Los cambios del gigante asiático

China, el río y las piedras

Los grandes grupos de presión del país recelan de las nuevas reformas aperturistas aprobadas por el PCCh

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La historia de China se puede construir a partir de las máximas, bellas y enjundiosas expresiones que condensan con una precisión apabullante los más intrincados problemas de la existencia en sus diversas manifestaciones. Se ha hablado largo y tendido del gato blanco, gato negro de Deng Xiaoping. Metáfora del mercado, estos días el gato, negro o blanco pero chino en todo caso, rebosará de felicidad ante el banquete que le espera con el anuncio de que a partir de ahora será «decisivo», y no «fundamental» ni «básico», en esa progresión incremental que lo ha consagrado en el Olimpo de la ciencia económica china.

Con todo, debo manifestar mi simpatía por otra expresión que en estos días ha recuperado protagonismo: «Cruzar el río sintiendo cada piedra bajo los pies». Así se describe desde sus inicios (1978) el proceso de reforma china, basado en una experimentación constante, aquí y allá, analizando los pros y los contras, antes de su descarte o generalización. Así se explica la creación de esa nueva zona de libre comercio en Shanghái donde se experimentará la reforma financiera y la internacionalización del yuan antes de extenderse a mayor escala. China es un país grande, demográfica y territorialmente, y eso facilita algunas cosas, pero influye en ello también una cultura que enaltece la investigación y el estudio, no como retórica sino como precondición de cualquier avance. Que medio país esté ahora analizando sesudamente las nuevas medidas no es ajeno a esa tradición milenaria.

El Partido Comunista de China (PCCh) se presentó la última semana con los deberes hechos, anticipando toda una serie de medidas que pretenden dar un nuevo impulso a la reforma, tanto en la economía, sobre todo, como en otros campos, equilibrando una vez más las opciones entre lo necesario y lo posible. El denominador común sugiere soslayar el estancamiento y encarar con decisión medidas que no serán fáciles de realizar, pues encontrarán resistencias de diverso tipo. Los esfuerzos desplegados hasta ahora para que el consumo gane entidad en el crecimiento no han resultado satisfactorios. En el tercer trimestre de este año, con una mejora del PIB del 7,8%, la demanda interna solo supone un 0,8% frente al 4,3% de la inversión. Pero para que el consumo despegue no queda otro remedio que aumentar ingresos y ceder derechos. Los salarios en China crecen a una media anual superior al 10%.

La mayor parte de las medidas anunciadas son financieras, económicas, industriales y sociales, y deben contribuir a modernizar el país, a impulsar la urbanización y mejorar la calidad de vida. Algunas de ellas, no obstante, tienen también implicaciones de alcance político, pues afectan a las relaciones entre el poder y la sociedad civil y los medios de comunicación, las grandes empresas públicas y los bancos, los feudos locales, clanes y oligarquías diversas, incluyendo el nervio neurálgico del derecho a la propiedad, reconocido constitucionalmente hace casi una década pero que excluye la tierra, lo que es motivo de controversia y está en el origen de parte de la inestabilidad que se vive en el medio rural, donde aún reside casi la mitad de la población del país.

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El programa de cambios adoptado revela el nivel de consenso existente en algunos temas y las dificultades persistentes en otros, no solo producto de las diferentes sensibilidades en el seno del PCCh sino también en la propia sociedad. La siempre reivindicada supresión del hukou, el registro urbano obligatorio, sin ir más lejos, no recibe precisamente el aplauso de las clases medias urbanas, temerosas de su efecto en la calidad de los servicios y los precios. Las medidas se aplicarán progresivamente en medio de no pocas batallas en la letra pequeña que revelarán posicionamientos, a veces contradictorios, de difícil encaje y que pueden restar ambición a lo anunciado.

Sea como fuere, el PCCh mantendrá intocable su papel dirigente, aunque persistirán las voces internas que a todos los niveles reclaman gestos que apunten a complementar dicho programa con medidas de corte político que expresen una mínima capacidad de evolución. Sin ellas, dicen, será imposible afrontar con garantías de éxito los grandes desafíos. Pero en China, al igual y a diferencia de Occidente, los grandes grupos de presión, ya sea por motivos corporativos, ideológicos o ambos, tantas veces acusados por algunos de los grandes desequilibrios, despilfarros y corrupción, juegan a la contra, defendiendo la importancia de que sean las capacidades públicas y no las privadas las que en todo caso se equivoquen. Si hay que elegir entre la dictadura del partido y la dictadura del mercado, prefieren la primera, a la larga, aseguran, no necesariamente más injusta.