08 ago 2020

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La independencia, en 'free trial'

Merche Negro

¿Son la majadería, la necedad y la mentira las mejores herramientas para cargarse de razones y reivindicar el derecho a decidir (todos) y el camino de la independencia (los que democráticamente la pidan)?

Aún me queda algo de “recién llegada” a Catalunya, un año después. Yo doy por hecho que estoy integrada pero luego ocurren cosas. Por ejemplo, este lunes se me pasó por completo escuchar el estreno de Mònica Terribas en Catalunya Ràdio. Os parecerá una tontería, porque la vida aquí se compone de muchas otros factores pero siendo periodista, a mí se me antoja un fallo. La noche anterior -en realidad, el día entero desde que me enteré- estaba compungida y acurrucada en el sofá viendo por enésima vez 'El viaje de Chihiro', de Miyazaki. Y en verdad os digo queridos, que el mundo es un poco más feo desde que anunció que ya no dibujaría más. A mí sus cielos azules y sus campos (o páramos en 'El Castillo Ambulante') me han ayudado mucho, en algunos momentos.

En fin, es lo que hay y por ahí andaban mis prioridades. Lo bueno que tiene no ser espectadora asidua de TV-3 por ejemplo, es que entro y salgo en la realidad política de este país según me viene en gana. Y a veces, ¿cómo lo diría? creo que preferiría que me dieran mil patadas en el estómago. Por ejemplo, esta semana.

El próximo 11 de septiembre será la quinta Diada que paso en Barcelona. De las tres primeras no recuerdo nada, era muy pequeña y podía haber estado en Praga, Milwaukee o Invernalia, tanto me da. Pero ahí están, y supongo será importante para algunos que cuenten los minutos que he respirado el aire de esta ciudad antes de decidir si puedo atreverme a opinar sobre el soberanismo.

Quien me conozca un poco sabrá que puedo llegar a empachar con mis muestras de enamoramiento con Catalunya y Barcelona. De hecho, yo llamo a esta ciudad “mi Haku” que volviendo a mi idolatrado dibujante japonés, es un dios-río (así de creativos son los nipones) en el que se cayó una niña muy pequeña y al que siempre quiso volver. ¿Porqué os digo esto? Pues es que tengo una terrible sensación que durante un año me ha ido soplando en la oreja malos augurios, y hasta hace bien poco no la he querido hacer caso.

Al escuchar a Joel Joan ahora justo doce meses aquello de “cuando gire la tortilla, el que no sea independentista será un traidor” contuve el aliento. Pensé que estaría fuera de contexto (aún releyendo la entrevista no las tengo todas conmigo), que es imposible que lanzara un titular digno de regímenes de otras épocas así, sin masticarlo. No le di mas importancia. A los pocos meses me llegó el video del actor Toni Albà diciendo que “España nos odia”, acompañado de su último movimiento pidiendo el boicot a una colega, Carmen Machi, por declararse federalista y por lo tanto no independentista. “Bueno, hay majaderos en todas partes” pensé. Aunque ya el susurro tras mi lóbulo se iba haciendo más intenso.

El remate final llegó con el editorial de Vicent Partal en julio cuando bramó contra la concesión del premio nacional de cultura catalana al escritor Eduardo Mendoza y razonaba que no era digno de él, ya que escribe en castellano. Entonces lo supe: además de majaderos, los hay necios: si hay una novela que destila entrega a la ciudad de Barcelona y a la construcción que la ha hecho ser cómo es, es 'La ciudad de los prodigios'. Pocos como el extraterrestre Gurb nos han hecho reír callejeando por la urbe de los ochenta. En 'El año del diluvio' nos enseñó las salvajadas cometidas por el franquismo en el entorno rural catalán. Yo no daba crédito a esta barbaridad cultural, y ya no pude hacer oídos sordos a mi intuición.

Durante este año he asistido a momentos que no he interpretado bien, quizá por mi empeño en entender el proceso soberanista: he sabido que a intelectuales bastante reconocidos y que han llevado siempre Barcelona consigo, les llaman la atención en el quiosco del barrio por no tener la estelada colgada en el balcón. Que a personalidades y políticos varios se les insulta automáticamente por comenzar una frase en castellano, sin esperar a que el contenido de lo que diga merezca el 'Hook or the ovation' de Gloria Gaynor.

