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Tramo 93 de El Perelló, a las Terres del Ebre.

Tramo 93 de El Perelló, a las Terres del Ebre. / MARTI FRADERA

En dos meses tendremos fecha y pregunta. La parte catalana se ha puesto las pilas. No le queda otro remedio después del éxito de la Via Catalana. La parte española, en cambio, parece no haber entendido el mensaje. Catalunya quiere votar, expresarse democráticamente. Que voten los de la Via y los de la "mayoría silenciosa", todos. La negativa del Gobierno a tal petición y los intentos de maquillaje en nombre del diálogo y las reformas están condenadas al más estrepitoso de los fracasos. Hoy, quizá me equivoque, la única vía para garantizar la continuidad de Catalunya dentro de España sería la celebración de la consulta con una victoria del 'no' a la independencia. La 'vía Cameron', vaya. Negar la consulta es contribuir a la causa independentista, que exhibe con exclusividad la bandera de la democracia y la regeneración, apuestas que deberían ser compartidas por todas las fuerzas y gobiernos.

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Los movimientos de Margallo, la discreción de los contactos Rajoy-Mas y el tardío despertar federalista de los opinadores españoles topan con un muro llamado caverna mediática, en una competición entre editoriales y portadas a cuál más fiero. Han tardado tanto en acusar recibo de Diadas que tenían que ser atendidas que ahora, la crisis económica e institucional, la locura mediática y el derrumbe demoscópico del bipartidismo no conceden margen de maniobra. ¿Margen para la política? Escaso.

Esta Diada ha certificado la ruptura emocional de una parte de la ciudadanía catalana con el Estado. Los que votaron en referendo la reforma del Estatut, sufrieron la humillación del Constitucional más pervertido y se ilusionaron con un pacto fiscal que topó con el portazo de Rajoy ante Mas en La Moncloa han decidido emprender su camino, una Via que mira más a los medios internacionales que a la prensa madrileña. La gente ha pasado pantalla. El 'no comment' con guiño de la Comisión Europea, la admiración de los extranjeros y el vértigo de los españoles sensatos, que contrasta con el no menospreciable y muy preocupante ataque fascista a la Generalitat en Madrid, certifica que esta Diada marcará el después.