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La figura de Salvador Allende no cae en el olvido con el paso del tiempo. Su última decisión trasladó al mundo la ejemplar referencia política de coherencia, honestidad y compromiso de un presidente constitucional que prefirió dar su propia vida antes que entregar las instituciones democráticas a quienes se disponían a traicionar la soberanía de los ciudadanos chilenos por la fuerza de las armas, la represión y la muerte. Más allá de la discusión acerca de los errores del Gobierno de la Unidad Popular, muchos y de distinto calado, lo que está fuera de debate es la amputación sangrienta del sueño de cambio social profundo que supuso aquel golpe de Estado de hace 40 años. Sin duda, el contexto histórico de guerra fría no era el más propicio para la realización de un proyecto con el apellido de revolucionario.

El grupo nacionalista de extrema derecha Patria y Libertad fue el brazo violento ejecutor de una estrategia de permanente acoso y derribo del proyecto de socialismo democrático, desde antes incluso de las elecciones de 1970. Desde la Casa Blanca Richard Nixon había dado instrucciones precisas, con una cuantiosa financiación, para evitar por todos los medios que Salvador Allende alcanzara el Gobierno.

La conspiración

Mientras en el Congreso se iniciaba la votación para elegir al nuevo presidente, el general René Schneider, comandante en jefe del Ejército, agonizaba en un hospital después de una acción que tuvo como autores intelectuales de la conspiración al propietario del poderoso diario El MercurioAgustín Edwards Eastman, y a distintos actores locales de los servicios de inteligencia coordinados por Henry Kissinger. Otro general, pero sedicioso, Roberto Viaux, se había delatado días antes en la revista Ercilla dando dos alternativas para Chile: «Una intervención militar extranjera, que sería funesta por la indefensión de nuestras fuerzas armadas o que Allende no llegue al poder. Muchos nos pronunciamos por la segunda».

Las amenazas se mantendrían durante los siguientes tres años. En el verano chileno de 1973, la hoy escritora universal Isabel Allende describió el estado de ánimo de su país: «A pesar de nuestros esfuerzos, se acabó 1972 y seguimos vivos. Pero empieza 1973 sin que haya disminuido nuestra tendencia a asesinar la felicidad». Aquella observación precisa de la realidad de la sobrina del presidente Allende reflejaba la persistencia de los enemigos de un sueño que se transformaría en tragedia durante 17 largos años.

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Las grandes alamedas de la libertad que alcanzó a dibujar Salvador Allende instantes antes de su muerte han querido que compitan en las próximas presidenciales de noviembre dos hijas de compañeros de armas que eligieron caminos opuestos a partir de aquel 11 de septiembre. Fernando Matthei, padre de la candidata de la derecha Evelyn Matthei, fue comandante en jefe de la Fuerza Aérea en la Junta Militar que presidía Augusto Pinochet. Al general Matthei se le acusó de ser el responsable de las torturas que acabarían por provocar la muerte del general leal Alberto Bachelet, padre de la expresidenta y candidata de la coalición de centroizquierda, Michelle Bachelet.

En estos días de recuperación de la memoria colectiva de Chile los términos sobre los que más se debate siguen siendo reconciliación, verdad, justicia y perdón. Otro expresidente, Ricardo Lagos, lo ha expresado con emotividad: «La dictadura robó a Chile lo mejor de nuestras vidas, pero no nos pudieron quitar el privilegio de la ética».