Señores: esto tiene un nombre y se llama fascismo. Es insoportable e inaceptable. Mira que me he pensado si utilizar la palabreja esta porque la detesto, pero es que es así. Otras acompañan: ignorancia y estupidez soberana -qué adjetivo más polivalente, no sé si ayuda aquí-. Un ejemplo de esto último es la idea de la “España subsidiada” de CiU. Me niego a comentarla.

En la parte que yo pueda servir, que no se yo, me niego a que empape en la opinión pública española la idea de que este tipo de manifestaciones ocupa más terreno en el discurso del proceso que la dignidad y credibilidad que este se merece. Porque se lo merece.

Atención, España y el mundo: son una minoría (la convergente aún no, pero en caída constante). Puñetera y en plena pataleta irracional infantil, pero desaparecerán. Eso sí, reconozco que son capaces de sacarme de quicio de vez en cuando.

Yo no soy independentista, no sorprendo aquí. En realidad no tiene que ver con mi condición de nacida en Madrid: es que no veo que siendo un país diferente a España consigamos una mejor y más justa sociedad. Así de simple. El mundo hoy está gobernado por relaciones de poder que poco tienen que ver si han de poner una silla más o menos en los consejos europeos. Suponiendo que todo fuera como la seda y aceptaran una Catalunya independiente en Europa. Que es mucho, pero mucho decir hoy en día. Y dejadme decir también que yo vine al mundo en Madrid, pero me hice mayor en Asturias, adolescente en Catalunya, me enamoré en Albacete, fui hija, madre, amiga, pareja, trabajadora, feliz y desgraciada en muchas ciudades de distintas autonomías, todas con mucho bueno que ofrecer. No puedo evitarlo: algo me suena dentro como un lamento ante la idea de salir corriendo: ¿y la solidaridad, hemos pensado en no mirar atrás y que “con su pan se lo coman”? También estoy hablando de política ahora. Por otro lado, España no es Wert, ni Rajoy, ni el PP por muchas majaderías y necedades que digan -que las dicen-, y con un nivel también fascista que alcanzan a las que os he contado antes: no hay duda. Pero, en un momento histórico como el que muchos interpretan, ¿será buena táctica ponerse a su altura?

¿O será mentir descaradamente? Oriol Amorós de ERC en un vídeo reciente promete a la comunidad inmigrante catalana (un nada desdeñable 20%) que todos, absolutamente todos ellos pasarán “a la derecha del padre” y serán declarados ciudadanos de pleno derecho en el futuro país que está por llegar, para contradecirse después hablando de que como es natural en todos estos procesos se firma una ley “de continuidad jurídica” que pone en vigor automáticamente la legislación saliente en la entrante: vamos que, el día uno de la nueva era y durante un tiempo, estaremos igual. ¿Estamos seguros que en esa huída hacia adelante no encontraremos los mismos poderes riéndose en nuestras barbas? No lo digo yo, podéis verlo vosotros mismos cuando queráis. No voy a citar aquí el listado de deslealtades sociales de ERC en el Parlament de Catalunya en pro de acelerar la consulta cueste lo que cueste, porque avergonzarían a cualquiera que se declare progresista o de izquierdas. Además ya las conocéis, si las perpetran a la luz del día. En otro orden de cosas, creo, o quizá seguimos en el mismo sitio, me gustaría entender la animadversión de círculos independentistas a la convocatoria del Procés Constituent de rodear el edificio de La Caixa. ¿No es esta una manifestación de qué país queremos construir, decidido de forma... pues eso, independiente? ¿Qué sentido tiene ridiculizarla como se está haciendo? ¿Pero no se trataba de sumar? ¿Alguien me escucha ahí fuera? ¿Se admiten preguntas, o primero la independencia y luego las contestaciones?

¿Son la majadería, la necedad y la mentira las mejores herramientas para cargarse de razones y reivindicar el derecho a decidir (todos) y el camino de la independencia (los que democráticamente la pidan)? O para andar por la vida con honestidad, que tampoco hay que ser tan precisos.

En mi humilde opinión, que es mía pero aquí os la traigo, son la falta de tolerancia democrática y estrechez de miras del actual gobierno de Madrid los mayore objetivos a batir. Pero no son los únicos: también el miedo de aquellos que no se han tomado esto muy en serio y les ha explotado en la cara. Pere Navarro ya no sabe ni por dónde se mueve: su petición que la ANC se haga cargo de los costes que genere la cadena de la diada es simplemente, antidemocrática. Y no quedándose tranquilo con soltar la barbaridad una vez, se reafirmó el martes en 'El Matí' (ya me he puesto al día) mientras corríamos todos a la calle a ver si llegábamos antes de que subiera el precio del pan.

