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Artur Mas quiere lo imposible. Que Mariano Rajoy acepte una consulta legal sobre la independencia de Catalunya o agotar la legislatura más atípica en las peores condiciones para el autogobierno, para su ejecutivo y para su grupo parlamentario y fuerzas políticas (CDC y UDC). Todo no es posible. O cumple su acuerdo parlamentario con ERC de convocar la consulta antes de acabar el año y de celebrarla durante el 2014 --si no quedó literalmente por escrito, quedó en el 'frame' de todo el mundo cuando dijo "consulta sí o sí"-- o rompe su promesa de dar la voz al pueblo coincidiendo con los 300 años de 1714, cambia de aliados parlamentarios y arrastra su gobierno hasta el final de la legislatura con una nueva zanahoria, la de las "plebiscitarias", de gran incertidumbre

Mas, en un intento de no quedar superado por la calle como en la anterior Diada, repite la jugada posterior al 11-S del año pasado, cuando convocó elecciones anticipadas. Lanza el mensaje que toma la iniciativa y no va a remolque de la manifestación en cadena e intenta calmar a las élites, que tras escucharle tenían motivos para pensar que al 'president' las vacaciones le han sentado bien. En este intento de liderar, como cuando avanzó media legislatura anticipando elecciones por sorpresa, Mas intenta 'pujolear'. Es decir, revestir legítimamente de presidencialismo lo que hasta ahora se ha denominado "transición nacional", "pulso soberanista","órdago por el Estado propio" o como se le quiera llamar. La diferencia es que Mas no es Jordi Pujol, ni por contexto histórico ni por fuerza parlamentaria.

Mas obtuvo el peor resultado en escaños y salvó el Govern gracias a un pacto con ERC. Está en manos de Oriol Junqueras. A no ser que los idilios veraniegos con el presidente español --ay, la historia se repetiría como le pasó con José Luis Rodríguez Zapatero y su pacto del Estatut-- vayan a mayores.

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