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Los movimientos de indignación

De protestas, primaveras e infiernos

Salvador Martí Puig

En un país fragmentado, cualquier conflicto puede ser manipulado y crear un clima de polarización

Desde las recientes protestas en Brasil, Perú, Egipto y Turquía (y con la perspectiva de la primavera árabe, el 15-M y Occupy Wall Street) los medios de comunicación han señalado que en este siglo XXI las protestas han adquirido un nuevo protagonismo. Sin embargo, con la distancia que nos dan los últimos meses es fácil constatar que no todas las erupciones de indignación y protesta tienen los mismos desenlaces, ni que todas terminan bien. A pesar de que en sus inicios se suelen bautizar como primaveras, con el tiempo algunas se han agostado (15-M), otras se han congelado (como las de Islandia o las mexicanas) y otras van en camino de convertirse en un infierno, como Egipto o Siria.

¿CUÁLES SON las razones por las que fenómenos que se inician con tantas similitudes rápidamente mutan y discurren por derroteros tan dispares? Una posible respuesta es que los resultados de las revueltas dependen de la combinación de elementos. Según el profesor Miguel Ángel Centeno, de la Universidad de Princeton, es necesario poner atención a cinco elementos: 1) la naturaleza del poder contra el que se protesta; 2) el nivel de agravios que sufre la población; 3) las expectativas, la formación y la posibilidad de migrar de los jóvenes; 4) la mayor o menor heterogeneidad cultural, religiosa y étnica de las sociedades, y 5) la posición geoestratégica del país y de los aliados de que disponen -o no- los que protestan.

Sobre el primer punto es fácil darse cuenta de que retar al poder autoritario, personalizado y militarizado del régimen de Hosni Mubarak, Ben Alí o Bashar al Asad no conlleva el mismo riesgo que criticar a Mariano Rajoy, Passos Coelho o Antonis Samarás. Ni tampoco plantarse en la plaza Tahrir de El Cairo equivale a organizar una cadena humana en plaza de Catalunya o una sentada en el Zuccotti Park de Nueva York. Respecto del segundo punto, es obvio señalar que los agravios que sufre la juventud magrebí y de Oriente Próximo (pobreza, desempleo, analfabetismo, desnutrición y represión) tampoco son equivalentes a los que experimentan los jóvenes del sur de Europa, Irlanda o los países latinoamericanos. En cuanto al tercer elemento, destaca el hecho de que la huida migratoria es mucho más fácil y barata para los vástagos de los PIGS que para los latinos (que deben cruzar el fatídico río Grande para llegar a Estados Unidos) y sobre todo para los árabes, que deben cruzar un Mediterráneo lleno de patrullas costeras y mafias crueles.

En cuanto a los dos últimos puntos, los países árabes llevan las de perder. A nivel geopolítico no es lo mismo -para las potencias occidentales- la llegada al poder de partidos como los Hermanos Musulmanes en Egipto que Syriza en Grecia o la coalición ciudadana en Islandia. Además, para dichas potencias perder capacidad de influencia en un país con una posición geográfica clave y con grandes yacimientos de gas y petróleo no es una cuestión menor. Respecto de la composición demográfica, es también crucial observar que un proceso de agitación y conflicto se puede contener y canalizar con más facilidad en una sociedad con una cierta homogeneidad étnica, religiosa y cultural que en un país heterogéneo y minado por recelos entre comunidades. En un país fragmentado cualquier conflicto puede ser manipulado y rápidamente puede desencadenar enfrentamientos de unas comunidades contra otras, generando una maraña de acusaciones de todos contra todos o un clima de polarización cercano a un enfrentamiento civil.

LAS SIMILITUDES de las protestas acontecidas en el último bienio se limitan al efecto sorpresa, a la ausencia de liderazgos personales, al manejo de las nuevas tecnologías de la comunicación de los manifestantes y a sus demandas libertad y justicia. El resto son diferencias que pueden ir del matiz (Sao Paulo y México DF) al abismo (Occupy Wall Street y la primavera árabe).

A raíz de lo expuesto es importante ser conscientes de que los episodios de protesta y clamor ciudadanos pueden conllevar resultados extremadamente disímiles. Por ello, antes de emitir opiniones y establecer semejanzas es necesario analizar atentamente los contextos en los que se desarrollan los acontecimientos, sobre todo ahora con lo que está ocurriendo en Egipto. Es más, el caso egipcio es trágico, pues en él se ha dado la peor combinación de los elementos antes mencionados: una estructura de poder autoritaria, una población que ha sufrido múltiples agravios y no tiene expectativas ni posibilidades de migrar, con múltiples y profundas fracturas culturales, étnicas y religiosas, y con una posición geoestratégica vital para Oriente Próximo y el Magreb. Resumiendo, Egipto ha transitado velozmente de la primavera al infierno.

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