29 mar 2020

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La polémica del burka

Sobre el velo y los fundamentalismos

Jaume Trilla

La mejor forma de defender a las mujeres de las imposiciones y la sumisión es fomentar la educación

El Parlament de Catalunya «ha aprobado la moción presentada por CiU sobre la ocultación o disimulación del rostro en el espacio público y las medidas que se deben adoptar en materia de seguridad pública» (18/7/2013). Esta iniciativa para impedir el uso del velo integral mediante nuevas normativas legales sobre seguridad ha reabierto la polémica entre prohibicionistas y no prohibicionistas.

Desde luego, el uso del burka o del niqab bien poco tiene que ver con la seguridad. Pero a algunos de los partidarios de su prohibición, ya les parece bien que esta vía legislativa que, según sus promotores, pretende impedir la impunidad de quienes cometen actos vandálicos con la cara tapada, sirva de rebote premeditado para vetar aquellas coberturas. La vía directa de una ley que las prohíba específicamente quedó inhabilitada por el Tribunal Supremo dictaminando que tal prohibición vulneraría el derecho a la libertad religiosa. Pero si lo de la seguridad es un subterfugio leguleyo, tampoco es la libertad religiosa lo que realmente está en juego en este dilema sobre si debe prohibirse o no el velo integral. Lo que en verdad está en juego aquí es la dignidad y la libertad de las mujeres que usan tal vestimenta.

Sin embargo, el debate se complica porque resulta que, tanto prohibicionistas como no prohibicionistas, apelan igualmente a estos nobles conceptos. Unos argumentan que la prohibición atentaría flagrantemente contra la libertad de las mujeres que, por el motivo que sea, deciden cubrirse el rostro. Y los prohibicionistas, por su parte, aducen que apelar a la libertad personal de estas mujeres es pura demagogia, pues son sus maridos, sus imanes y la propia presión de la comunidad en la que viven encerradas, lo que les impone esa forma de vestir.

Sea como sea, si se acepta que lo que verdaderamente está en juego es la libertad real de estas mujeres, la cuestión clave que debería plantearse es la siguiente: ¿será para ellas eficazmente liberadora una nueva imposición que se superpone a otra imposición? O, dicho de forma más clara: ¿estas mujeres van a ser y sentirse más libres por el hecho de que los poderes públicos les obliguen a quitarse lo que sus maridos o imanes les obligan a ponerse? A uno le parece -seguramente por deformación profesional- que lo eficaz, al menos a medio plazo, para promover la dignidad y la libertad de las mujeres que viven en esta atmósfera fundamentalista, es la educación. No, por supuesto, cualquier clase de educación. Pues también es educación -aunque esta de la peor calaña- aquella que inculca a mujeres y hombres la aberración de que ellas son seres inferiores que, por serlo, han de aceptar dócilmente su sometimiento. La educación a la que me refería es la contraria: la que promueve el desarrollo de la conciencia moral autónoma de la ciudadanía y forma en los derechos humanos iguales para hombres y mujeres.

Lo malo -todo hay que decirlo- es que esa educación, al menos en España, tampoco pasa por sus mejores momentos. Como es sabido, el actual Gobierno español, mediante la nueva ley de educación que se está tramitando (LOMCE), va a desmantelar la asignatura de Educación para la Ciudadanía y los Derechos Humanos; o sea, ese momento escolar por el que todos los niños y las niñas -independientemente de las creencias o descreencias religiosas de sus familias- habían de pasar para aprender, entre otras cosas, que es un derecho de todas las mujeres no consentir que nadie las obligue a taparse la cara; que es un deber de todos los hombres, sean maridos o imanes, respetar escrupulosamente ese derecho; y que es función de los poderes públicos democráticos velar para que ningún fundamentalismo pueda impedir el cumplimiento de tales derechos.

Pero mira por dónde, si el ministro Wert va a eliminar aquella asignatura es para hacer caso a la presión de otro fundamentalismo religioso que en España goza de muchísimo mayor poder político y mediático que el islamista: el de cierta jerarquía de la Iglesia católica que no quiere que a los hijos e hijas de su feligresía se les hable en la escuela de los derechos de los homosexuales o del de las mujeres a decidir sobre su propio cuerpo.

Debería preservarse a la educación de fundamentalismos y fanatismos de cualquier clase; incluidos aquellos a los que aludía el escritor israelí Amos Oz en su ensayo Contra el fanatismo: «Se puede contraer fanatismo fácilmente, incluso al intentar vencerlo o combatirlo. Leyendo los periódicos o viendo la televisión, es posible comprobar todos los días lo fácilmente que la gente se convierte en fanática antifanática, en cruzados antiyihad antifundamentalistas».