La reválida del Follonero

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Imagen de ’Operación Palace’.

Imagen de ’Operación Palace’. / LA SEXTA

Este domingo por la noche Jordi Évole, dando una valiente vuelta de tuerca a la labor periodística que le ha valido numerosos premios y reconocimientos, se reafirmó en el rol con el que se instaló en nuestros salones y alcanzó la popularidad: el de Follonero. Sin embargo, lo hizo bien lejos de la socarronería fácil de sus comienzos, y perpetrando un experimento televisivo que sin duda sentará un precedente en la historia de la televisión de nuestro país. Operación Palace, su falso documental sobre el 23-F, está hoy en boca de todos y ha polarizado a los espectadores entre los que disfrutaron del engaño y vieron en la ficción una herramienta útil para el debate y la reflexión, y los que se echaron las manos a la cabeza, considerándolo una traición al rigor periodístico o una parodia frívola hacia un episodio crítico de nuestra democracia.

El mockumentary, aunque a algunos les cueste admitirlo, consiguió engañar a muchos espectadores entre los que me incluyo, aunque sólo fuera durante sus primeros minutos. A medida que el programa avanzaba se empezaron a descubrir algunos detalles grotescos, quizás innecesarios, que sembraron la duda. Sin embargo, muchos espectadores se creyeron el relato hasta el final, cuando la voz del narrador anunció que esa era tan sólo una de las versiones que se podían elucubrar de los hechos del 23-F, criticando que los documentos del juicio no puedan consultarse 33 años después.

En cincuenta minutos de emisión, Évole despertó tantos fantasmas y metió el dedo en tantas llagas que cuesta enumerar los debates que sería capaz de abrir Operación Palace si se les diera la merecida oportunidad: sobre la manipulación informativa y el papel del periodismo en la construcción de un relato, sobre cómo nos sumamos de forma acrítica a un alud de información no contrastada, sobre los límites del humor y los tabúes de nuestra sociedad e incluso sobre qué pasó realmente el 23-F y qué papel jugó la monarquía entonces. Y hablo en condicional porque probablemente la cuestión al formato en si mismo y su encaje en el rigor que esperamos de un periodista acabe por engullir cualquier otro debate posible. Va a ser una lástima que una vez más nos fijemos en el dedo y no en la dirección que nos señala.

Distingo tres posiciones bastante diferenciadas entre los que critican Operación Palace. En primer lugar están los que critican el programa por haberse saltado ciertos límites supuestamente infranqueables del periodismo, rompiendo el contrato de confianza entre el periodista y el espectador. Es evidente que todo el interés del falso documental reside en la trampa de no desenmascarar el engaño hasta el final, pero de aquí a acusar a Évole de mentir a la audiencia hay un trecho. El uso de la ficción no implica voluntad de mentir a nadie. Cualquiera que se dedique al oficio del periodismo conoce sobradamente la imposibilidad de informar siempre desde el paradigma sagrado de la objetividad. La realidad es poliédrica y por mucho que la información sea tratada con mimo y con la más honesta de las intenciones, nunca es completamente objetiva.

Sin embargo, el periodismo siempre se esmera en adoptar fórmulas y formatos bastante neutros, políticamente correctos y en definitiva bastante descafeinados para plasmar la realidad, siempre en aras de transmitir confianza gracias a una aparente objetividad. Esto nos garantiza que no lleguen a nosotros las grandes mentiras, pero probablemente tampoco deja margen para las grandes verdades. Ante un panorama tan poco flexible, tan homogéneo y – por qué no decirlo – tan aburrido, yo agradezco la voluntad de Évole de jugar con la información para hacerme llegar a reflexiones a las que jamás hubiera llegado con una exposición más o menos objetiva de los hechos. Como dice el periodista y dramaturgo Guillem Clua en su último artículo, hoy en día la ficción parece ser incluso más efectiva que los informativos para acercarnos a ciertas realidades.

También hay muchas personas que critican Operación Palace por desarrollar una ficción alrededor del golpe del 23-F, removiendo el dolor y el miedo de aquellos muchos espectadores que vivieron los hechos en primera persona. Desde el poco crédito que pueda merecer alguien que en el año 1981 era poco más que un proyecto, creo que es necesario rascar en este y en otros tabús de nuestra historia. Han pasado ya 33 años y deberíamos tener la madurez suficiente para cuestionarnos, ahondar e incluso ironizar sobre un tema siempre envuelto en sombras y sospechas. Y si hay miedo y dolor en hacerlo, se revela aún más necesario que se agite y se haga tambalear una versión oficial que no convence a casi nadie pero que hoy en día aún sustenta y legitima la democracia en la que nos dicen que vivimos.

En tercer lugar, hay quien critica el falso documental argumentando que no consigue cuestionar este relato oficial sino justo lo contrario, afianzarlo. Este punto es más delicado. Si bien podría parecer que con Operación Palace se desautorizan todas las versiones alternativas que se han barajado sobre los hechos del 23-F, tengo la sensación de que durante las próximas semanas y gracias al formato de Évole se va a hablar más que nunca sobre qué ocurrió realmente ese día en el Congreso de los Diputados y, sobretodo, cual fue la verdadera implicación del rey en todo aquello. No me pareció en absoluto que se parodiaran las versiones alternativas, más bien se puso de manifiesto que todas esas sospechas son inevitables ante el hermetismo y la falta de transparencia en cuanto a la documentación relativa a ese episodio.

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Fuera la clasificación de los documentos del 23-F la causa o tan sólo una excusa para el mockumentary, Jordi Évole logró con este especial poner en evidencia lo cándidos que somos como espectadores y lo lejos que se puede llegar en la construcción del relato de la verdad. Évole no se ha limitado a advertir que recibimos información manipulada, algo que prácticamente todos sabemos, sino que se ha propuesto vacunarnos contra ella con una pequeña dosis de ficción desacomplejada y sólidamente fundamentada.

“¿Puede una mentida explicar una verdad?”, cuestionaban las promos del programa. Quizás la pregunta clave es si lo que este domingo vimos en la Sexta era una mentira camuflada de verdad o bien algunas verdades que sólo se podían emitir por televisión disfrazadas de mentira.