29 mar 2020

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Abdelaziz Buteflika, la cara de un régimen militar

Pepa Roma

"Empieza a hablarse de una opacidad de intereses tras el golpe egipcio que recuerda mucho la forma en que han detentado el poder los militares en el país vecino"

Ahora que Abdelaziz Buteflika ha vuelto a Argel en silla de ruedas, tras tres meses de hospitalización en algún hospital de París, parece a punto de desaparecer de escena con la misma opacidad con la que llegó. La silla vacía que dejó en la presidencia y que parece difícil que esté en condiciones de volver a ocupar hace que cunda la inquietud tanto sobre el futuro de Argelia como sobre los posibles paralelismos con la conmoción egipcia. Los dos países han pasado no solo por golpes de estado contra una victoria del islamismo en las urnas, que sumirían a ambos en un baño de sangre, sino que empieza a hablarse de una opacidad de intereses tras el golpe egipcio que recuerda mucho la forma en que han detentado el poder los militares en el país vecino.

Hay entrevistas que no pueden entenderse sin el momento y entorno en el que se realizaron, como la que hice a Abdelaziz Buteflika, publicada el domingo 21 de marzo de 1999 en 'El País', en vísperas de las primeras elecciones tras el golpe de Estado de 1991. Sus palabras y probablemente mucho de lo que han sido sus tres periodos presidenciales posteriores solo adquieren pleno sentido al leerlas en el contexto de la convulsa Argelia con la que se encontró al llegar a la presidencia, así como del camino recorrido por este país hasta hoy.

Para mí, todavía hoy, Argelia es el ejemplo más grave del efecto dominó que tuvo la desaparición de la Unión Soviética sobre los países satélites del Este de Europa.

Más de 100.000 muertos en la guerra contra el islamismo

Cuando visité Argelia en vísperas de las elecciones, el país llevaba más de ocho años en una guerra no declarada, en la que la población sólo participaba como víctima con un balance de más de 100.000 muertos. La campaña había servido para que algunos partidos hasta entonces perseguidos, como el Partido de los Trabajadores de Louise Hanoune, aprovecharan la ocasión para abrir un debate sobre temas considerados tabú: quién mata a quién, el papel del Ejército, las mafias político-económicas.

A pesar del silencio con el que Europa compraba el suministro del gas argelino y del cierre a cal y canto a la prensa extranjera, el periodo más prolongado y sangriento de la historia reciente argelina era ya imposible de silenciar atribuyéndolo al integrismo.

"No aceptaremos lecciones sobre derechos humanos", fueron las palabras de Buteflika que dieron título a la entrevista.

De lo que podía deducirse que, acosado por las críticas externas, el régimen había accedido a convocar unas elecciones con la ausencia del FIS, pero no a mucho más.

El secretismo de Buteflika

Abdelaziz Buteflika, que volvía de veinte años de exilio en Suiza, era el candidato que menos se había dejado ver desde que fuera presentado con el apoyo del poder militar a las elecciones del 15 de abril de 1999. A pocos días de los comicios sólo había tenido dos comparecencias públicas y concedido dos entrevistas a sendos medios internacionales, una de ellas ésta de la que soy autora, y las dos por escrito.

Mientras unos atribuían su secretismo a que aún estaría sopesando sus apoyos dentro del Ejército y la administración, otros, como el diario 'Le Matin', lo atribuían a problemas de salud, presentándolo como un hombre enfermo después de que desapareciera 15 días en plena pre-campaña para recibir tratamiento médico en una clínica suiza.

Así pues, Buteflika empezaba su presidencia a los 61 años de edad, ya con mala salud y ocultación sobre sus apoyos y proyectos reales. Todo lo que se sabía era que contaba con el Frente de Liberación Nacional, la fuerza que durante 30 años había gobernado dictatorialmente, y de la llamada Reagrupación Nacional Democrática, el partido creado por el anterior presidente, el general Liamin Zerual, las únicas formaciones políticas legales, ambas vinculadas con el ejército, y que contaban con una infraestructura de partido en todo el país.

