Eché de menos a Uribarri

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El viernes viendo el Telediario de La 1 descubrí que en la esquina de la pantalla los compañeros de la tele pública colocaron una cuenta atrás: faltaban mil ochocientos cincuenta y pico minutos. O sea, la cuenta atrás acababa a las diez y media del sábado.

Ningún gran medio contempló que la cuenta atrás pudiese acabar antes. Lo de la primera votación era un trámite. Íbamos a la final a recoger el trofeo, a ganar sin bajarnos del autobús. Eso generó euforia colectiva. Eso fue lo que se transmitió a los ciudadanos a través de la mayoría de medios españoles.

A pesar de que en el resto del mundo la favorita era Tokio -ahora lo sabemos-, aquí teníamos argumentos de peso. «¿Cómo vamos a perder si es la tercera vez que nos presentamos?» Que es como decir: «¿Cómo me va a negar matrimonio Sofia Vergara si es la tercera vez que se lo pido?» Más argumentos de peso: Tokio igual a Fukushima, Estambul igual a Siria. Un mantra que repetido machaconamente acaba calando y se convierte en dogma en la barra de un bar.

Decir todo esto ahora es ventajista. Pero es que yo también me lo creí. Incluso después de ver los dos minutos de gloria de Ana Botella. (No es lo que más le convenía al PP, una «sobre» actuación)

Pero, ¿por qué me lo creí? Tanto que hablamos de la burbuja inmobiliaria o de la burbuja futbolística, hablemos un poco de la burbuja informativa. Los medios y los que trabajamos en ellos seguimos teniendo la capacidad de generar estados de ánimo, reales o irreales. Podemos ser los reyes del pesimismo o del optimismo. Detrás de la creación de un  estado de ánimo puede haber intereses políticos o económicos. Seguro. Y más cuando ves que prácticamente todos los medios reman en la misma dirección, con la excusa de «qué bien le va a ir esto a nuestro país para recuperar la autoestima y seguir por la senda del crecimiento».

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Además, la celebración de unos Juegos Olímpicos en tu país es una buena noticia para muchos, entre ellos los periodistas. Igual nos han podido las ganas. Igual también pensábamos en lo bien que nos podía venir a los del gremio, que no pasa precisamente por su mejor época laboral. Nosotros también necesitábamos algo y la nominación era un chute olímpico que puede haber provocado nuestro dopping informativo.

Lo del sábado me recordó a Eurovisión. En muchas ediciones de ese concurso también hemos partido como favoritos hasta que el complot de los países del Este o los balcánicos o los nórdicos (siempre un enemigo exterior, como ahora lo es el COI) nos ponen en nuestro sitio. Al menos en Eurovisión teníamos a un Uribarri que nos iba avisando de la que se avecinaba. Pero el sábado, ni eso. En la próxima Eurovisión olímpica no se olviden de buscar a otro Uribarri, de alguien bien informado que nos baje de la nube. Si no, volveremos a dar positivo en el antidopping periodístico.