28 mar 2020

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El peso de la historia

España sigue siendo diferente

Joan Campàs

El Estado-nación, que aquí llegó tarde, ha perdido soberanía y la quiere recuperar a costa de la población

Probablemente, todos conocemos a alguien en paro, o estafado por las preferentes, o víctima del fracaso escolar, o desafecto a los políticos y la Monarquía, o asqueado de la corrupción… Con un 25% de paro, un nivel educativo que nos sitúa -según el informe PISA- a la cola de los países analizados y una inversión en I+D que apenas supera el 1% del PIB, la pregunta resulta obvia: ¿por qué España sigue siendo diferente?

1. Quizá porque ha llegado tarde al modelo de Estado-nación que ahora ha entrado en crisis. Por arriba, el Estado-nación ha perdido gran parte de su capacidad de toma de decisiones por la transferencia de competencias a la Unión Europea y tiene que endeudarse en el mercado internacional de capitales. Además, los grandes problemas planetarios (medioambiente, crecimiento sostenible, migraciones…) se tratan en foros internacionales donde no está presente (G-7, G-8, G-13, G-20…) y las oenegés adquieren cada vez más presencia y eficacia.

Pero también está desbordado por abajo. Los problemas de la vida cotidiana de los ciudadanos -educación, sanidad, transporte, equipamientos…- son competencia de las entidades locales y autonómicas. Y el Gobierno es incapaz de hacer cumplir los principios que legitiman al Estado, como es el caso del artículo 35 de la Constitución («Todos los españoles tienen el deber de trabajar y el derecho al trabajo») y el 47 («Todos los españoles tienen derecho a disfrutar de una vivienda digna y adecuada»).

El Gobierno, en este contexto, legisla y actúa en el poco espacio que le queda: la LOMCE, la ley del aborto, la de seguridad ciudadana... Y ya que no puede recuperar competencias cedidas a Europa, intenta minimizar las cedidas a las comunidades autónomas (utilizando a menudo el Tribunal Constitucional). Es decir, intenta recentralizar para no perder más poder y dotarse de sentido.

2. Esta tendencia a la centralización hunde sus raíces en el proceso de creación del Estado-nación español durante el siglo XIX, dominado por los sectores más conservadores de la burguesía. No se completó la identificación entre Estado y nación al no lograr homogeneizar y nacionalizar a la población. No se consolidó el modelo jacobino un Estado, una nación, un mercado, y se agregó y se centralizó mediante mecanismos represivos. No se lograron crear la mayoría de elementos necesarios para la constitución de una conciencia y una identidad colectiva: la educación se dejó en manos de instituciones clericales, más interesadas en fabricar católicos que españoles; del servicio militar obligatorio se libraban las clases pudientes mediante las quintas (y por eso no podía articular un mecanismo de exaltación patriótica); la bandera nacional no puede considerarse tal hasta la Constitución de 1978, pero sigue muy connotada por el franquismo y por quienes la enarbolan habitualmente; el himno nacional carece de letra (uno de los más eficaces mecanismos de interiorización de la identidad patria); no existe una fiesta nacional de exaltación del Estado, ni monumentos a las glorias y al pasado nacional común.

No existe, pues, un capital simbólico español. España no se ha vertebrado como nación. En caso contrario no tendrían sentido la declaración, en 1835, de Antonio Alcalá Galiano a las Cortes («uno de los objetivos principales que nos debemos proponer nosotros es hacer a la Nación Española una nación, que no lo es ni lo ha sido hasta ahora»), ni la atribuida a Cánovas del Castillo durante el debate del artículo 1 de la Constitución de 1876 («Son españoles... los que no pueden ser otra cosa»), ni la de Ortega y Gasset de que «dado que España no existe como nación, el deber de los intelectuales es construir España». La insistencia en afirmar lo contrario (el «hay que españolizar a los alumnos catalanes» de Wert), escudarse en el artículo 2 de la Constitución o expresar ignorancia histórica afirmando que «somos la nación más antigua de Europa» son otras pruebas más de la inexistencia de España como nación.

3El Estado-nación, pues, ha perdido soberanía y la quiere recuperar para sí reduciendo la soberanía popular. Es el caso de la reforma del artículo 135 de la Constitución, que, sin referendo, introdujo que el pago de la deuda pública «gozará de prioridad absoluta», renunciando así el Estado al derecho de inmunidad soberana y a la posibilidad de renegociar la deuda, convirtiendo su pago en prioritario frente al de las pensiones y el sueldo de los funcionarios y situando a los acreedores por delante y por encima de los ciudadanos. O los recortes al Estatut aprobado por los ciudadanos catalanes y la supresión de artículos vigentes en otros estatutos.

España llegó tarde a la democratización y a la nacionalización. Quizá ahora también esté llegando tarde al proceso soberanista catalán. Quizá porque no quiere dejar de ser diferente. Doctor en Historia Contemporánea (UOC).