El futuro de un servicio esencial

¿Más tarifas? ¡Más viajeros!

Barcelona puede y debe aumentar el número de usuarios del transporte público mediante abonos

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La burbuja financiera del déficit del transporte público barcelonés ha aparecido de forma contundente. Las constantes subidas de tarifas de los últimos años solo son la punta del iceberg del problema, un intento desesperado de evitar la hipoxia absoluta y tener que llegar a medidas drásticas como el recorte de servicios o de nóminas, empezando por las de los directivos de las empresas de transporte público que cobran más que Artur Mas o Mariano Rajoy.

¿Cómo hemos llegado hasta aquí? Muy sencillo: gastando más de lo que se ingresaba durante varias anualidades. ¿Y por qué? Primero, porque en la época del tripartito se quiso recuperar el retraso acumulado en el servicio de transporte público. Segundo, por la inveterada costumbre de algunos de nuestros políticos de pensar que el siguiente ya sabrá cómo deshacer el entuerto, de imposible solución, del déficit que iba causando la cadena de inauguraciones. Tercero, porque la faraónica línea 9 de metro -¡a qué espera el Parlament para crear una comisión de investigación sobre su horrorosa gestión!- ha hundido las finanzas de la Generalitat con sus métodos aplazados de pago. Cuarto, y más importante, porque de acuerdo con el mainstream oficial la forma de hacer crecer la economía era gastando y endeudándose. Todo debía crecer: el gasto, el transporte público, las inversiones... Todo. Solo entonces la economía mejoraría y con los nuevos ingresos fiscales se podría desinflar la burbuja financiera del sistema de forma controlada. Como es bien sabido, esto no ha sido así. Y quinto, porque para evitar los topes de endeudamiento público se recurrió sin límites a la financiarización de las inversiones en las infraestructuras, convirtiéndolas en un canon computable como gasto y no como inversión en las cuentas de la Autoridad del Transporte Metropolitano, la ATM.

El plan de saneamiento financiero que prevén las autoridades parece poco consistente, y sobre todo nada innovador. Estamos en manos de financieros sin nuevas ideas. Proponen coger la deuda acumulada de 500 millones de euros y financiarla en 15 años. Un bonito regalo para los bancos de entre 120 y 210 millones en intereses (dependiendo de si el tipo aplicable es el 3% o el 5%). Para ello habrá que garantizar un aumento de las aportaciones públicas. Ayuntamiento de Barcelona, Generalitat y Àrea Metropolitana han anunciado ya 25 millones adicionales para este año y cruzan los dedos para que al ministro Montoro no se le ocurra una nueva rebaja en las aportaciones del Estado, con el argumento que se trata de una competencia transferida hace unas cuantas décadas. Lo que falte lo pondrán los usuarios con nuevos incrementos de tarifas y, llegado el caso, con adicionales medidas de ajuste, procurando siempre no tocar plantilla, salarios y oferta de servicio.

¿Hay alternativas? Claro que las hay. Pero para llevarlas a cabo hace falta coraje, ambición y liderazgo político. Lanzo dos ideas. La primera: hay que aumentar los ingresos de los usuarios, no por la vía de continuos tarifazos sino ganando nuevos usuarios. Para lograrlo aún queda un gran recorrido potencial. En las horas punta queda capacidad en todos los trenes que salen de Barcelona, y en las horas valle y en los fines de semana la oferta triplica la demanda. La Unión Internacional de Transporte Público (UITP) propone que las ciudades dupliquen el número de pasajeros de aquí al 2025. Yo propongo que en los próximos cuatro años los pasajeros de los transportes de Barcelona aumenten en un 20%. Como la oferta de Barcelona es excelente -un dato reconocido a escala mundial-, lo que se necesita son abonos con precios atractivos para fidelizar a los que usan poco el transporte público. Como ha sucedido en toda Europa, son esos abonos los que logran aumentar el número de viajeros. Aquí, solo el 10% de los viajeros los usan, justamente porque sus precios resultan poco atractivos.

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La segunda idea: fnanciación cruzada. El coche, que perjudica al transporte público con su congestión y a los ciudadanos con su contaminación, debe contribuir a la financiación del sistema. El área verde del aparcamiento de Barcelona debe recuperarse, deben crearse recargos en los peajes, no descuentos, y tasas sobre las plazas de aparcamiento de rotación y de las empresas, contribuciones especiales de los grandes centros generadores de movilidad, etcétera.

El transporte público es la cuarta pata del Estado del bienestar, puesto que provee un servicio universal para todos. Es la hora de la política con mayúscula, el tiempo en el que los políticos se armen de valor y venzan las reticencias de la burocracia conservadora enquistada en las direcciones de las oficinas públicas, cuyos consejos, hasta hoy, no han cosechado sino fracasos, uno tras otro.