01 abr 2020

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Europa debe admitir que necesita inmigración legal

Jordi Pujol

"Una de las ideas y de las esperanzas recurrentes en España es que la inmigración española, o de América del Sur o del Este de Europa o pakistaní diluya definitivamente Catalunya"

La frase que encabeza este artículo es de Martin Schulz, actual presidente del Parlamento Europeo. Que después de las elecciones europeas del año que viene podría llegar a ser presidente de la Comisión de la Unión Europea. Una persona de gran categoría política, y también personal e intelectual.

Es bueno, por lo tanto, que alguien como él hable como habla de la inmigración en Europa. Ya era hora. Ya hace muchos años que Europa se niega a admitir que la inmigración es un problema muy importante. Muchísimo. Sobre todo humanamente.

También política y socialmente. Europa da muchas lecciones a todo el mundo, y a menudo tiene derecho a hacerlo. Porque –por lo menos bajo nuestro parecer– su sistema político, económico y social tiene más calidad que el de otros continentes. Pero en este tema ha hecho ver que no pasaba nada. Como decía hace poco Miquel Roca hablando de la tensión que ahora hay en Francia, «el error viene de lejos y no es otro que el hecho de no querer tratar el tema de la inmigración como un problema». Y ahora resulta que los partidos poco o mucho xenófobos han cogido mucha fuerza. Y más allá de su peso parlamentario pesan mucho, social y psicológicamente, sobre toda la sociedad. Y así sucede en países del sur de Europa, pero mucho más en Francia, y mucho también en los del norte de Europa. Los que más fama tienen de demócratas y tolerantes.

Por lo tanto, bienvenido sea que un político de la importancia y calidad de Martin Schulz diga lo que dice. Ha sido necesario el drama de Lampedusa para que finalmente la consciencia y la política europeas se hayan sentido sacudidas. Si es que dura.

Comentarios sobre Catalunya

Estos días, en Catalunya nos llegan algunos comentarios de Europa sobre nuestro problema nacional. Más bien con intención disuasiva. Aunque mucha gente en Catalunya cree que si hubiera una consulta y el voto independentista fuera claramente mayoritario, ni Europa ni España podrían seguir diciendo que no hay que hacer caso. Pero, de todos modos, de momento Catalunya puede ofrecer a Europa dos cosas en las que ha trabajado más y mejor que muchos países europeos: una doctrina sobre inmigración y una realidad de convivencia de un gran mérito, dadas las condiciones en las que la sociedad catalana ha tenido que trabajar.

1. En el año 1900, Catalunya tenía dos millones de habitantes. Que prácticamente todos eran catalanes de siglos. Que pasan a tres millones y medio en 1940, a pesar de la guerra civil, y una natalidad más bien baja. Es decir, gracias a una fuerte ola migratoria del Estado español de los años 1900-1935.

2. Hay una segunda gran inmigración de los años 1950-1975. Y la población sube un poco más de seis millones. Inmigración de origen español, pero lingüística y culturalmente diferente. Y que se produce en condiciones políticamente muy negativas para Catalunya: prohibición y persecución de la lengua y la cultura catalanas –desde la escuela a la administración–, indefensión política y presión social y mediática. Es preciso no olvidar las condiciones muy duras en que Catalunya vive políticamente, culturalmente y lingüísticamente durante algunas décadas.

Y llega al año 2000 con una sociedad diferente de la del 1900. La composición humana en parte se ha modificado. Una parte es de origen diferente. Hay mucha gente de origen castellanohablante, por ejemplo. Pero Catalunya ha mantenido su cohesión, su identidad y una buena convivencia. Y ha habido mucha mezcla humana. Mucha mezcla de familias. Y mucha tolerancia.

3. Situados en el año 2000, se podría decir que ya no había más problemas de inmigración en Catalunya. Todo el mundo era catalán, de veinte generaciones, de diez, de cinco, de una o de tan solo diez años, o recién llegados. Y esto se ve muy claramente mirando qué apellidos hay ahora en Catalunya. Y viendo cómo se han mezclado dentro de las familias. Esto ha sido un gran éxito de nuestro país. Y un fracaso de los que querían que la identidad de Catalunya se perdiera a través de la inmigración.

4. Pero ahora, desde el año 2000, hay una nueva gran inmigración. No menos de 1.200.000 personas en 12 años, de 6.300.000 a 7.000.000. Esta vez no de origen español sino de todas las partes del mundo. De Senegal a Rumanía pasando por Marruecos, de Perú a Filipinas pasando por el Pakistán. De nuevo se pone a prueba la capacidad de Catalunya de acoger y de integrar a gente de fuera. Un reto muy difícil. Porque a pesar de que ahora Catalunya tiene más autonomía que cuarenta años atrás no dispone ni de suficiente poder político y administrativo ni de suficientes recursos financieros para llevar a cabo una política lo bastante efectiva. Y sin embargo Catalunya cree poder demostrar de nuevo que es capaz de mantener su identidad de país, su lengua y su cultura, la convivencia lingüística de catalán y castellano, el buen funcionamiento del ascensor social, la buena convivencia entre sus ciudadanos, la cohesión social y humana del país.

¿Por qué lo creen? Por su historia y porque ha tenido y tiene una doctrina y unas actitudes integradoras. Tal vez a causa de su debilidad política, Catalunya ha creído siempre que tan solo podía evitar su dilución como lengua, cultura, sociedad y nación haciendo a sus ciudadanos –independientemente de su origen y del tiempo de residencia– una propuesta de país y de sociedad de calidad. Que merezca la pena. Y en condiciones de equidad. Y con perspectiva de futuro.

Derecho de sangre y derecho de tierra

La doctrina que Catalunya ha aplicado desde hace décadas se puede sintetizar en dos principios.

El primero es la aplicación del 'ius solis' en la definición de qué es ser catalán más que del 'ius sanguinis'. Es decir, en la tierra donde se vive y se trabaja, más que en la sangre. En los hijos y los nietos. «Catalán es todo aquel que vive y trabaja en Catalunya. Y tiene voluntad de serlo».

El segundo es la expresión de que Catalunya sea un solo pueblo. «Catalunya, un sol poble». Esto proclamado y asumido desde la derecha a la izquierda.

Esto, complementado con el compromiso de actuar en consecuencia, es decir, de construir una sociedad donde todo el mundo tenga cabida. Y donde funcione el ascensor social. Un compromiso que sustancialmente ha sido asumido y aplicado por el conjunto político y social del país. También en épocas difíciles y críticas como la actual. Que afectan negativamente al bienestar general, como en tantos países europeos, pero que no afectan en cambio al espíritu de convivencia general. En este sentido, nuestra sociedad resiste bien la prueba.

Que Martin Schulz diga «Europa debe admitir que necesita inmigración legal» merece una valoración positiva. Pero sorprende ver que Europa aún no se haya enfrentado de verdad con este reto. Como sorprende que en Francia --aunque es un país que tiene una historia positiva de integración-- haya cada vez más miedo y más rechazo. Y tal vez sorprende a alguien que en cambio Catalunya –a pesar de que proporcionalmente tiene un problema mucho más grande y que sabe que desde hace mucho tiempo una de las ideas y de las esperanzas recurrentes en España es que la inmigración española, o de América del Sur o del Este de Europa pakistaní diluya definitivamente Catalunya– piense que puede seguir el proceso de integración que en parte ha aplicado con éxito desde hace años.