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Hola Amparo,

Has teatralitzado hasta la ceremonia de tu muerte. Nos reuniremos para brindar. Para brindar por una mujer. Por ti. Por una actriz. Por un ser humano que transpira la fragilidad de un niño y la serenidad de una mujer de teatro y de cine que desde sus raíces familiares -Soler Marí, Milagros Leal- has mantenido una trayectoria artística presidida por la fidelidad y la complicidad con todos aquellos con quienes has trabajado. En cine, entre otros muchos, Buñuel (El discreto encanto de la burguesía), y Berlanga, con un permanente hilo de relación director-actriz a través de las mejores y más lúcidas historias de la España de los 70.

Amparo, tu sonrisa permanente es una de las identidades más valiosas. Una sonrisa entre sentimental e irónica. La sonrisa de una persona que ha exprimido la vida hasta el final. Como profesional y mujer.

Amparo, ¿recuerdas que, cuando nos despedíamos por teléfono, me decías: «petonets, petonets molt forts»? ¿Recuerdas que, con tu lengua paterna, el valenciano, me pedías un texto para interpretar?

Actuamos juntos en una película dirigida por Jordi Cadena, Els papers d'Aspern. Rodada y vivida y convivida en la isla de Menorca. Y en una obra de teatro, Amanda, que dirigí en la Beckett. Tú, mujer de grandes escenarios, en una pequeña sala alternativa con Jordi Dauder. Era tu regreso al teatro después de muchos años de ausencia de los escenarios. Y quisiste que fuera así. En una pequeña sala, la de José Sanchis Sinisterra. La de un teatro que iba más allá de las fronteras convencionales. Y después, también conmigo como director, una Celestina producida por Focus y pensada para ti. Una Celestina mediterránea y luminosa. Muy lejos, por tanto, del oscurantismo de la vieja España. Te hacía ilusión vestir la Celestina que había interpretado tantas veces tu madre, Milagros.

Te recuerdo con una sonrisa bebiendo contigo más de un chupito de whisky, ¿verdad? Sobre todo después de algún estreno con la compañía de Sabine. Y tú, en aquella época, tenías al lado a un acogedor Alfredo Matas que te esperaba.

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Amabas a Barcelona y como María Mercader, la mujer de Vittorio de Sica con quien también trabajé, desprendías, a través de tus ojitos, esa fragilidad de la gran mujer que para vivir necesita minuto a minuto compartir emociones y sensaciones.

Hermann Bonnín.