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Qué Siria ni qué niño muerto

Merche Negro

"La distorsión del relato sobre Siria en algunos ámbitos se me hizo ayer insoportable"

Niños de cera. Cada vez que veo imágenes de las víctimas de atentados, bombas, acciones militares, efectos colaterales de uno y otro color, me viene a la imagen la idea de que son de cera, qué se yo por qué.

Sí, claro que lo sé: para alejarme de ellos: me asustan envueltos en sábanas en una sala con un bloque de hielo encima para que su cuerpo no se descomponga. Muchas veces están al lado de sus madres también muertas, a las que no vemos. Porque en el mundo musulmán parece que únicamente mueren hombres y niños. “A las mujeres no las grabamos por respeto” dijo ayer un activista en las inmediaciones de Ghouta, al este de Damasco.

Anoche me encolericé con los informativos de televisión y la cobertura posterior de lo ocurrido. Prácticamente ninguna edición incluyó en los textos leídos por los presentadores el aviso de la dureza de las imágenes que venían a continuación. La 1 nos plantó las imágenes más crudas sin darnos tiempo a pensar en el sumario, aunque más adelante sí lo hizo. En Telecinco Carme Chaparro había avisado en su tuiter: “Hemos elegido con bisturí las menos duras, pero hay que enseñar lo que pasa allí” me aclararía después. Matías Prats adjetivó las imágenes para evitar la condescendencia de avisar a la audiencia: “unas duras imágenes grabadas por activistas”. Encontró el equilibrio perfecto.

Yo no lo hice y avisé de forma clara según iba encontrándomelas. Parece que sentó mal, y fue interpretado por unos pocos como sensacionalismo. Sin embargo, yo estoy de acuerdo con lo que me escribía la responsable de Telecinco. Tenemos que ver lo que pasa, porque pasa. Pero también debemos dejar unos segundos para que gritar en casa un “mírame cuando te hable” a destiempo en la mesa de la cocina o “corre a recoger tu cuarto, ¡he dicho que ya!” que proteja a los menores. No de la realidad, a mí no me pillaréis en esto de sobreproteger a nuestros cachorros. Más bien de imágenes que se graben a fuego en su cerebro y les aterroricen, convirtiéndoles en seres asustados de un mundo inhóspito y lleno de maldades (que las hay) antes de entender que con ellas convive también lo bueno, que la vida va de esto.

Veo a mi hija

Niños de cera, decía. Es lo que veo cada vez que me encuentro con los resultados de atentados, bombas, acciones militares o efectos colaterales de uno u otro color. Eufemismos que ya no me sirven, que son mierda: yo solo veo asesinatos. Y en cada cadáver de menos de metro sesenta veo a mi hija. Sí: cada vez. Y me consta que a vosotros os ocurre lo mismo. Nació en el 2002, por lo tanto me acostumbré a verla crecer mientras la media de los asesinados en Afganistán e Irak no bajaba de los cincuenta diarios. O cada dos años más o menos en función de si se acercaban elecciones en Israel, volvíamos a entender que Palestina no es un estado, sino un campo de concentración de donde no se escapa, en donde mueres mirando un muro, o te matas para no verlo más y llevarte de paso a tus verdugos por delante.

El mundo es un lugar inhóspito y lleno de maldades, nuestros hijos tienen razón. Hablemos claro ahora que solo estamos los adultos. Y es culpa nuestra. Pero es que además es matemáticamente cruel y arbitrario: nos hemos inventado una ecuación mental obscena que multiplica los números de muertos y los divide por la distancia no ya geográfica, sino mediática que nos separa. En función del resultado, reaccionamos de una u otra manera. Nos estamos deshumanizando tanto que los 77 asesinatos en Utoya en el 2011 y los 28 de Newtown el diciembre pasado paralizaron el mundo. A casi 3.000 y más de 6.000 kilómetros de distancia, respectivamente. Cíclicamente me vuelve la reflexión que nos hicimos tantos una vez el horror de los Balcanes dejó paso a la reconstrucción de la zona: “No podemos permitir que algo así pase otra vez, ¡lo teníamos al lado de casa!” Bien, Damasco está a poco más de cuatro mil kilómetros, más cerca que Noruega y EEUU. ¿Más cerca de qué? ¿Más lejos de quiénes?.

Si las cifras dadas por la Coalición Nacional Siria (CNFROS) son ciertas, ayer cayó una tercera torre gemela. En 2001 murieron 3.000 personas en los atentados de Nueva York. Se habla de cerca de 1.400 asesinatos ayer en los distritos del este de Damasco. Póngale un precio a su atención, señor ciudadano. ¿Dónde está el baremo?. Yo misma tengo guardadas las ediciones especiales en papel del 'Time' y 'Newsweek' de otoño del 2001 y en cada mudanza o limpieza paso por sus páginas casi con alergia, sin querer ver las siluetas en plano general de aquellos que se tiraban de los edificios en llamas. Ayer sin embargo, me volví a encontrar con los niños de cera, y no me causaron el mismo efecto.

