La clase media, una engañifa de Enya y la New Age

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Yo era de esas. De las que, si se quedaba sin naranjas un fin de semana y andaba por el centro, no tenía inconveniente en bajar al supermercado de El Corte Inglés y comprar un par de kilos de fruta brillante, cuasi radiactiva, a precio de lingote te oro. Porque sí, porque la felicidad consistía en poder moverte con holgura por tu ciudad, sin apreturas de tiempo -¿que no llego? Pillo un taxi- o económicas, que algún capricho urban-style caía de vez en cuando.

Me metía en la cama confiada en que la vida adulta perfecta si no era esto, se le parecía bastante. Y a la mañana siguiente cuando me tomaba un zumo con sabor a Semana Fantástica, observaba el rayito del luz que entraba por la ventana de mi buhardilla y me motivaba para repetir la metodología de libertad de tarjeta de crédito o débito, que siempre he sido muy responsable. Clase media sí, pero no imbécil.

Ayer llegué a la conclusión de que Enya fue la culpable. Ella y toda su "colla" de músicos y artistas New Age que nos hicieron creer que debíamos ahorrar para poder tumbarnos de vez en cuando en un sofá blanco impoluto "outdoor" -se me hace raro aún ver mobiliario doméstico en un muelle frente a un atardecer pero seré yo, que algo de cateta me queda-. Era mirar al horizonte con un zumo de frutas y oliendo a incienso y entrar en trance. Y dejarse llevar…

"Sail away, sail away, sail away" cantaba la irlandesa. No me preguntéis porqué pero hace un par de días terminé revisitando este tema de 1988 en mi youtube, cuando estaba buscando un discurso político. Algún día hablaremos de las inercias subliminales que nos hacen perdernos por la red. No creo que sean inocentes, de otro modo no me lo explico. Qué poca fuerza de voluntad tengo, por otro lado.

"Navega lejos", nos decían ella y un colibrí que se llevaba nuestra ánima liberándonos y liberándose él al salir de plano de un videoclip kitch como pocos he visto. Hablamos de finales de los ochenta, cuando el mundo estaba echo un asco, tal y como está ahora pero, nuestra generación empezaba a acceder a la enseñanza superior o a la universidad, y la vida se nos presentaba como un camino dulce, a recorrer con túnica y bebidas naturales. Sonriendo, pelo al viento. Sí, como en el anuncio de seguros Ocaso, tal cual.

Caía el muro de Berlín y nuestros padres tenían hipoteca. La vida no tenía porqué ser tan difícil, ya no la recordábamos con vídeos de blanco y negro y mujeres de faldas largas y callos en las manos. Teníamos Verano Azul, Luz de Luna, Manhattan a ocho horas cada vez más baratas y un buen puñado de fotografías polaroid comiendo cerezas con nuestros primos en cocinas con manteles de ule de colores y playas sin horarios en verano. En todo esto pensábamos tumbados en esa chaise longue sacada de contexto que os decía antes y claro, a quién se le ocurría pensar en cuánto cobraba el camarero brasileño que nos había preparado el cóctel placebo o qué le venía a la cabeza al sonreír durante las doce horas de su turno de trabajo, aguantando nuestro ofensivo rictus de éxtasis "primermundiano". Seguros estábamos de que él también era feliz, si es que todo iba bien.

Vamos a la letra: "Deja fluir al Orinoco, déjame varar en las costas de Trípoli, más allá del Río Amarillo". De las rutas de narcotráfico y trata de humanos entre el delta del río y el resto del mundo ya sabríamos por Wikileaks unos años después. Y no hablemos de Tripoli: en el momento en que comprábamos el disco a manos llenas, Libia se recuperaba de los bombardeos norteamericanos de 1986 en una operación militar con un nombre acorde con la pasividad drogada de la población mundial: Gran Dorado Canyon. China y su Río Amarillo se preparaban para una rendición sin condiciones al capitalismo más salvaje que casó espectacularmente bien con el comunismo rancio ante el pasmo planetario.

"From Bissau to Pilau…" Islas de Ébano, Fiji y hasta de Jartum habla en la canción, capital de Sudán que vivía ya en el 88 y ahora veinticinco años después continúa soportando sus propios dramas humanitarios y los ajenos, con cientos de miles de refugiados del Chad, Etiopía y Uganda. Hambres, guerras y sequías que no veíamos ni nos interesaban entre pajarillos de colores, sedas envolventes compradas en mercadillos y velas embarazadas de vientos en embarcaciones.

Ahora estamos aquí, despertando de casi tres décadas de ñoñería que no han sido inocuas. Yo es que y perdonadme la bronca, sigo pensando cíclicamente en cómo hemos podido llegar hasta este punto, qué tan lelos somos o hemos sido, en qué momento dejamos de pensar o preguntarnos de dónde venía todo, y cuánto de nuestro era lo que teníamos en casa (y la casa), el garaje o el armario.

Soy humana y necesito echar la culpa o cuanto menos, compartirla. Esta semana me encontré con Enya y se las llevó todas. Porque dejando la broma aparte, creo que ese "flow" al que nos entregamos sin querer muchos saber más nos ha hecho mucho daño. Y espérate que otro día no pille por banda a Ramazzotti. Eros, de nombre… El "baladista maduro" decís hoy algunos. Pero qué décadas hemos pasado, qué vergüenza para explicarle a mi hija según qué pasado.

Aunque si hablamos de navegar y de ideas a través de la música y de… resistencia y pensamiento crítico al fin y al cabo, hay otro tema de los ochenta que hablaba de otras cosas. No todo se perdió en la new age: nos contaban desde Inglaterra la historia de un barrendero que charlaba con los vecinos de que cuando se jubilara se compraría un barco, también. Porque en los ochenta según cuenta la leyenda, confiábamos en una pensión justa y acorde a nuestros años trabajados, era una garantía, un dogma de los derechos sociales. Era impensable que dependiera del gobierno de turno. Pues despierta, "wake up, Neo", decían en Matrix. Es lo que toca ahora. El colibrí ya se ha ido.

No sabemos si el barrendero se llamaba Beppo como en Momo, pero sí cómo quería llamar a su barco: Dignidad. Dignity. Con él os dejo, que es mi preferido. Y que fluyáis y naveguéis bien el fin de semana.

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