Buteflika, como ministro de Asuntos Exteriores desde 1963 a 1979, primero con Ben Bella y hasta el final de Bumedian, no sólo había sido el primero que se acercó a Moscú, sino también quien, a la caída de la URSS, abrió Argelia a Occidente, por lo que se le presentaba como el candidato de Estados Unidos. Alguien rescatado del exilio para lavar la cara al régimen.

Pero casi toda su campaña estuvo basada en un alud de comunicados de prensa presididos por una foto-esfinge del líder, mientras los demás candidatos, la mayoría antiguos camaradas de Buteflika en el FLN o en el gobierno, iban de mitin en mitin en salas de fiesta o paseos por la casbah y los mercados, tratando de dar imagen de normalidad a una competición electoral que todos sabían ya ganada por el candidato del régimen.

Visita al triángulo de la muerte

Mi visita a Argelia, donde coincidí sólo con otro periodista, el enviado del 'New York Times', la primera en muchos años que se permitía a la prensa escrita, me mostró un país desolador, sobre todo para alguien que, como yo, lo había recorrido con el entusiasmo juvenil de la viajera que a los 20 años se lanza a descubrir y cruzar el Sáhara, uno de los destinos preferidos de los jóvenes franceses y barceloneses a finales de los años 70. Los pueblos del llamado triángulo de la muerte, en la ruta de Argel a Inshala, la misma que había recorrido jubilosamente años atrás, donde antes los niños jugaban en la calle y una algarabía de colores reinaba en los mercados, se habían vuelto pueblos fantasma; con tiendas y mercados cerrados, sin vecinos a la vista, y aquellos con los que podías hablar, tan temerosos de pronunciar palabra que solo se atrevían a comunicarse por señas o a murmurar en voz baja cuando el implacable guía designado por el gobierno parecía mirar hacia otro lado.
Una atmosfera asfixiante que contrastaba con aquellas ingenuas visitas, la primera en 1976, cuando los tres amigos que viajábamos en una camioneta nos detuvimos varios días en Argel la blanca para perdernos por su famosa casbah, antes de lanzarnos carretera abajo en dirección a Mali. La maravilla de pasear por las bonitas calles y jardines de la capital, que me había llevado a visitar la ciudad por segunda vez como turista en 1979, ya no era posible ahora; aventurarse unos cuantos kilómetros al sur mucho menos, por más que ahora la carretera había sido asfaltada hasta Tamanraset, donde antes habíamos tenido que llegar con la sola ayuda de la intuición a través de un mar de arena.

En Sidi Rais recordaban la noche de 28 de agosto de 1997 como la más negra de la historia de Argelia. Cientos de hombres habían irrumpido en las casas a medianoche y durante más de cinco horas habían torturado y degollado a medio millar de personas. Una noche de infierno en la que los gritos de los degollados y las llamas podían oírse y verse a varios kilómetros, contaban los pocos vecinos con los que me fue posible hablar, con lo que “era imposible que no se enterasen los numerosos puestos de policía que rodeaban el lugar”. Drouch, uno de ellos, me contó como perdió a su hijo: “El Ejército se acercó para rodear al pueblo, pero no llegó a socorrernos hasta la mañana siguiente, cuando los asaltantes ya habían desaparecido sin dejar rastro y era el momento de hacer recuento de los cadáveres".

Ahora Sidi Rais era un pueblo tan muerto como esa madre que decía: "Sobreviví por fuera pero morí por dentro"; cerrado a cal y canto, patrullado sin cesar por vecinos armados por el Ejército, que nadie sabía si estaban ahí para ganarse su bakshish o para imponer su ley en una ciudad que ya habían hecho suya.

