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La posición de Estados Unidos

¿Qué les pasa a los EEUU de Obama?

Carlos Carnicero Urabayen

La realidad parece confirmar que el presidente solo es la fachada amable de un edificio oscuro

Una reciente viñeta del New York Times ha mostrado a un solemne Barack Obama que hace el siguiente anuncio: «No vamos a espiar más a nuestros amigos»; a continuación, su gesto se tuerce y murmura: «De hecho, ya no tenemos más amigos». Obama no es George W. Bush, es mucho más atractivo, pero a estas alturas de su segundo mandato parece confirmarse que únicamente es la amable fachada de un edificio oscuro, poco transparente y donde cada vez que entra luz solo aparecen cadáveres, reales o figurados.

La llegada de Obama encarnó el sueño liberal norteamericano de concentrar su musculatura en el ejercicio del poder blando, esa forma de ejercer la influencia mediante la persuasión, la capacidad de ser tan atractivo en las relaciones internacionales como para despertar en el resto respeto y voluntad de emulación. La etapa de los atajos, la brutalidad y la ignorancia de la legalidad internacional parecía estar llamada a su fin tras Bush.

A los norteamericanos les cambió para siempre el 11-S. También a su actual presidente. Al candidato Obama que dio un mitin en Berlín en el 2008 lo querían votar hasta los europeos del norte y del sur. Pero su atractiva retórica fue un anticipo de su tenebroso pragmatismo, dispuesto a casi todo para mantener alta la posición de superioridad de Estados Unidos. Tarea nada fácil en un mundo con un Occidente en crisis y una emergente Asia capitaneada por China. Mientras, las señales de derrumbamiento del poder blando norteamericano se acumulan sin rectificación a la vista.

Guantánamo sigue abierto. Obama prometió cerrar el exótico penal de la isla de Cuba, abierto para torturar a excombatientes de las guerras de Afganistán e Irak y que está en un limbo legal. «Si no puedes hacerlo en casa, hazlo en el jardín del vecino» es una estrategia demasiado burda para una democracia madura. El cierre de Guantánamo no depende solo del presidente, pero no parece que Obama haya puesto todos sus esfuerzos en hacerlo. El tiempo pasa y sus presos, muchos sin acusación alguna, son alimentados por la fuerza para quebrar sus huelgas de hambre.

El uso de la tortura por parte de EEUU trasciende ampliamente las latitudes del Caribe. Su uso ha quedado bien retratado en la película La noche más oscura, de Kathryn Bigelow, donde se observa que la búsqueda de Bin Laden no tuvo límite alguno. Y la orden era matarlo. Ahora hemos conocido que médicos del Ejército norteamericano «diseñaron y participaron en el trato cruel, inhumano y degradante y en la tortura a los detenidos» en cárceles secretas de la CIA.

Los drones, unos ligeros aviones no tripulados, son el juguete favorito del presidente para luchar contra el terrorismo. Su uso comenzó en la etapa de Bush, pero Obama, lejos de restringir o regular su uso, lo ha expandido exponencialmente. El problema no radica en su eficacia -los drones minimizan los riesgos de bajas propias- sino en su discutida legalidad y su falta de moral. ¿Debe un Estado democrático matar con misiles objetivos selectivos en terceros países como Yemen o Pakistán, frecuentemente con víctimas civiles?

La crisis siria también ha dejado al descubierto unos EEUU que pasaron de ser escépticos ante una posible intervención a estar dispuestos a hacerlo de cualquier forma aunque no mediara una resolución del Consejo de Seguridad de la ONU. Es decir, aunque la guerra fuera ilegal. Lo curioso es que fue Rusia -poco amiga de las formas y la diplomacia fina- quien dio una lección de poder blando a Washington al forzar un plan de desarme químico sin recurrir al uso de la fuerza.

En el plano doméstico, tampoco las cosas brillan. El sueño americano ha sufrido el espectáculo del bloqueo del Congreso por la confrontación entre republicanos y demócratas. Este retorcimiento de los procedimientos parlamentarios, que llevó incluso al cierre temporal de espacios de la Administración, obligó a Obama a cancelar su participación en la importante cumbre económica de Asia-Pacífico en Indonesia el mes pasado. ¿Quién quiere imitar un sistema que busca atajos a la legalidad y que paralelamente es ineficaz en su gobierno?

Tampoco Obama ha actuado para modificar la segunda enmienda de la Constitución, que autoriza la posesión de armas por los ciudadanos norteamericanos. El espectáculo de los tiroteos y matanzas se reproduce cada vez que un adolescente, gracias a la permisiva enmienda, tiene acceso a armas y siembra el terror en las calles de su barrio.

¿Cómo recuperar el brillo del sueño americano? No es una tarea fácil sin poner en riesgo la defensa de sus intereses nacionales. Un buen comienzo podría partir del categórico imperativo kantiano: «Obra solo de forma que puedas desear que la máxima de tu acción se convierta en una ley universal».

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