Un proyecto a debate

Barcelona 2022: ¿vamos bien?

Una candidatura olímpica debería estar precedida de un análisis riguroso de inteligencia competitiva

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La posible, o imposible, candidatura de Barcelona a los Juegos Olímpicos de Invierno del 2022 no puede ser el resultado ni de la resaca de 1992, ni de un cálculo aproximado de intereses inconfesables, ni de un ejercicio de egolatría urbana. Ahí están para certificarlo las sucesivas candidaturas de Madrid que, al parecer desgraciadamente, no alcanzaron su objetivo. Las culturas mediterráneas gozamos, además de una dieta alimentaria envidiable, de una capacidad de improvisación, una alegría vital y una simpatía difíciles de igualar. Lástima que para abordar colectivamente proyectos a largo plazo, de mentalidad estratégica y esfuerzo sostenido, tengamos más dificultades. Ahí está sin embargo, como una de las excepciones, la organización de Barcelona 92, unánimemente elogiada, aunque para unos con un saldo globalmente positivo y para otros discutible. Pero constatable como transformación urbana para bien o para mal.

¿POR QUÉ BCN-92 no es comparable a BCN-2022? Porque el contexto es distinto: el éxito de 1992 se debió a factores que influyeron decisivamente entonces y que hoy, como mínimo, debiéramos comprobar que subsisten o, cuando menos, han sido sustituidos por otros también favorables. Antes de embarcarse habrá que comprobar que tenemos barca, marineros, viento y, sobre todo, mar; no vaya a ser que creyendo cruzar el mar estemos cruzando un charco. En el caso de Madrid 2020 se ha puesto de manifiesto una vez más la importancia de la inteligencia competitiva en las estrategias de este tipo de eventos. La decisión de presentar o no una candidatura

-olímpica, a sede de un organismo internacional, a feria o congreso- debe estar precedida de un análisis riguroso de inteligencia competitiva que permita evaluar una serie de factores que pueden conducirnos al éxito o al fracaso. Todos los negocios tienen sus leyes de comportamiento y también sus excepciones y el negocio olímpico no es un caso aparte, lo que obliga a estar sumamente atentos a su lógica interna.

La decisión sobre una candidatura para el 2022 deberá considerar las propias capacidades en relación al evento en cuestión, no en general mediante un simple acopio de datos sino mediante técnicas de análisis que nos permitan localizar déficits para después plantearnos si podemos y vale la pena superarlos. Un ejemplo: la Barcelona 2022 está esencialmente en el Pirineo de la Cerdanya, no en Lleida; habrá que ver cómo se dimensionan accesos, equipamientos y demás y qué uso posterior se les da, no vaya a pasar como en Turín, donde las infraestructuras olímpicas del 2006 son fantasmas del pasado sin provecho.

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Por otra parte, deberían tomarse en cuenta los costes (necesarios para adecuar las capacidades a lo exigible) y los beneficios esperados (colectivos, públicos y privados), en una aproximación realista-pesimista para poder disponer de una foto final coste-beneficio que no sea el cuento de la lechera. En el caso de Madrid la lógica expuesta por la candidatura se basó en la austeridad de un país en crisis que cree merecer darse una alegría (equivalente a «ya buscaremos el dinero, porque aún no lo tenemos»), frente a otra (Tokio) que desde la simplicidad nipona exponía que el dinero para pagar la fiesta está ya en su caja presto a ser gastado. En este cóctel no puede faltar un estudio del contexto del proceso (quién, cuánto, dónde, cómo…). En el negocio olímpico la fuente de recursos son los derechos televisivos, y a ellos hay que enfocar. Sin tomar en consideración este factor es imposible comprender la lógica de la toma de posiciones. Tampoco parece conveniente abrir frentes de conflicto con terceros que puedan perjudicar una candidatura (Gibraltar, en el caso de Madrid 2020), ni pasar por alto lógicas preocupaciones de los evaluadores (caso del dopaje) que debieran haber merecido transparencia documentada en vez de un mutis por el foro. Con todo ello habrá, además, que estudiar lo imprevisible. Para lo previsible están los consultores, conseguidores y abrepuertas. Lo difícil es diseñar escenarios en contextos de elevada complejidad e imprevisibilidad. Una candidatura olímpica, con una ventana temporal tan amplia, es un evento en un contexto de alta complejidad.

A PARTIR  de esto nos faltará lo imprescindible: una toma de decisión colectiva. No sería de recibo un proceso de decisión secuestrado en los despachos públicos y privados. A partir de estas premisas, en caso de optarse por presentar candidatura, como comprobamos en el 92, se requiere un trabajo serio, mantenido en el tiempo y correctamente orientado, y financiación asegurada y sostenida. Todo ello amparado en una marca que, al menos, no se perciba como estropeada y que genere empatía. ¿Les parece que vamos bien?