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La quebrada credibilidad de Rajoy

Rosa Paz

Mariano Rajoy tiene un problema. Es cierto que no tiene uno, que tiene muchos: Sacar a España de la crisis, encontrar una solución al polvorín catalán y responder a las acusaciones del extesorero del PP Luis Bárcenas, sin ir más lejos. Una tarea difícil, sobre todo en las dos primeras contingencias que no dependen solo de la acción del presidente del Gobierno sino de la concurrencia de otros muchos elementos políticos, económicos y sociales. Pero, curiosamente, donde parece complicársele todo es en el tercero, cuando la lógica haría pensar que afrontar las denuncias de Bárcenas es tan simple como contar la verdad, sea esta cual sea, y asumir las responsabilidades correspondientes. No parece, sin embargo, que su intención vaya por ahí. Así que el problema de Rajoy, que es que la mayoría de los españoles no le cree, seguirá agravándose.

Hay que esperar a ver qué dice mañana en el Congreso de los Diputados, pero el escepticismo es grande y pocos confían en que vaya a dar una respuesta convincente a si ha habido financiación ilegal del PP y sobresueldos en B a sus dirigentes. Algunas declaraciones de miembros del Gobierno hacen pensar, por el contrario, que Rajoy se refugiará en el «todo es falso» del 2 de febrero, responderá con el manido «y tú más» a las reclamaciones de la oposición, alardeará de cierta mejoría económica y prometerá medidas de limpieza para el futuro. Si la comparecencia del presidente se desarrolla en estos términos, él podrá continuar mirando para otro lado, pero seguirá dañando su credibilidad y entrará -y de rebote meterá al país- en un largo vía crucis de crispación y tensiones. Con estación fija en la puerta de la Audiencia Nacional, por donde tienen que pasar a mediados de agosto la secretaria general del PP, María Dolores de Cospedal, y dos de sus antecedores en el cargo, Javier Arenas y Francisco Álvarez Cascos, citados por el juez Ruz para declarar como testigos y, por tanto, obligados a decir la verdad sino quieren cometer perjurio.

Esos asesores de Rajoy, tan afamados por su pericia en desentrañar los oráculos de las encuestas, deberían repasar las publicadas el domingo pasado por El País, en la que el 56% de los encuestados decía creer a Bárcenas y sólo el 14% a Rajoy, y la de El Mundo que, justo una semana antes, mostraba que el 76% cree que el PP tuvo una contabilidad B, el 83% que se pagaban sobresueldos y el 65,6% que Rajoy cobró esos salarios extras. No es que el líder del PP haya gozado nunca de una gran popularidad, ni siquiera en vísperas de ganar por una apabullante mayoría absoluta las elecciones generales de 2011. Pero ahora su credibilidad está bajo mínimos y para recuperarla solo parece tener un camino. Alguien próximo debería decírselo.