Historias de terror

Las mismas historias de terror contaban en el despacho de Mahmoud Khelili en Argel, uno de los tres abogados que tramitaban y enviaban a Amnistía Internacional y oenegés de todo el mundo las denuncias de familiares de desaparecidos o supervivientes de las matanzas con la mera ayuda de un vetusto fax, en un despacho atestado de expedientes y de mujeres que entraban y salían furtivamente bajo su chador, esquivando la mirada y rehuyendo toda pregunta de la visitante extranjera.

"Mohamed Mehali, 52 años, desaparecido en 1998, tras ser secuestrado por miembros de los servicios del Ejército basados en Ba Djernah. Tras detenerle en el mercado, los mismos militares se presentaron en su casa y se llevaron a su mujer y a sus dos hijas. Torturan a las tres mujeres con electricidad, y a una de las hijas la violan con un palo. Mientras, oyen como en la pieza de al lado torturan a su padre obligándole a confesar que ha dado refugio a terroristas. Tras ser puestas en libertad una semana después, todo lo que vuelven a saber del padre es que ha sido enterrado en el Cementerio de Argel con la identificación X número de serie 244 tumba 101. Por uno de los guardas se enterarán de que ha muerto con todo el cuerpo quemado con un soplete. Lo denuncia una de las hijas, Fatima Mehalli, de 29 años".

"Kherchauche Mourad, de 27 años, secuestrado el 9 de marzo de 1998 mientras está sentado a la puerta de su casa por cuatro hombres de la seguridad militar. Se lo llevan con los ojos vendados, y al llegar al puesto militar de Deli Brahmin, en El Harrach, lo desnudan, lo golpean por todo el cuerpo, sobre todo en la cara, los riñones, la columna el pecho, con un bate de beisbol, hasta que firma sin leer una denuncia contra sus vecinos".

Bastaba hundir la mano en la montaña de papeles que se acumulaban sobre la mesa, estantes y sillas para dar con una nueva historia o las imágenes más sangrientas de supuestos terroristas masacrados en la cárcel.

"Unos son enterrados con una X y un número, pero sabemos que otros han ido directamente a las fosas que ahora se están descubriendo con muertos. Es el caso de Nouah Youcef, del que la última noticia que tuvo su madre fue su paso por la prisión de Sarkaji, y que ha sido encontrado en la fosa de Buruba", contaba el abogado.

"Tenemos casi 20.000 denuncias, de las que más de 3.500 son ya dossiers perfectamente documentados y preparados para ser enviados al Tribunal Penal de la Haya en cuanto empiece a ser operativo. Queremos que se inicie un proceso internacional como el que tiene lugar contra Pinochet".

Relatos de atrocidades que llegaban de boca de una madre, una esposa, una víctima, de alguien que había tenido que abandonar su casa o las tierras que cultivaba tras ver caer a sus padres e hijos degollados, a su madre, esposa e hijas mutiladas, violadas o secuestradas, en un baño de sangre y horror que ya nadie se atrevía a atribuir a ningunas siglas sin riesgo de equivocarse. Lo que daba medida del grado de valentía que se requería para los más mínimos gestos cotidianos, como llamar al timbre del lugar más vigilado de Argel o dar al botón de un fax.

Para llegar hasta aquí, había que cruzar no sólo los numerosos controles policiales que jalonaban las calles de Argel, sino el puesto militar que vigilaba las puertas de El Harrash, el barrio donde se encontraba el despacho de Khelili, además de una concentración de escoltas y gendarmes a la puerta de su despacho.

El limitado poder de Buteflika

También yo tenía miedo. Sabía que me habían dado permiso para entrar en Argelia pero no era nada seguro que tuviera permiso para escaparme del hotel donde me depositaba el guía cuando consideraba que ya había hablado con quien tenía que hablar, y lanzarme por mi cuenta a visitar y preguntar lo que me daba la gana. En cuanto creías haber dado esquinazo al guía que te habían asignado para seguirte a todas partes como un centinela o invitado de piedra, te seguían otros que parecían complacerse en hacerte notar su presencia como una advertencia continua.

