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Las políticas de izquierdas

La desfiguración de Hollande

Carlos Carnicero Urabayen

El viraje económico y social del presidente francés es preocupante en un momento de auge del populismo

No hay mejor forma de recordar las expectativas que despertó François Hollande en la izquierda europea que evocando los temores que provocó en los círculos liberales y financieros. Cuando solo era candidato, la revista británica The Economist le dedicó una portada en la que aparecía detrás de la bandera de Francia bajo el título El ciertamente peligroso señor Hollande. Era la época en la que prometió un giro en la política de austeridad y un contrapeso a la Europa alemana, así como una política desacomplejadamente socialista en casa. En menos de dos años, no queda rastro de aquello.

HA EMPRENDIDO un viraje económico para recortar el gasto público y bajar algunos impuestos a las empresas bajo lo que ha llamado «pacto de responsabilidad» con la patronal. Su plan para reducir el déficit público según los objetivos de la UE incluye un recorte del gasto público de 50.000 millones de euros entre el 2015 y el 2017, que sigue al anunciado por igual importe para este año. Se desconocen los detalles de los recortes, pero es seguro que seguirán la senda de los de otros países europeos. Será difícil que el Estado del bienestar no resulte indemne.

El giro de Hollande ha provocado una importante contestación en el ala izquierda del Partido Socialista francés. En un manifiesto entre cuyos firmantes se encuentran los exministros Henri Emmanuelli y Marie-Noëlle Lienemann se proclama que «no hay una sola política posible» y se recuerdan al presidente sus promesas electorales. Más rotundo ha sido el economista Paul Krugman, que ha sentenciado: «Sí, unos conservadores insensibles y obcecados han estado dirigiendo la política europea, pero se han visto incitados por los políticos atolondrados y sin carácter de la izquierda moderada».

Más sorprendente ha sido la transmutación de Hollande en los derechos sociales, un campo en el que la socialdemocracia europea se siente más cómoda que en el económico. Tras presentar un ambicioso proyecto de ley de familia que hubiera permitido la procreación médica asistida incluida para parejas lesbianas, el Gobierno ha aplazado indefinidamente su tramitación tras la fuerte presión de la extrema derecha y los sectores ultracatólicos. Estos titubeos, sumados al giro económico, han hundido la popularidad de Hollande al récord del 19%.

La desfiguración de Hollande es especialmente preocupante en un momento en el que el populismo de extrema derecha no solo está en ascenso en Europa sino que empieza a condicionar la agenda política hasta el punto de cuestionar pilares del proyecto europeo como la libre circulación de personas. Francia es el epicentro de la partida que los demócratas europeístas libran contra los eurófobos. Uno de cada tres ciudadanos apoya las ideas del Frente Nacional de Marine Le Pen, cuya popularidad supera la de Hollande y que es probable que obtenga buenos resultados en las elecciones municipales y puede que gane las europeas. En lugar de hacer pedagogía democrática y combatir los falsos mitos de las invasoras olas migratorias de búlgaros y rumanos (en España hay más de un millón y en Francia no llegan a 91.000), Hollande cede espacio a Manuel Valls, su ministro del Interior, que se hizo famoso con la expulsión de Leonarda, una niña kosovar de etnia romaní, mientras se encontraba en una visita escolar.

La frustración ante la evaporación de los sueños utópicos tiene precedentes en la familia socialista francesa. Las expectativas que generó la llegada al poder, en 1981, de François Mitterrand son perfectamente imaginables, porque la  izquierda no había gobernado desde 1956. Acompañado de cuatro ministros comunistas, Mitterrand emprendió, en palabras de Tony Judt, un «fantasmagórico programa anticapitalista» que incluyó la nacionalización de 36 bancos y cinco corporaciones industriales. Sin embargo, en 1984 ya no quedaban ministros comunistas, los conservadores ganaron las elecciones en 1986 y al final de la década los bancos volvieron a manos privadas.

¿NO TUVO en cuenta el candidato Hollande la experiencia de Mitterrand? ¿No debió ser más prudente? Curiosamente, en una conversación con el filósofo francés Edgar MorinHollande admitió en campaña: «La izquierda europea de los 80 quedó atrapada en una construcción europea concebida más como un gran mercado que como un proyecto. La izquierda ha corregido ahora esos errores; ha corregido el tiro». El fracaso de Hollande en Francia en llevar a cabo una política alternativa progresista para la salida de la crisis deja en el aire una pregunta de inquietante respuesta para la socialdemocracia europea: ¿permite esta Europa llevar a cabo una política alejada de la ortodoxia económica?

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