El ejemplo de Gamonal

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Lo que ha pasado en el barrio burgalés de Gamonal no es un atentado terrorista, por mucho que lo diga la relaxing alcaldesa de Madrid. No es una rendición de la democracia ante la violencia, por mucho que lo argumenten quienes no ven más allá de su nariz. No es vandalismo ni gamberrismo ni un «aquelarre vecinal», como ha asegurado en su editorial uno de los periódicos de Burgos, El Correo, propiedad de un imputado en el caso Gürtel por corrupción. No es tampoco una victoria de la «santa inquisición autoproclamada progre», como publica el Diario de Burgos, propiedad de otro constructor, Méndez Pozo, condenado a cárcel en los 90 por corrupción y director de obra del famoso bulevar.

Lo que ha pasado en Gamonal es la demostración de que los vecinos siempre ganan cuando están unidos y tienen razón. Es otra prueba de que se puede, como ya demostró la PAH contra los desahucios o la marea blanca contra la privatización de la sanidad. Es otro ejemplo de que la manipulación informativa hoy no cuela como antes; de que hasta en la vetusta Burgos la libertad de expresión ha dejado de ser un monopolio en manos de aquellos que pueden pagar una imprenta. Hoy internet y las redes sociales permiten que llegue la información a lugares donde hasta ahora mandaba el silencio, la censura y la omertà.

No es la violencia

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Gracias a Gamonal, muchos ciudadanos han dicho que basta ya. En una semana, el alcalde ha pasado de mandar las excavadoras y los antidisturbios a su rendición incondicional. Habrá quien crea que ha sido por la violencia, y no es verdad: los episodios violentos fueron muy espectaculares en televisión, pero anecdóticos. Los vecinos empezaron por el bulevar y quieren seguir limpiando su ciudad, constituidos en un movimiento contra la corrupción. Tienen tarea. El Ayuntamiento de Burgos está casi arruinado, con una deuda por habitante superior incluso a la de Madrid. Durante décadas fue la capital de provincia -solo por detrás de Madrid, Barcelona y San Sebastián- con la vivienda más cara de España, a pesar de que está en mitad de una meseta, sin límites orográficos y sin apenas aumentar su población. La fiesta terminó, y la factura la pagan los de siempre, aquellos que no la pudieron disfrutar.

La historia de Burgos, con sus señores del ladrillo y sus dóciles alcaldes y medios de comunicación, es calcada a la de muchos otros lugares del país, de esos donde nunca pasa nada, hasta que pasa. Dice la vicepresidenta que el Gobierno no teme a las protestas porque los datos macroeconómicos van mejor. Olvida algo: donde más bajó la prima de riesgo y más subió la bolsa en el 2013 no fue en España sino en Grecia, ese modelo de país.