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IDEAS

Sobre qué

Jaume Subirana

En el mundo de las letras en general, y en el sector editorial en particular, también se vive entre portazos, corrientes de aire, menús cada vez más lacónicos y sopas con más Maizena, y la sensación de que te hacen levantar los pies mientras pasan la escoba y van recogiendo, de que alguien carraspea como invitándonos a marchar... Vamos haciendo lista de librerías que cierran, el  Grup 62 anuncia los cambios que lo integran ya del todo en Planeta, acabamos de saber que cierra Edi.Cat, pioneros del libro digital en catalán, y cinco años de recortes y retrasos en las ayudas y de reducción sostenida de las ventas de libros se han llevado por delante adelantos, encargos y tarifas más o menos dignas...

En momentos como estos, ahora que nos recuerdan que tenemos que recordar a Joan Vinyoli algunos que no lo leían cuando Xavier Folch lo editaba, yo creo que sería bueno evocar en qué circunstancias personales, editoriales, políticas, incluso económicas si quieren, escribieron y publicaron sus libros (no solo los primeros) Salvat-Papasseit, Carner, Riba, Calders, Foix, Bonet, Brossa, la Rodoreda de antes de La plaça del Diamant, el Moncada de antes de Camí de sirga.

Hace 2.000 años el gran Horacio escribía convencido de la perennidad de propia obra, más duradera que el bronce (Exegi monumentum aere perennius), pero ya en el Renacimiento Petrarca se lamenta porque tiene la impresión de que los versos los haya escrito en el viento (la imagen no es de Dylan). Con el Romanticismo, John Keats elegirá el famoso epitafio que habla de alguien cuyo nombre fue escrito en el agua; Jacint Verdaguer en Vora la mar se pregunta «per què escriure més versos en l'arena?» y quiere hacerlo con estrellas y, ahora hace unos años, Narcís Comadira replicaba diciendo que él escribe sobre gasolina... Aire, agua, arena, gasolina; si lo que escribimos ya es siempre temporal, y efímero, ¿qué tenemos que decir de aquello sobre lo que escribimos? Tanto si nos referimos a los temas como si hablamos de soportes, vivimos y escribimos (siempre ha sido así) entre portazos.

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