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Geometría variable

La independencia y los cuentos de hadas

Joan Tapia

El debate sobre la independencia tiene un problema. Los independentistas antiguos como Heribert Barrera -que, al contrario que Jordi Pujol, no votó la Constitución del 78- o incluso Josep Lluís Carod-Rovira nunca dijeron que una Catalunya independiente se dirigiría al paraíso. En cambio, los neoindependentistas (Oriol JunquerasXavier Sala Martin) y los conversos o semiconversos -la sabiduría satisfecha de CDC- venden un cuento de hadas: con la independencia, Catalunya tendría mas recursos y menos paro, seríamos la Holanda del sur o el Massachussets mediterráneo... Mort el drac

Y como el nacionalismo (el español también) oculta inseguridades con emociones y cierta prepotencia, cualquier cuestionamiento de alguna premisa feliz es rechazado con un manotazo. Solo se puede deber a la ignorancia, la mala fe, el pecado de ser españolista (que la mayoría minoritaria se sienta «tan catalán como español» es algo que, como antes el sexo, se debe ocultar) o al intento de meter miedo. Incluso un simpático tuitero me pregunta con descaro cuánto me paga el Gobierno español por mis artículos (supongo que ignora que muchos intelectuales nacionalistas están en nómina).

Pero el independentismo levita (hasta llegar a Kosovo) y le molesta que alguien recuerde -como hizo Joaquín Almunia el lunes en Barcelona- que la independencia nos apartaría de Europa. Podemos huir de España (con Pérez de los Cobos al frente del Tribunal Constitucional entran ganas) pero no del mundo global. Muchos independentistas califican de «cuento de terror» que Catalunya pudiera quedarse fuera de la UE pese a que Jordi Pujol afirmó, tras la mani del Onze de Setembre del 2012, que de entrada, y por un tiempo, eso sería lo que sucedería. Pero el coro oficialista ignora las palabras de Pujol y recurre a la fe: ¿cómo nos van a echar de Europa?

Y esa es la cuestión. Nadie nos expulsaría. La Unión Europea no es una unión de ciudadanos sino de Estados (el president Artur Mas, en horas poco diplomáticas, los ningunea calificándolos de «viejos Estados») y Catalunya está en uno de ellos. Si se independiza, deja de estar en él y debería pedir su ingreso como un nuevo Estado. Y ello exige cambiar los tratados (por ejemplo, añadir un comisario más). Y cualquiera de los «viejos Estados» tiene derecho de veto: España, Francia…, incluso Croacia. Con todo, a la larga  (incluso a medio plazo), me cuesta imaginar a Catalunya fuera de la UE. La Volkswagen tiene una gran fábrica en Martorell y la Renault, otra  en la Zona Franca. Parte de sus ventas irían fuera de Europa, pero ¡qué golpe! Seguro que harían lobi para arreglar su situación. Y es probable que, al final, hubiera un acuerdo. Pero mientras tanto, ¿habría ERE? ¿Y qué pasaría con la relación entre las dos entidades financieras catalanas -Caixabank y el Banc Sabadell- con el BCE? Son asuntos muy serios que todo político o analista solvente debería plantearse.

Un apaño podría ser un tratado comercial, pero tampoco sería cosa de seis meses y, mientras, la inversión (internacional y catalana) se retraería. Quizá el via crucis sería más corto con una independencia pactada que con la DUI (la declaración unilateral de independencia). Es lo que Jaume Duch, uno de los catalanes más informados de Bruselas, sintetiza diciendo que no es igual salir por la puerta que por la ventana.

Quizá (no lo veo fácil) puede aparecer alguna solución imaginativa, pero el presidente de un país serio, con una tasa de paro del 24%, haría mejor en dejar aparcadas las fantasías en los premios literarios de la Nit de Santa Llúcia.