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Pequeño observatorio

El paisaje de las tiendas antiguas

Josep Maria Espinàs

Barcelona está sufriendo un proceso de pérdida de identidad comercial. La última noticia es el cierre del colmado Quílez , en el cruce de Aragó con la rambla de Catalunya. Un gran colmado, que hacía honor al nombre castellano porque siempre ha estado lleno, a rebosar, de una gran diversidad de productos, desde los que son de uso más corriente hasta productos de importación de calidad. Alguna vez que me han invitado a alguna casa, he ido a Quílez a elegir algún vino o algún champán francés que fuera digno.

Pero sobre todo he conocido Quílez por sus escaparates, tan apretados y ordenados que me atrevo a calificarlos de singular paisaje urbano. Dicen que esto desaparece, la gran tienda, tan antigua como actual, ahora cierra. No conozco a los dueños ni conozco las explicaciones del cierre, pero sospecho que ha sido víctima de la internacionalización del paseo de Gràcia y de la rambla de Catalunya. La aparición de tiendas con marcas internacionales en este sector ha hecho que los alquileres tradicionales de los establecimientos trepen prodigiosamente. Muchos negocios no pueden resistir la competencia.

Yo no sé si durará mucho, y si aún crecerá más, la invasión del paseo central de la Barcelona moderna por las tiendas de marca universal. Este fenómeno es, desde cierto punto de vista, un gran éxito a la europea. Visto de otra manera, se produce una estandarización general a la que Barcelona se incorpora.

Quizá era inevitable. Si Barcelona atrae por Gaudí, por la Sagrada Família, también debe atraer, parece, por las marcas de éxito en todo el mundo. Es la Barcelona que se está convirtiendo en una indiscutible capital europea.

No soy un pasadista, celebro el éxito y admito como un hecho inevitable la evolución. Pero lo de Quílez... Una tienda tan notable también puede ser respetada como un monumento. No todos tienen que ser de piedra.

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