Al contrataque

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Algo hay que hacer. Y es que, mediatizados o no, manipulados o no, profetas o conversos, miles de catalanes han vuelto a las calles para reclamar algo. La independencia, el derecho a decidir en una consulta, un mejor pacto fiscal o simplemente que sientan que les hacen caso. La calle hace tiempo que reclama algo. Cambio. Reforma o ruptura, pero el grueso de la población cree que de seguir igual, estamos en un callejón sin salida.

En caso de ser consultada, la respuesta de la mayoría aún no está clara, como tampoco lo está la pregunta que formularía el Govern en caso de poder celebrar el referendo. Y mientras esta agua estancada va inundando los días, con un paro todavía desbocado y una economía que no encuentra el estárter para coger velocidad, la bandera que sube es la de la estrella, y el grito que más se escucha es el de in-inde-independencia, sin que haya otro cántico que le haga la réplica.

Aquí, casi han desaparecido las otras voces, por falta de proyecto. Realmente, aquí no se ha sabido generar una alternativa con vocación mayoritaria, entre otras cosas porque esta debería contar con una propuesta seductora, justa y decidida del conjunto del Estado.

El foco está en Madrid, donde alguien debería entender que no hacer nada es la peor de las opciones. Entender que muchos catalanes se sienten huérfanos de España porque nadie da una respuesta ilusionante para un mejor futuro compartido. Ante el reto del nacionalismo catalán, la inacción y el silencio de Madrid resultan cada vez más desesperantes. El corsé de la ley no es suficiente. A la ilusión se la combate con ilusión. A la sensación de agravio, con justicia. Al desafecto, con afecto.

Las banderas

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Hay quien utiliza las banderas para tapar con ellas corruptelas y malas gestiones. Es cierto. Hay quien fija la culpa siempre en el exterior y se cree víctima, con lo cual cree que puede escudarse en ello y no ser responsable. Así ha funcionado la política en los últimos años. Aquí y allí. Y sí, tal vez, ahora, a río revuelto, algunos esperan ganancias todavía superiores si consiguen más agua donde meter sus cañas.

Eso pasa y ha pasado siempre, pero hoy esto va de otra cosa. Va de gente que reclama algo. Que se ilusiona con algo. Y el silencio no puede ser la respuesta. Gente con ganas de cambiar las cosas. De un nuevo proyecto que todavía no sabe cómo se consigue ni cómo se concreta. Pero que irá encontrando respuestas a sus preguntas, si no hay nuevas inquietudes a debatir. ¿Acaso la ciudadanía española no merece también una propuesta atractiva, justa y actualizada del Estado? Tal vez la mayoría silenciosa que esgrime la vicepresidenta del Gobierno, Soraya Sáenz de Santamaría, lo esté esperando.