Director de Justicia Global y Cooperación Internacional del Ayuntamiento de BCN.
DAVID LLISTAR
¿Se puede compensar la destrucción de la naturaleza?
Dicen los científico/as que asistimos a la sexta gran extinción. Al igual que con el cambio climático, también la pérdida de riqueza biológica en forma de hábitats, ecosistemas, especies y genes, que Edward O.Wilson acuñó con la palabra biodiversidad en la década de los 80, tiene su causa principal en el tipo de metabolismo de nuestra sociedad. ¿Cuál es el debate actual? Algunos siguen creyendo que la naturaleza se conserva mejor en manos privadas que en manos estatales o comunales. Ante los problemas de las administraciones para frenar la paulatina destrucción de hábitats, ecosistemas y especies, ellos consideran que la solución debiera consistir en dos procesos concatenados. Primero, en un avance de la privatización de los bosques, las marismas, las islas, los ríos, las abejas, etc por aquella máxima popular de que si no es tuyo no lo cuidas. Ese marco conceptual se activa muy fácilmente en nuestro cerebro. Segundo, por mercantilizar y comercializar la naturaleza. Por ende, por la previa asignación de precios monetarios a cualquier elemento de esa biodiversidad. Cada "recurso natural" de uso humano llevaría un precio como los que describen las etiquetas en un supermercado. Por ejemplo, ¿cuánto costaría anular el Estany de Banyoles, o construir un puerto privado de lujo en alguna playa? Dicho precio tendría, según ellos, un claro significado razonable: la importancia de los servicios que aporta esa naturaleza a la economía. Para esa forma de entender la economía (capitalista) la Naturaleza se reducirá a mero Capital Natural, una riqueza de origen natural transable, yo te vendo tú me compras, asimilable al resto de capitales, y cuyo valor es definido por el mercado.
El pasado 21-22 de noviembre los partidarios de esta visión de la naturaleza, solemnizaron en Edimburgo el primer Fórum Mundial sobre Capital Natural. Encuentro que reunió a bancos como RBS, empresas como la minera Rio Tinto, funcionarios de distintos gobiernos, consultings como KPMG y grandes organizaciones conservacionistas como Nature Conservancy, ávidos de pulir una narrativa común todavía muy poco compacta y articular un grupo de interés transnacional que expanda el capitalismo financiero hacia la nueva frontera verde de la vida y la naturaleza mientras, dicen, tratan de conservarla. Estoy seguro de que una parte de los asistentes también creyeron que la vía del capital natural era la mejor manera de frenar la destrucción de la biodiversidad. Como también muchos otros verían sencillamente una nueva tendencia de negocio, incluso un modo de marketing verde.
Sin embargo, los asistentes a ese primer fórum procedentes de todo el mundo, pagaron 700 libras esterlinas, celebraron su pequeño Davos verde y se encontraron en la entrada con las acciones y los panfletos de otra red distinta de ambientalistas. Concentrados en la ciudad de los fantasmas para visibilizar su oposición a la mercantilización de la biodiversidad utilizando lemas como "La Naturaleza no está en venta", redes de justicia ambiental europeas como Counterbalance, académicos y activistas buscaron alertar a la opinión pública sobre los peligros de ese viaje. Se reunieron y debatieron en torno a lo que llamaron Foro Mundial sobre los Bienes Comunes, y su postura ha sido resumida en la declaración No a la Compensación de la Biodiversidad. En ella se señala quiénes serían realmente los beneficiados y los perjudicados en un esquema de compensación de biodiversidad. Promotores immobiliarios, bancos, constructoras, gobiernos afines, ONG conservacionistas estarían en el primer grupo; y pequeños agricultores, indígenas, las futuras generaciones y la propia naturaleza, especialmente en ecoregiones tropicales en el segundo. Afirman que a menudo no resulta viable reconstruir en otro lugar un complejo biótopo que decida destruirse. Además toman nota de lo que ha sucedido en otros mercados de la naturaleza, como el de carbono, donde no se han recogido resultados nada halagüeños sobre el efecto neto en la reducción de emisiones. Más bien ha sucedido todo lo contrario.
En definitiva, se trata de un fuerte debate a escala platenaria entre visiones e intereses antagónicos que requiere una profunda atención. Como de costumbre en el Estado español, el Gobierno del Partido Popular pasa su rodillo por el Congreso y aprobará durante estos días la creación del llamado Banco de Conservación de la Naturaleza sin apenas debate público. Lo hará dentro de la polémica Ley de Evaluación Ambiental, y consistirá en que el Gobierno otorgará créditos a aquellos "bancos (instituciones) que representan valores naturales creados o mejorados específicamente". Estos bancos podrán vender esos créditos a aquellas empresas que les resulte rentable ejecutar un proyecto que implique destruir la naturaleza aun pagando esos créditos de biodiversidad al supuesto banco. Créditos con los que se especulará en los mercados financieros. Por simple analogía con el resto de mercados financieros: la búsqueda de lucro financiero en ese campo, en la medida que la presión urbanística y de infrastructuras aumenten, conducirá a una mayor inversión y crecimiento en capital natural (aunque la biodiversidad vaya desapareciendo). Lo cual significa, mayor compra-venta de créditos, luego más destrucción y restauración artificial. ¿Tiene eso sentido?
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