Guerra sin testigos

El infierno del periodismo

Siria se ha convertido en el país más peligroso para los reporteros, sobre los que pesa orden de caza y captura

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A la catástrofe humana que vive Siria -más de 115.000 muertos y 2,5 millones de refugiados- se añade ahora el bloqueo informativo. Sin noticias, la realidad deja de existir; no hay víctimas ni verdugos, solo un lejano ruido de fondo. Sin noticias pierden los civiles, los que todos proclaman defender. Desde septiembre hay orden de caza y captura de periodistas. Al menos 30 reporteros, 16 de ellos extranjeros, se encuentran en paradero desconocido desde hace semanas o meses, en manos de grupos yihadistas o del régimen de Bashar el Asad, según informa el Comité para la Protección de Periodistas (CPJ en sus siglas en inglés).

El riesgo es mayor para los informadores locales. Nadie pregunta por un sirio. Son asesinados bajo otro tipo de silencio por facciones armadas o mueren en combates y bombardeos. El 20 de diciembre perdió la vida en Alepo Molhem Barakat, fotógrafo que trabajaba para la agencia Reuters. Le sacó del anonimato su edad: 18 años, y la posibilidad del titular "Muere el periodista más joven". Entre los 16 extranjeros secuestrados hay tres españoles: Javier Espinosa, de 'El Mundo', Ricard García Vilanova, 'freelance', y Marc Marginedas, de EL PERIÓDICO.

El año no ha sido bueno para los civiles sirios ni para los periodistas que tratan de dar visibilidad a su tragedia. Siria es una 'No go zone' en el argot de los enviados especiales. Recuerda Irak en el 2003, cuando los grupos insurgentes opuestos a la invasión estadounidense declararon espías a los periodistas extranjeros. Fue un cambio dramático de guion. Hasta entonces, la parte débil desde el punto de vista militar buscaba la presencia de esos periodistas. Sucedió en Sarajevo entre 1992 y 1995. El Gobierno bosnio los necesitaba para informar al mundo de los horrores del cerco, del salvajismo de los sitiadores. Esa presencia fastidiosa y constante de pésimas noticias salvó a la ciudad. Ningún líder occidental pudo decir: "No lo sabía".

Escudos humanos

Los insurgentes iraquís se beneficiaron de internet y las nuevas tecnologías. Ya no necesitaban ayuda exterior, disponían de sus webs islamistas y las televisiones árabes por satélite para difundir sus informaciones y su propaganda.

Una parte de los yihadistas extranjeros que se hicieron fuertes en Faluya (al oeste de Bagdad) hasta que fueron expulsados por los marines en noviembre del 2004 luchan hoy en Siria bajo las siglas del Estado Islámico de Irak y Levante (ISIS). Tienen experiencia en Afganistán y Argelia. Son yihadistas globales.

Reporteros Sin Fronteras (RSF) reconoce dudas sobre la estrategia a seguir en el caso de los secuestros. «Hemos creado un gabinete de reflexión y vamos a montar un comité de apoyo. Pero no sabemos aún qué es lo más adecuado. Demasiada visibilidad, demasiado ruido, puede que no sea el mejor camino con este tipo de grupos armados», asegura un portavoz por teléfono. RSF cree que esta situación se asemeja a la de Somalia, otro país muy peligroso para los informadores, locales y extranjeros, y a Irak entre el 2003 y 2007, «aunque en Irak mataban periodistas, que es mucho peor».

Es difícil saber por qué Al Qaeda emitió en septiembre una fatua (edicto religioso) que ordena capturar a periodistas extranjeros en Siria. La situación internacional de aquellos primeros días permite algunas hipótesis. El presidente de EEUU, Barack Obama, tenía que dar una respuesta contundente al ataque químico del 21 agosto en las proximidades de Damasco en el que las pruebas señalaban al régimen de Asad. Murieron 1.400 civiles, según la ONU. Obama se hallaba enredado en sus palabras, cuando dijo que un ataque de esas características era una raya roja. Un bombardeo más o menos quirúrgico sobre los depósitos químicos de Asad era la principal opción. Rusia, gran valedor del régimen, buscaba desesperadamente una salida diplomática para no debilitar aún más su posición militar.

Los grupos yihadistas del Frente al Nusra y el ISIS, ambos dependientes de Al Qaeda aunque rivales entre sí por cuestiones organizativas, concluyeron que el Pentágono aprovecharía el bombardeo para atacarles también y favorecer al Ejército Libre Sirio (FSA en sus siglas en inglés), un grupo más moderado al que Occidente armó de manera insuficiente en los últimos meses. En este escenario, los reporteros extranjeros serían escudos humanos preventivos.

Una docena de importantes organizaciones periodísticas internacionales ha realizado un llamamiento a los grupos rebeldes para que liberen a todos los periodistas capturados. El Consejo Militar Supremo, del que depende el FSA, se ha comprometido a lograr esa liberación. Los últimos secuestros se han producido en áreas próximas a Alepo, Idlib y Raqqa, zonas controladas por el Estado Islámico de Irak y Levante, el más radical de todos los que operan en Siria. La declaración del Consejo choca con la realidad en el terreno: Espinosa y García Vilanova fueron capturados mientras viajaban protegidos por miembros del FSA, que también fueron secuestrados y liberados 14 días después.

La situación militar es tan cambiante que EEUU ya no contempla el bombardeo a Asad porque no sabe a quién debe bombardear, qué facción favorece sus intereses. Además de los antes mencionados, en los últimos meses ha crecido en tropas, medios y poderío armado un grupo llamado Ahrar al Sham (los Hombres Libres de Siria). Son salafistas (no obedecen a Al Qaeda pero quieren un Estado islámico). Cuentan con el apoyo económico de Kuwait y Catar. Han superado en importancia al FSA y al Frente al Nusra, debilitado por sus querellas con el ISIS. La principal de ellas es negarse a la fusión con el ISIS, como exige Aymán al Zawahiri, jefe de Al Qaeda.

Ahrar al Sham tiene una estrategia inteligente. Además de combatir a Asad, ayudan a la población civil, mejoran las infraestructuras, mantienen hospitales. Están lejos de los moderados apoyados por Occidente y de los simpatizantes de Al Qaeda.

Entre las personas que se hallan en riesgo, además de los civiles y los periodistas, están los activistas de derechos humanos, los que propugnan una salida democrática al régimen y las mujeres que destacan en la lucha. Para las ONG tampoco es un lugar seguro. Son sospechosas para todos los bandos.

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Un ejemplo de esto el es el caso del cirujano británico Abbas Khan, quien marchó voluntario a Siria para ayudar a los heridos y acabó prisionero de la maquinaria represora del régimen. Damasco sostiene que se suicidó en su celda hace unos días. Nadie cree a un régimen manchado de sangre. Se cree que en esas mismas manos está el periodista estadounidense Jim Foley, desaparecido hace más de un año.

Después de 115.000 muertos, 2,5 millones de refugiados, cientos de miles de heridos y millones de pequeñas historias sin contar, de voces silenciadas por la barbarie, Siria vuelve a ser el paradigma de la incapacidad occidental de resolver conflictos, de paliar injusticias. Nada queda de las primaveras árabes, de aquellos días de esperanza e ilusión desbordada. Para ser conscientes de lo que sucede lejos de nuestro mundo más o menos confortable, para denunciar y señalar a los hijos de puta que asesinan civiles necesitamos a periodistas locos y valientes como Javier, Ricard y Marc y necesitamos medios locos y valientes que crean en el periodismo por encima de la cuenta de resultados.