"El problema aquí es que nunca sabes de quién tienes permiso y de quién no, tan dividido está el régimen", me dijo el abogado.

Por ello cada vez que leo alguna noticia sobre el hombre que entrevisté antes de presentarse a las primeras elecciones democráticas de Argelia, el único que, gracias a cambiar la ley electoral, ha logrado permanecer en ella tres mandatos, me pregunto ¿realmente mandaba?

--¿Cree que la política de erradicación del Ejército ha dado buenos resultados?-- le pregunté, sabiendo que su respuesta daría la medida de su voluntad y capacidad para introducir algún cambio.

--La lucha anti-terrorista debe seguir con resolución-- fue su repuesta fulminante con la que daba a entender que nada central iba a tocarse. --Todo el mundo puede constatar que la seguridad ha mejorado mucho en todo el país. Pero los grupos terroristas disponen aún de una capacidad de hacer daño que hay que eliminar. Es a lo que se dedican las fuerzas del orden de acuerdo con sus prerrogativas. El restablecimiento de la seguridad es esencial. El pueblo argelino está cansado. El pueblo es además consciente de los sacrificios que ha hecho la institución militar para preservar la República, garantizar la unidad nacional, y salvar la credibilidad que le queda al Estado.

Seguramente, no era mucho lo que podía hacer. Por lo que podemos ver ahora, los militares siempre han llevado las riendas del país. Pero el país estaba tan machacado, tan maltrecho, que el simple anuncio de las elecciones significaba ya un soplo de aire fresco.

¿Quién mata y por qué?

¿Quién mata? ¿Se trataba de vulgares vendettas entre islamistas moderados y radicales, como sostenía el gobierno?, ¿ajustes de cuentas entre vecinos?, ¿pura delincuencia y bandidaje al que estaban abocados los jóvenes desocupados y desesperados?, ¿o simples mafias que en nombre del Islam o por cuenta propia habían decidido liquidar todo aquello que les molestaba, aterrorizando a la gente para echarla de sus casas y sus campos, y poder adquirirlas en cuanto se aprobase la anunciada ley de privatización de la tierra?

Había víctimas de militares y víctimas de los islamistas. Y, en medio, una mayoría de argelinos que no sabía a quién denunciar ni a quién acudir, sencillamente porque seguían tan perplejos sobre las masacres como lo estábamos en el resto del mundo.

Según Luisa Hanoun, a la que entrevisté en la sede del PT, había recibido numerosas cartas de campesinos afectados quejándose de que estaban recibiendo amenazas para que evacuaran las tierras que cultivaban.

Por ello, la pregunta que todos se hacían en la prensa independiente y que posteriormente llevarían al Parlamento los partidos de la oposición FFS y PT era qué había tras los Grupos Islámicos Armados, la escisión terrorista del FIS a la que se habían endosado todas las masacres y matanzas sin reivindicar.

"Centros de poder ocultos"

"El GIA es una nebulosa. La violencia a la que hemos asistido ha sido gestionada por centros de poder ocultos. El día en que todo salga a la luz nos quedaremos sin aliento", me dijo Hocine Zehouane, el vicepresidente de la Liga Argelina de Defensa de los Derechos Humanos.

Demasiadas paradojas, según Hocine: "El 80% de los masacrados son gente pobre, en zonas que han votado FIS y donde cada uno tiene algún familiar en el maquis. ¿No resulta un poco extraño que el GIA mate a los suyos?"

Más paradojas: "La pasividad del Ejército ante las masacres a pesar de que suelen producirse cerca de sus cuarteles, así como la facilidad con la que suelen escapar sin dejar rastro los asesinos".

