25 oct 2020

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MONÓLOGOS IMPOSIBLES

La belleza sin fin

Joan Barril

Siempre creí que mi vida no iba a cambiar nunca y que me había tocado vivir en el mejor de los mundos. Era un mundo de juguete, como mi país. Un mundo de juegos pequeños sostenido por las mesas verdes de los juegos grandes. Por la calle la gente me sonreía y decían: "¡Pero qué guapa es!". Y yo hasta me lo creí. Y me propuse no dejar de ser guapa nunca en mi vida, tal como habría sido mamá si no se hubiera despeñado en una curva de la Haute Corniche de Mónaco.

En todo el mundo, miles de adolescentes llevaban mi foto en la cartera y me deseaban a distancia. Las señoras de toda Europa casi rezaban para que sus hijos se casaran con alguien parecido a mí. Pero fui demasiado precoz y me acabé liando con un buscavidas llamado Junot. Lo mejor del matrimonio sin duda fue la ceremonia. Lo de la convivencia con Philippe Junot ya fue otra cosa. Me lucía como si yo fuera un reloj de Cartier. Me daba la sensación de ser uno de aquellos trofeos de caza que los millonarios cuelgan en las paredes de sus salones. Se acabó Junot y en torno a mí pasó lo mejor de cada casa: tenistas argentinos, restos de noblezas deshilachadas. Hasta que por fin pude llamarme Casiraghi y llenar el mundo con hijos de un hombre atento, romántico y deportivo. Cuando Casiraghi me llevaba del brazo, me sentía andar sobre las aguas. Pero fueron esas mismas aguas las que se me lo llevaron cuando su potente lancha estuvo a punto de volar.

Ni siquiera las lágrimas por su ausencia consiguieron la erosión de mi rostro. Era la viuda triste, pero continuaba alimentando el fulgor de mi piel. Sin duda, entre la ambigüedad de mi hermano mayor y la frivolidad de mi hermana pequeña, yo seguía siendo el objetivo predilecto de las revistas llamadas del corazón. No en vano era la rosa más bella del Baile de la Rosa y mi corazón era universal. Mientras mis hijos crecían, un alemán con linaje antiguo me invitó a una copa. No fue aquella la última de las copas que tomamos juntos. Nunca había vivido con un gran dipsómano, pero pronto me di cuenta de que en el mundo de la bebida se pasa de la alegría a la ira y la desesperación. Para mí, Hannover ya solo es una ciudad del norte de Alemania. Y desde hace un tiempo me dispongo a aprender mi nueva condición de abuela.

Pero ha llegado el verano. Y la cuota Carolina debe aparecer en las páginas de la actualidad. Sin novio ni pareja a la vista se han ido a meter de nuevo en la tersura de mi piel. Nunca fui criticada por los aspectos morales de mi vida, pero ahora intentan hacerme un favor cruel escribiendo en titulares que me conservo tan bien. Como si una princesa como yo fuera una compota de tomates y tuviera en la frente una fecha de caducidad. Me gustaría dar una rueda de prensa para recordar que a lo largo de los años he pasado de la belleza natural de la juventud a la belleza elaborada de la inteligencia.

Ya no necesito ningún hombre que venga a seducirme con su voz o su poder. Para sentirme segura me basta con mi espejo de cuerpo entero. Eso y la confianza de mi nieta para que algún día se sienta a gusto en cualquier corte sin necesidad de ser una cortesana. Hay quien cree que la vida es un gran casino. Pero no han de olvidar que la banca siempre gana. Y ahí, detrás de cada ficha sobre el fieltro verde, estaré yo, princesa de mi pequeño y fotografiado país.