24 sep 2020

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El proceso soberanista

¿Camino sin retorno?

Javier Pérez Royo

Cada vez es mayor la distancia entre el sistema político español y el subsistema político catalán

Como es bien sabido, la integración política de Catalunya en España ha pasado por momentos difíciles en varias ocasiones. A mediados del siglo XVII, en la primera gran crisis de la Monarquía española, la rebelión de Catalunya condujo nada menos que a la independencia de España. Por un periodo muy breve, pero a la independencia. En los primeros años del siglo XVIII, la guerra de Sucesión acabó con las instituciones propias de gobierno de Catalunya. En los años 30 y 40 del siglo XIX, en el momento en que se inicia la construcción del Estado constitucional en España, Catalunya ocupa un lugar destacado en las guerras carlistas y durante la regencia de Espartero. Vuelve a ocuparlo durante el Sexenio Revolucionario, así como a comienzos del siglo XX, cuando se inicia un proceso de crisis del sistema político de la Restauración, que se prolongará hasta la proclamación de la República. Bajo esta última, el conflicto de 1934 alcanzará un nivel de los que pueden calificarse de crisis de Estado.

Quiere decirse, pues, que la crisis por la que está pasando la relación de Catalunya con España en este comienzo del siglo XXI no es la primera. Crisis las ha habido con la Monarquía preconstitucional, tanto de los Austrias como de los Borbones, con la Monarquía constitucional y con la República democrática. Ninguna de las fórmulas de gobierno que hemos ensayado en la edad moderna y contemporánea ha conseguido dar una respuesta estable y pacífica a la relación de Catalunya con España o de España con Catalunya. El conocimiento de nuestra historia nos debía haber preparado para anticipar que lo que está pasando ahora podía pasar y para haber hecho lo posible para que no pasara. Pero no ha sido así.

La singularidad del conflicto actual deriva de que es la primera vez que se produce en democracia. En todas las ocasiones anteriores, el conflicto se ha producido entre sociedades no constituidas democráticamente. Incluso el de 1934 se puede considerar así. El de hoy es el primer conflicto que se produce entre una España y una Catalunya democráticamente constituidas y normalizadas, con una praxis democrática de más de 30 años.

El reto con el que nos estamos enfrentando es, pues, de dimensiones gigantescas. Es un reto con siglos de historia detrás, que se resume en el siguiente interrogante: ¿serán capaces la España y la Catalunya democráticas de resolver el problema de su relación recíproca y su integración en un Estado común o, por el contrario, fracasarán como ha ocurrido en la historia predemocrática de ambas sociedades?

La forma en que se está expresando el conflicto no invita a ser optimista. Estamos instalados en él desde el 2005, con diversas fases de intensidad en su forma de manifestación, y en ningún momento ha sido posible entablar un diálogo que pudiera conducir a un acuerdo. No fue posible durante el largo proceso de tramitación de la reforma del Estatut de autonomía en el Parlament de Catalunya y en las Cortes Generales. Tampoco lo fue durante los casi cuatro años en que el recurso interpuesto por el PP ante el Tribunal Constitucional estuvo en las manos de este antes de resolverlo. Y todavía menos lo ha sido tras la sentencia 37/2010.

Cada vez es mayor la distancia entre el sistema político español y el subsistema político catalán. Desde 1977 hasta el 2010 ha habido homogeneidad entre la expresión electoral de España y de Catalunya. No era exactamente el mismo el sistema de partidos de Catalunya y de España, pero era reconocible el uno en el otro. Desde el 2010 ha dejado de ser así. La presencia electoral de España en Catalunya se ha reducido de manera muy importante y muestra incluso una tendencia a la marginalidad. La velocidad de la tendencia parece ir en aumento.

No ha habido diálogo entre Catalunya y España desde hace casi diez años, a pesar de que, desde el 2004 hasta el 2010, los protagonistas del diálogo que hubiera sido posible pertenecían a los mismos partidos que habían dialogado ininterrumpidamente desde el comienzo de la transición, es decir, desde antes de la aprobación de la Constitución. Si el diálogo no ha sido posible cuando los protagonistas del mismo pertenecían a partidos que habían construido conjuntamente la democracia en España y en Catalunya y no podían no compartir la sensación que estaban en el mismo barco, ¿qué no puede ocurrir en un momento como este, en el que quienes tienen que entablar el diálogo no tienen esa sensación?

Me gustaría equivocarme, pero me temo que estamos entrando en un camino sin retorno.