La voladura controlada del Liceu

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Joan Matabosch, fotografiado en el Liceu.

Joan Matabosch, fotografiado en el Liceu. / EFE / ALBERT OLIVÉ

No es un nuevo incendio porqué el teatro sigue en pie. Pero estamos asistiendo a lo más parecido a una voladura controlada del teatro que fue referente de la gran tradición operística en Catalunya, sin rival durante décadas en España.

La marcha de su director artístico Joan Matabosch, al Teatro Real al que se incorpora con "carácter inmediato", según reza el comunicado del coliseo madrileño, es el último, por ahora, episodio de la larga suma de acontecimientos que dejan al teatro completamente desarbolado.

Se comprende que Matabosch se vaya. Él mismo, en las páginas de este diario ha definido como "higiénica" su marcha a Madrid. Quince años al frente de la dirección artí­stica del teatro son muchos años. Para el teatro y para el director. Pero el momento no podía ser peor.

El coliseo de La Rambla está cerrado hasta el 25 de septiembre debido a un ERE temporal (en julio del 2014 habrá otro periodo de cierre), el cual, según se ha sabido ahora, se ha gestionado mal pues los 369 trabajadores afectados no pueden cobrar la prestación de desempleo.

Desde julio en que terminó el contrato que tenía Joan Francesc Marco, no hay director general y se desconocen los avances hechos por la empresa cazatalentos encargada de buscarle sustituto.

El proyecto del director musical Josep Pons para mejorar la calidad de la orquesta está por ver a falta, entre otras cosas, de recursos para cubrir las numerosas vacantes que hay en el conjunto.

El teatro ha perdido los derechos audiovisuales que tenía de modo que se desperdician la capacidad de difusión y los ingresos que aportaban las grabaciones.

Y también es de lógica pensar que el director artístico no vaya solo al Real.

En este teatro desarbolado, Matabosch garantizaba la calidad y la capacidad de gestionar un teatro de ópera. Ahora ni eso.

La mala gestión de Marco que tuvo su aspecto más visible cuando canceló varias óperas del programa para después tener que reprogramar algunas, suscitó numerosas protestas que fueron ignoradas por las administraciones públicas de las que depende el teatro.

En particular, el conseller de Cultura Ferran Mascarell, dejó pudrir la situación a la espera de que venciera el contrato, como así fue, sin haber empezado a buscar el recambio y preparar la transición.

Que el Real contrate al director artístico del Liceu es ciertamente un torpedo en la línea de flotación del teatro de La Rambla. Que lo anuncie el 11 de septiembre añade sal a la herida, pero sería un error que desde la conselleria lo interpretaran retóricamente como un nuevo ataque a Catalunya.

Si el Liceu está como está es en gran parte gracias a la desidia de aquella conselleria más interesada en la llamada cultura identitaria que en la Cultura universal y con mayúsculas.

Curiosamente, Mascarell tiene unos excelentes compañeros de viaje en aquellos que se alegran de la marcha de Matabosch, aquellos que solo desean ver en la programación el repertorio más clásico, acotado a los títulos verdianos y puccinianos y poco más.

Son aquellos que no soportaban que el director artístico programara ópera barroca o diera a conocer a Britten, Korngold, Janacek o Berg, ignorando que el Liceu es un teatro público, sufragado con los impuestos de todos, y que como tal, debe dar satisfacción a todos los gustos. El prestigio de un teatro se crea a base de sumar propuestas convencionales y atrevidas, repertorio clásico y contemporáneo y todo ello, con mucha calidad vocal.

Matabosch lo había conseguido, pero al final le dejaron muy solo.

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