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IDEAS

Nos sabe

Jaume Subirana

El mismo día me llegan a las manos el nuevo libro de poemas de Enric Casasses y una lastimosa pieza periodística que quiere ser un panorama de la poesía catalana actual, llena de obviedades adverbializadas y de largas listas de nombres que lo reducen a un simple dinamizador de recitales. El nuevo libro de Casasses se llama T'hi sé, y lo publica Edicions de 1984 en su nueva serie de poesía, allí donde recientemente aparecieron los Poemes escollits de Joseph Brodsky traducidos por Judit Díaz Barneda (una joya que por sí sola justificaría la colección). Supongo que tenemos que entender que el Casasses poeta (descubierto y divulgado per Empúries) ya no interesa al Grup 62, o que la deriva editorial del Grup 62 en lo que respecta a la poesía y otros géneros ya no interesa a Casasses; las dos cosas son perfectamente comprensibles.

Y resulta que abres T'hi sé y vuelves encontrarte cara a cara con el don de la lengua en estado puro: aquello que algunos (pocos) tienen, otros perseguimos y muchos ni saben que existe, o creen que es un juego banal o un simple peaje antropológico. Hay quien habla de Casasses y solo ve en él a un hippy senior, quien no sabe no evocar la chistera, la cuchara de madera. Pero yo he estado en uno de sus recitales con uno de los mejores narradores del país, que nunca lo había escuchado en directo, y he visto cómo quedó literalmente (y envidiosamente) conmocionado. Porque la chistera de Enric Casasses es como la barretina de mossèn Cinto en los Jocs Florals de 1895, y su cuchara de madera da vueltas a las palabras en la escudella del catalán como pocos escritores vivos lo saben hacer. Casasses tiene alguna cosa nuestra que viene de hace tiempo y que nadie puede retener, algo que también tiene Roger Mas cantando los poemas de Verdaguer y que tenían Ovidi Montllor diciendo a Vicent Andrés Estellés y Joan Manuel Serrat cantando a Salvat-Papasseit, Joan Maragall dando voz al Comte Arnau: habla con la voz de la lengua que se dice a sí misma: el catalán se dice en él. Quizá ni siquiera es consciente de ello (aunque yo creo que sí), pero en cualquier caso Casasses nos sabe, y eso reconforta. Y nos honra.

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