Eran este tipo de denuncias las que habían granjeado al régimen de Argel el repudio de la opinión pública en Europa, lo que incomodaba a los gobiernos europeos que colaboraban con los militares argelinos. Así que ésta era la otra pregunta obligada a Buteflika:

--¿Está usted a favor de comisiones de investigación sobre las masacres y la represión?
--Todo lo que puedo decir es que la lucha anti-terrorista debe hacerse dentro del estricto respeto a las leyes de la República. Pero los argelinos no aceptaremos ninguna injerencia exterior, ni tutelas paternalistas o moralizantes, ni lecciones perentorias sobre los derechos humanos. Somos sensibles a la solidaridad humana y universal que une a los hombres y legitima la preocupación de los unos por los otros. Pero, compete a Argelia solucionar sus problemas nacionales. Desearíamos que nuestro país fuera respetado de la misma manera que hacemos nosotros con los demás.

Tampoco el islamista moderado Ahmed Taleb Ibrahimi, el principal contrincante de Abdelaziz Buteflika, más pro régimen si cabe que el propio Buteflika, mostró interés en entrar en el tema.

"¿Qué es el GIA? También a mí me gustaría saberlo", me dijo en la entrevista que le hice en la sede del partido donde tenía el cuartel general de su campaña electoral.

Es una de las muchas cosas que enterró en falso Argelia.

"Un general tras cada matanza"

La primera vez que había oído hablar de cómo la guerra contra los islamistas encubría otra guerra de intereses fue al ex presidente argelino Ahmed Ben Bella, a quien había entrevistado dos años antes también para 'El País', en una de mis entrevistas más reproducidas por la prensa internacional y que llevaba por título 'Detrás de cada matanza hay un general en Argelia'.

Según Ben Bella, al amparo de la lucha contra el Frente Islámico de Salvación, los cuadros del partido y los mandos del ejército se estaba repartiendo las principales fuentes de riqueza procedentes de los hidrocarburos y las mejores tierras del estado.

De la misma opinión eran muchos con los que hablé en la propia Argel, donde se decía que "cada general tiene un periódico, un hombre de negocios y un imán a su servicio". “Son rumores que la prensa aún no ha podido dotar de nombres y apellidos”, reconocía Omar Belkhouchet, director de 'El Watan', el periódico de oposición más influyente, y quien ha seguido siendo perseguido y hostigado por la justicia durante el mandato de Buteflika. "Es difícil señalar con el dedo a un general", pero todos los indicios llevaban a pensar, decía, que “esa nebulosa llamada GIA estaría estrechamente relacionada con esa otra nebulosa llamada mafia político económica".

Sólo con mucho empeño, periodistas como Nadir Benseba de 'Le Matin' habían dado con los nombres que se escondían tras algunos de los monopolios de la importación, como el general Attali, que al conseguir la concesión de Heineken habría puesto todo tipo de dificultades para que llegaran otras cervezas de la competencia.

Inversores expertos en negociar con las "mafias del lugar"

Otros que podían hablar de ello eran algunos de los hombres de negocios que podías conocer en el gran hotel donde nos alojábamos, a modo de cárcel de oro, los extranjeros en Argel, el mítico y colonial El Djazair, como Jonathan Engel, vicepresidente y accionista de Unión Bank. Según Engel, un tercio de su presupuesto en Argelia se iba en guardas y dispositivos de seguridad. Desde que llegaba al aeropuerto no pisaba la calle de día ni de noche, transportado de la puerta del hotel a la puerta del banco en una caravana de tres coches blindados. Y no es precisamente de los islamistas radicales de los que tenía miedo, me dijo.

Experto en abrir mercado en los países que salían de economías socialistas y estatalizadas, estaba acostumbrado a lidiar con las 'mafias' del lugar. "Te juegas la vida pero vale la pena, en esos países son tantas las oportunidades que las ganancias pueden ser de más del 80 por ciento".

Argel era la nueva meca para los francotiradores que llegaban dispuestos a acogerse a las leyes liberalizadoras promulgadas en 1995 de acuerdo con las directrices del FMI, pero que en la práctica se encontraban totalmente monopolizadas por los barones y generales del régimen. "Están las leyes para que podamos invertir, pero las facciones del poder pretenden repartirse el patrimonio nacional, con lo que impiden la libre concurrencia", contaba Engel.

