APUNTE

3
Se lee en minutos

La noticia de la muerte prematura de Germán Coppini pasó por la Nochebuena como la voz en off del narrador de una versión increíble de Cuentos de Navidad. Cena recalentada. Barroca, delicada y rara, la voz de Coppini, santo y seña del laboratorio poético de la movida, ha cruzado durante años los páramos más recónditos, y a menudo más crueles, del pop español después de protagonizar un capítulo muy singular de aquellos años exagerados de creatividad y jolgorio, años de abundancia y de separar mucho trigo de muchísima cizaña. Coppini escribió sus mejores versos en Golpes Bajos, banda de culto por muchas razones, dos quizás inapelables: la excelente cosecha de temas que produjo y su corta vida, apenas tres años de existencia y ninguna amenaza de retorno.

Paralelo a la muerte, sea o no inesperada, se dispara siempre un juego de bengalas que procuran poner las cosas en su sitio, aclarar en su justo término las leyendas urbanas o desmentir todo aquello que el difunto no rechazó en vida. Coppini no fue polémico -quizás unas cuentas letras en Siniestro Total- porque no fue mayoritario, y si fue mencionado en el libro de los reyes lo fue por la persistencia de una crítica exigente y honesta, que evidentemente ha sobrevivido a la época. En  la mansurronería y la estrechez de miras de los fanzines y de los perdonavidas que habitaron el jardín de las delicias de los años 80, Coppini fue un asunto colateral a la movida, un especímen fruto de lo inabarcable de la eclosión, demasiado exquisito para la ocasión. Jamás, ni siquiera en los últimos años, reivindicó para sí la condición de músico, aunque sí su inquietud por la adaptación a diferentes medios de su negocio, técnicos y vitales, y a la investigación de sonidos y su aplicación a la poesía que compuso en estos 30 años, desgraciadamente escasa, tan singular como poco académica. Siempre he tenido la sensación de que Germán Coppini fue mucho más de lo que hicimos de él, e incluso de lo que él hizo consigo mismo.

Noticias relacionadas

Respecto al Coppini que se le escapa a sí mismo, al de los seguidores de Golpes Bajos, siempre inasequibles a cualquier cosa, también hay que escribir algo para dar solvencia al recuerdo. Hubo momentos en aquel ecuador inenarrable de los años 80 en que separábamos los bares por su música. Para quienes la movida nos tocó en provincias, el discernimiento era quizás más fácil, pese al octanaje cervecero habitual de la época. Creo rememorar que las opciones, aunque diversas y numerosas, solían reducirse a los amantes del heavy spanish y asociados, entonces muy potente (Baron Rojo, Barricada, Leño, Asfalto…), los del pop argentino (Tequila y algún solista interesante), la movida ñoña (un sinfín de grupos en torno a Hombres G y demás mantecados), la movida, movida (desde Alaska a Parálisis Permanente, pasando por todo lo habido y por haber), los pijos forofos de Mecano y, en fin, la movida extraña (Golpes Bajos, La Mode, las rarezas de Nacha Pop y algo de los Caligari). Las pocas referencias ajenas a Madrid eran una serie de grupos nacidos en el entorno de Siniestro Total y Golpes Bajos. La movida de la ría de Vigo, invitados de honor a las fiestas de Rock-Ola y Sol.

Entre aquella lluvia copiosa y maravillosa de unos años inolvidables para quienes hoy tenemos la edad de Coppini, su voz perdida entre los mundos de los hermanos Grimm y las cocinas de las fiestas, suena ahora por encima de los mazapanes, como una aparición del fantasma de la Navidad de los tiempos del vinilo. Pobre Till.