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Allá por los años 30 algunas formaciones políticas, influidas por las teorías de Leon Trostki, decidieron su incorporación a grandes partidos de masas con el objetivo de intentar influir, modificar o alterar sus planteamientos políticos, programáticos y organizativos. Con esta táctica, denominada 'entrismo', se pretendía ocupar el ala izquierda de los partidos de la Segunda Internacional ahuyentando sus direcciones reformistas y radicalizando la praxis política de las mismas. Como es sabido, en los manuales de ciencia política y en el jerga revolucionario, se definió esta táctica con la palabra 'entrismo'. Muchos han sido los movimientos y partidos que han vivido a lo largo de su historia este fenómeno. Así, a mediados del pasado siglo, por indicación de Leon Trotsky, el Partido Laborista inglés experimentó internamente la aplicación de esta táctica con corolarios diversos. Es de sobra sabido que este fenómeno se prolongó durante muchos años en muchos partidos y movimientos de todos los países y continentes. Basta notorio, por ejemplo, fue en el Reino Unido el activismo al respecto de personalidades como la actriz Vanessa Redgrave.

En nuestro país, a pesar de las instrucciones del padre del Ejército Rojo, la oposición de izquierdas de orientación marxista prefirió constituir el POUM antes de penetrar en la seno del PSOE, o del PCE. Incluso, durante los primeros años de la democracia, el PSOE contó en sus filas con una corriente 'entrista' trotskista llamada Nueva Claridad. Pero de eso hace mucho tiempo. De aquel viejo entrismo de carácter revolucionario y radical queda muy poco. Lo que queda es residual y esta protagonizado por pequeños cenáculos fuertemente ideologizados.

Han pasado los años y en la sí de muchas formaciones políticas se vuelven a detectar tácticas y prácticas entristece. Grupos que, sin nutrirse de un pensamiento altruista o reformador, se pueden considerar como la reedición de un nuevo entrismo sin contenidos pero con intereses. Un entrismo que no va más allá de las pequeñas batallas de Palau para lograr protagonismo y poder. Batallas donde a menudo las diferencias ideológicas son escasas, o bien se utilizan como coartada o justificación. Proliferan en algunos partidos conflictos donde el ego pesa más que la esencia...

Es obvio que hay que democratizar y regenerar la política. Es evidente que hay que aplicar y ensayar nuevas formas participativas --tipo primarias-- y obrar con transparencia total. Claro que sí! Pero, por otro lado, no deja de ser curioso y sospechoso que este año, en pleno debate sobre el futuro de Catalunya, los partidos que propugnan terceras vías basadas en el diálogo y el pacto (PSC, UDC, EUiA...) hayan visto proliferar y multiplicarse colectivos críticos decididos a denunciar supuestos centralismos democráticos, caza de brujas, maniobras del aparato y cultos a la personalidad.

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¿Acaso no será esto un entrismo a la catalana?

Post publicado en el blog de Joan Ferran