Hagamos recuento: intolerancia, miedo... e hipocresía: Alicia Sánchez-Camacho no quiere ni oír hablar de una potencial partida presupuestaria para preparar la consulta. Yo no tengo claro que me guste, pero como mínimo me sorprende que la secretaria del PP catalán no se calle al recordar los millones de euros gastados y comprometidos por sus compañeros de filas Ana Botella y Alberto Ruiz-Gallardón los últimos años para traer las olimpiadas a Madrid, que cada vez tienen menos apoyo ciudadano.

Ahora, otra cosa os digo: Tengo amigos que sí quieren la independencia de Catalunya. Es su país, y me lo argumentan: “No es cuestión de bajar una bandera y subir otra: sin justicia social estaríamos en la misma jaula”. Por estos si que me peleo y doy la cara: por su derecho indiscutible y democrático de pedirlo. Porque aunque con otro nombre, buscan el mismo nivel de derechos y oportunidades para todos que yo. Y francamente qué os puedo decir: lo menos importante para mí es si lo llamamos estado federado, confederado o república independiente. Como si le quieres llamar 'El País de Nunca Jamás': desigualdad, nunca jamás intolerancia, nunca jamás abusos de poder, nunca más impunidad. Mira, este me gusta.

Lo único que me diferencia de ellos es mi creencia en que la Constitución del 78 que el gobierno catalán firmó también y que vaya, algo querrá decir eso, permite una interpretación flexible que salga de las autonomías de la transición y derive en unas relaciones reformuladas, equilibradas y decididas entre todos. ¿Qué hay que cambiar la Constitución? ¡Cómo! Si yo la alicataría de arriba a abajo... pero que poder, se puede. Este es el terreno en el que me puedo sentar cómodamente con uno, dos, tres independentistas y hablar de lo mismo. Y si finalmente es su fórmula la que se lleva a cabo, me parecerá perfecta. O viceversa: si la mayoría de catalanes decide que quiere seguir relacionado con el estado español reconsiderando la fórmula, que también sea entendido y asumido como la realidad del país. Lo que sea, siempre y cuando se sigan los pasos que nos carguen jurídica y legalmente de razones, y estemos seguros de no caer en la irrelevancia política: imaginad una declaración unilateral de independencia que no le importe a nadie en absoluto y que ni se reconozca (“sí, mira que muy emotivo pero que tenemos un cerro de plancha con el FMI, Oriente próximo y demás, ya si eso te llamo yo”). El ridículo sería infinito, y es posible que ocurra: Sabemos bien que a Artur Mas no le ha ido muy bien por ahí fuera en sus giras. O pensemos en unas elecciones plebiscitarias que, como dice Roger Palà, las carga el diablo y pueden ser ignoradas y ninguneadas por el resto del mundo (porque no dejarían de ser unas elecciones regionales españolas).

El otro día me impuse el ejercicio de escribir lo que para mí es Catalunya. Yo pienso que me quedó naif, pero a un amigo le gustó. Decía yo que para mí es (sois, somos, depende de si me dejáis, a veces lo dudo) un país que se ha construido de forma conjunta: trabajadores de ciudad y de entornos rurales, familias con un árbol genealógico largo escrito en tierras catalanas y otras venidas de fuera pero que han contribuido igual. No es el lugar delimitado con fronteras que algunos quieren convertir en prioritario, reduciéndolo a un territorio cerrado, una bandera distinta y una estructura de gobierno diferenciada sin explicar o peor aún, darle importancia a cómo lleguemos ahí o qué compañeros de viaje tengamos en el proceso de ejercer nuestro derecho a decidir.

A decidir, ¿qué?: la sociedad que seremos y cómo nos relacionamos con los demás, pero también y como clave fundamental, entre nosotros.

Y oye, que esto no se hará el miércoles que viene ni el 12 cuando lleguen las reacciones políticas que yo por lo menos ya conozco y sin bola de cristal. Lo estamos haciendo ahora mismo (en lo que nuestro tracto intestinal funciona, fijaos si es continua la cosa), en julio del 2010, mañana mientras nos informemos de por qué, cómo y cómo no y decidamos nuestra opción, también el próximo día 11, el mes y el año que viene. Estamos suscritos a un período de prueba o 'free trial' fascinante.

Vamos, que yo me hago 'premium' ahora mismo si conseguimos eliminar las majaderías, necedades, ignorancias, intolerancias, miedos e hipocresías. Propias y ajenas.

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