El Observatorio de los Derechos Humanos de Siria cifraba anoche en menos de 150 los asesinatos, de acuerdo con el 'New York Times', y algunos expertos en armas químicas dudaban de los síntomas que se veían en las imágenes de muertos y vivos. Quizá no era gas sarín, sino “otra forma nueva y efectiva de arma química”. Asistí a discusiones aberrantes en redes sobre la autoría de los hechos. Y no eran infundadas. A estas alturas como comprenderéis no me fío ni de mi padre. Y sí, es extraño que esto ocurra dos días después de que lleguen los observadores de la ONU a Siria para estudiar los usos de este tipo de armas precisamente. Y no, no seré yo quien tome la palabra de la Casa Blanca como dogma de fe. Que los buenos sean los salvadores y los malos los villanos del mundo es algo que, efectivamente, dejamos ya para los dibujos infantiles.

Sin embargo, la distorsión del relato en algunos ámbitos ayer se me hizo insoportable. La soberbia con la que en 140 caracteres parece que todos sabemos cómo arreglar el mundo me sorprende, y me sobrecoge. Que EEUU y la CIA sean capaces de lo peor no convierte el régimen de Assad en una democracia ni les alinea ideológicamente con Palestina. Esto es insultar a los que día a día pelean por visibilizar lo que ocurre. Que ayer Bradley Manning fuera condenado a 35 años de prisión ayer mismo por abrirnos los ojos sí, una vez más, con las salvajadas del ejército estadounidense no convierte la masacre continuada de Siria en una mentira conspiranoica orquestada por el imperialismo en contra de la libertad de los pueblos árabes. Los amigos de nuestros amigos no tienen porqué ser nuestros amigos, y mucho menos si se mezclan regímenes totalitarios con petróleo y religión, en una zona del mundo de la que no conocemos lo suficiente entre otras cosas por la total falta de transparencia de movimientos de las potencias internacionales, que se mueven por allí con intereses que no tienen demasiado que ver con la defensa de las libertades y democracia. Unos y otros. Recen en iglesias o mezquitas.

"Nuestros hijos de puta"

Rachel Maddow es una profesional de la información en EEUU que combina el periodismo y el activismo, para mí el mejor equilibrio posible siempre que sea honesto. Hace ya unos años, al ser entrevistada sobre la política exterior norteamericana y desde un punto de vista muy crítico con la Administración Obama, recordó el discurso del presidente en El Cairo en el 2009 en el que se dirigió al mundo musulmán e identificó sus contradicciones: “No creo que 18 años de ocupación de un país se justifiquen bajo ningún concepto”, afirmó la periodista refiriéndose a Afganistán. “Creo que la guerra es una fuerza destructiva, no constructiva. Los ejércitos no construyen países, es la democracia la que lo hace”.

En Egipto estamos comprobando la inteligencia de sus palabras: Mubarak estará libre en breve, y volveremos a la situación del 2010 gracias a la acción de un ejército que ha tomado por la fuerza un gobierno. Otra vez, y con la colaboración necesaria del silencio en nuestro primer mundo, ese que sentimos culturalmente tan cerca y en el que nos salen las cuentas matemáticas. Si lo ocurrido en Siria ayer sirve de excusa a Estados Unidos para ocupar de nuevo con la bandera de la democracia y la libertad, oliendo a petróleo a medida que se mueva con el viento, será un fracaso más. Anoche de momento, ni siquiera la ONU fue capaz de consensuar una condena unánime.

Y sin embargo, el mayor error será nuestro si dejamos pasar ante nuestros ojos masacres como la de ayer en Ghouta o la de la semana pasada en El Cairo. Si seguimos imaginando que los niños muertos son de cera o que Tahrir nos queda demasiado lejos. Que el mundo está hecho una mierda es cierto. Y no buscar los porqués, señalar y condenar cuando toque y a quien toque nos hace no merecer que mejore, sean “nuestros hijos de puta” o los de otros. Así dicen que es como se refería Roosevelt a Somoza, y Kissinger a Pinochet. Yo pensaba que habíamos aprendido algo. Porque cuando nuestros hijos salgan de su cuarto, que siempre quedará desordenado, nos preguntarán qué hemos hecho para dejarles en herencia un desastre como este. Y a ver quién responde mirándoles a los ojos.

Blog de Merche Negro

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