Las divisiones que ahora se observaban dentro del poder entre los partidarios de soltar lastre con algún tipo de apertura y los que se aferraban tenazmente a sus privilegios, hacían más fácil poner un pie, según el directivo británico. "Antes te encontrabas con un poder compacto que te impedía pasar, pero ahora las grietas te permiten encontrar resquicios para actuar".

Así, tras encontrar todo tipo de amenazas y obstáculos en la administración para operar, los directivos de Unión Bank se llevaron una grata sorpresa al llegar una mañana al edificio del banco y encontrarse con un regimiento militar a la puerta y un soldado apostado con una metralleta en cada planta. "El Ejército había decidido protegernos por su cuenta", contaba Engel. ¿Contra quien? Le pregunté. "Contra miembros de la misma administración, que es donde probablemente nos hemos ganado a los enemigos más peligrosos por querernos hacer con un trozo del pastel que alguien se había ya adjudicado".

El reparto del botín

Todo giraba pues alrededor del reparto del botín, de las concesiones. Algo que llevaba años ahí, desde las primeras reformas liberalizadoras de Chadli Benjedid a mediados de los 80, pero que ahora salía a la luz con la mayor crudeza.

"El régimen militar siempre ha estado unido en el reparto del patrimonio que se inició con la liberalización. Cada uno sabía donde tenía el límite, la línea roja. Este pacto implícito se rompió cuando el general Betchine, consejero de Zerual traspasó la línea roja y se excedió en sus ambiciones", era la versión más extendida entre periodistas y diplomáticos.

"No creo que hubiera sido posible el reajuste económico salvaje impuesto por el FMI en esos años sin toda esa cortina de sangre y un régimen militar", sostenía también el profesor de Antropología y Sociología Bennoure Mahfoud.

Las leyes más polémicas para un país de sensibilidad socialista, como la de la liberalización del petróleo, hasta entonces la principal empresa pública y patrimonio nacional, habían sido pasadas sigilosamente en 1994 con la aprobación de un comité de expertos nombrado a dedo por el gobierno militar. Los cierres más dramáticos de empresas estatales se habían producido por esos mismos años, sin que ni uno solo de los 800.000 obreros que se habían quedado sin trabajo se atreviera a salir a la calle. A todo lo que había llegado su protesta había sido a una serie de suicidios, un fenómeno inédito en la cultura islámica, que se inició con los primeros cierres de empresas y que se había triplicado en el último año con casi 200 tentativas y más de 60 suicidios consumados.

En un país donde 15 años antes no había paro oficial, había ahora un 33 por ciento de parados, una proporción que alcanzaba el 80 por ciento entre los menores de 30 años. Eran jóvenes que iban directamente al pelotón de los llamados 'hettist' (de 'het', muro), o aguantamuros, jóvenes apostados en las calles y plazas sin nada que hacer. Una posición desde la que veían pasar los últimos modelos de automóviles importados de Occidente que aquí costaban más que el pequeño apartamento en el que vivían quince en el peor suburbio de la ciudad.

"Desespero"

"Desespero" era la palabra más empleada por todos ellos en cuanto les preguntabas por su situación. --¿De qué sirve luchar contra el terrorismo si persisten el malestar, el paro, y las condiciones sociales que arrojan a los jóvenes hacia el extremismo islamista?--, fue otra de las preguntas obligadas a Buteflika.

--Es verdad que el paro y el malestar de la juventud son elementos que han sido explotados por el extremismo. La politización extrema de la vida argelina desde 1989 ha dado entrada a todo tipo de discursos. Al perder el proyecto nacionalista la capacidad de ofrecer una razón y forma de vivir a la juventud hace que ésta se convierta en presa fácil de discursos extremistas que se aprovechan de los problemas sociales generados por la recesión para inflamar los ánimos.

