento cumbre antes de que se retirara definitivamente en 1991 abandonando la presidencia del partido.

Adolfo Suárez, independientemente de nuestras ideas políticas, sigue teniendo a nuestros ojos un halo romántico, porque nadie como él supo encarnar aquel ideal de la transición: ocupar los cargos para servir a los demás y no para servirse a sí mismo. Al igual que el General De Gaulle, fue de la derecha más extrema en su juventud a la izquierda responsable en su madurez.

Por ello, hoy Adolfo Suárez entra con todos los honores y por la puerta grande en la Historia de España. Genio y figura, por los siglos de los siglos, de un gran español.