Pero en toda la entrevista no logré ninguna mención a la responsabilidad que tenía el régimen sobre este descalabro de las economías familiares.

Argelia estaba tan dividida como ahora pueda estarlo Egipto entre aquellos que se adherían a la tesis oficial de que el Ejército había salvado a Argelia de caer en una "dictadura islámica", y los que le acusaban de haber desencadenado una matanza que podría haberse evitado dialogando con el FIS.

Desmantelamiento de la economía de Estado

Pero si algo unía a los argelinos de diferente signo era la desconfianza hacia aquellos a los que de forma más visible podían atribuir el expolio del país: las nuevas y fabulosas fortunas basadas en la importación. Los mismos que se habían beneficiado del cierre de las empresas y de la destrucción de la producción local utilizaban las rentas del petróleo, que constituía el 96,5% de las exportaciones, para importar todo lo que el país ya no era capaz de producir. De automóviles a una escoba, de un televisor a una bayeta. Un expolio que, según los argelinos no habría sido posible sin la colaboración y apoyo de los intereses norteamericanos con los que contaban los grandes señores de la importación y militares argelinos. Así que ése era otro de los temas obligados en la entrevista con Buteflika.

--¿Cómo ha contribuido el desmantelamiento de la economía de Estado en la crisis argelina?

--El fin del monolitismo político del partido único tuvo por corolario la liberalización económica. Una liberalización que se ha hecho bajo la "receta médica" y universal que nos impuso el FMI en 1995. Pero en lugar de una economía de mercado, pronto tuvimos una economía de bazar. El monopolio de Estado fue sustituido por monopolios privados basados sobre las importaciones. Surgieron riquezas rápidas e inexplicables al lado de una pauperización de la que no se han librado ni las clases medias. El paro, la especulación con las viviendas sociales, la mala gestión, el deterioro de la enseñanza y la medicina, al tiempo que se dejaban de subvencionar los productos de primera necesidad, ha creado una situación de gran frustración y descontento. Si a esto añadimos las sucesivas devaluaciones del dinar junto con una inflación galopante, podemos hacernos una idea del desequilibrio tan grande que se ha producido entre salarios y coste de la vida. Es gracias a esta debilitación de las instituciones del Estado y crisis moral por la que ha atravesado el país, que los partidos populistas han sabido atraerse a todos los que tenían buenas razones para sentirse descontentos. La huida hacia adelante hizo el resto.

La legalización del FIS como asignatura pendiente

La otra cuestión pendiente, sin la que no había posibilidad de una normalización democrática, era la legalización del Frente Islámico de Salvación, la fuerza mayoritaria en las elecciones abortadas por el golpe de 1991.

--¿Piensa legalizar al FIS si es elegido presidente?

--No descartaré ningún tipo de iniciativa a favor de la concordia mientras esté dentro del marco de nuestra Constitución. Pero el extremismo islamista no nace de la voluntad de reconstruir una herencia islámica con las mejoras y correcciones que requieren los tiempos. Nace de la voluntad de romper con una etapa anterior en nombre de una ideología dudosa y con puntos de vista muy someros sobre la historia, la sociedad y la política. Y para mí siempre será prioritario el interés superior de Argelia, lo que significa terminar con las veleidades destructivas de los elementos extremistas que utilizan la violencia como medio de acción política. Por lo que la lucha anti-terrorista debe proseguir con resolución y sin titubeos.

Ahora sabemos cuándo empieza la llamada lucha anti-terrorista, esa que empezó a librarse en 1991 en Argelia al radicalizarse el islamismo con la creación de su grupo armado, el GIA, tras ser apartado el FIS de la carrera electoral --el peligroso camino por el que puede adentrarse ahora Egipto--, pero no donde termina, ni las bifurcaciones e intereses que la acompañan.

Egipto no es Argelia. Pero a todos los que recordamos la Argelia de aquellos días y hemos podido seguir algo de su evolución posterior, no puede sino recorrernos un escalofrío por la espalda.

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